jueves, 11 de diciembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: A lo mejor, la secretaria (Serie Metro)


Coleta arriba: Están de moda. Gafas de ver, grandes, de pasta negra. Falda negra extrema. Piernas cruzadas, sentada recta muy recta bordeando el precipicio hacia el suelo sucio de tanto zapato viajero. Pies embutidos en botas de invierno claras, apoyándose con los dedos y dejando los talones enfundados al aire. Ella seria muy seria. Con los auriculares puestos y de vez en cuando acompañando el ritmo, golpeando el suelo con la bota que le queda. Ahora la alterna con la otra bota golpeando el aire. Muy rítmica: salsa, rock. Parece más bien una chica de bacalao en tiempo de ocio y de boleros en su franja laboral. Se asusta y da un respingo casi imperceptible para cualquiera pero no para mí que la observo desde que entró en el vagón. Eso sí muy discreto y muy correcto. Nada que pudiera alterar en lo más mínimo su intimidad. Se asusta y da un respingo como si en ese momento se diera cuenta de que los melódicos ruidos provienen de sus auriculares pinchados en su móvil. Despreocupada de lo ajeno, de miradas más o menos indiscretas. De la mía por su puesto, otras son las que la taladran. Muy segura  se la ve de lo suyo; de sí misma. En un gesto inesperado se zafa de su abrigo echando el pecho hacia adelante que parece hincharse. Se saca con parsimonia una manga, no con descuido sino consciente de cada movimiento, de cada músculo, de cada pequeño acto. Muy pendiente de sí misma, lo controla bien, como si se tratara de su habitación o de cualquiera otra que tuviera en su casa. Nada que ver con la discreción, nada que ver con la prudencia, nada que ver con el cuidado, con la exquisitez. Pero no resulta zafia. Está tranquila, certera, parece fría y calculadora. Cara seria, labios acarminados, uñas lacadas en el mismo color. Tonos fuertes y brillantes. Tonos duros. El tren se acerca a una estación y ella se levanta como presurosa, recogiendo todas las cosas que ha dejado amontonadas en el asiento vacío en su lado izquierdo. Asegura sus pies y levanta su cuerpo rectilíneo. Baja su falda elástica con las manos hasta donde puede, que no es mucho, cogiéndolo desde su vuelo y desaparece en la estación de los Nuevos Ministerios a pasos contundentes. Toda una lección de comportamiento. Ella digna, sabiéndose observada, la colecta moviéndose de un lado a otro acompasando los pies y a ritmo que marcan sus piernas, o la música que sigue escuchando...insultantemente ágil, insultantemente joven. El metro parece haberse vaciado. El muchacho no le ha quitado ojo, con la gorra bien calada, la visera cerca de las cejas y esos negros ojos que para poder mirar tienen que esperar a que el cuello gire o se eche todo lo posible hacia atrás forzando inevitablemente a bajar esos ojos que solo quieren mirar por mirar. Vaqueros anchos y culibajos, jersey beige con capucha y zapatillas deportivas marrones. Imberbe, ojos muy negros y brillantes, piel aceitunada. Modales de adolescente desubicado. Todo un ejercicio cultural para mí....todo un estallido de color para mis sentidos. Y me pregunto, qué pensarán...

lunes, 1 de diciembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: El fúlbol

Éramos cuatro en la clase. Diego, Arturo, Sebastián y yo. Éramos cuatro en la clase en ese momento porque casi llegábamos a la cuarentena cuando estábamos todos los alumnos. Pero en esa tarde de jueves estábamos los cuatro compañeros de, castigos permanentes y amigos de trastadas perpetuas. Como es de suponer ninguno tenía muchas ganas de estudiar. Aprendíamos lo justo como para mantenernos, que era poco más o menos la misma situación que le había oído yo a mi madre decir mil veces cuando hablaba de la comida que necesitaba ella para vivir. Aunque, cómo no, era una exagerada para los demás. para ella todos estábamos en el momento de pegar el estirón. Hasta mi padre. Pero él decía riéndose y si se le ponía a tiro con un pellizco en el culo de mi madre, que a su vez le ponía una cara y le daba un manotazo de pocos amigos, que el estirón se lo iba a dar él en la cama. Hacía una pausa, le guiñaba un ojo y terminaba, con una buena siesta. Mi madre le fulminaba con la mirada y nosotros no entendíamos que había de malo en lo que decía mi padre con lo de ir a echarse la siesta. Éramos los cuatro de siempre. "No los separaron de pequeños cuando se podía, y ahora claro es lo que pasa", decía la boca más atrevida del vecindario y aseveraban otras tantas bocas de vecinos metomentodos. Y lo mismo también lo habían insinuado algunos padres en el cole, ya cuando no levantábamos unos palmos del suelo. Y ahora ya era difícil por no decir imposible porque amenazábamos con hacer pellas y no pisar el centro nunca. "No deja de ser fanfarronadas de adolescentes" decían algunos otros padres y algún que otro profesor jovencito que traía ideas renovadas o revolucionarias como decían los más mayores.
En la televisión echaban un partido de fútbol de esos importantes. De los que son capaces de parar un país como decían los que no les gustaba el futbol, que los había. Y eran esos pedazo de profesores sin corazón y sin sentimientos, los que utilizaban esas horas para castigar a los que perdíamos el culo por jugar a futbol en cuanto nos daban un minuto libre. Pero ellos para hacer daño, porque lo sabían, nos castigaban a la mínima, con la asistencia obligatoria a la clase de estudio, perdonándoles esas dos horas de gozo, a los pelotas y listillos que todo lo sabían y que les importaba una mierda el futbol.
¿Y los padres?, aquellos que cuando eran ellos bien pequeños se reunían en el parque al lado del cole, para dar patadas a todo lo que pudiera darse, parecían seguir reuniéndose en el mismo sitio ya con sus hijos para elaborar una estrategia contra nosotros, porque todos decían lo mismo y todos a favor de los profesores, o eso nos parecía en aquel momento en que esos castigos tan duros nos hacían retorcernos de mucha rabia y mucha ira y que por esa razón, nuestra imaginación volara mucho más allá de una pantalla de televisión. con los ojos fijos en el libro pero pendientes del grito eufórico de gol que se oiría sin duda en el cole. El aula estaba vacía tan solo éramos cuatro, los mismos de siempre y teníamos cara de idiotas que dicho con la lengua fuera sonaba a idiotas perdidos..

viernes, 14 de noviembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: dormidespierto

Ramón se recostó en el sillón de oreja que heredó de su padre y que a su vez este, lo heredó del suyo. De tan viejo resultaba la mar de cómodo y desde bien pequeño le había dado un uso abusivo importante. Le encantaba quedarse dormido allí. Y en ese mismo lugar había soñado tantas veces, que en algún momento creyó que los sueños iban directamente relacionados con el viejo sillón heredado. Se quedaba entre dormido y despierto, o dormidespierto como alguna vez le había oído decir a su hermana contestando a su madre desde cualquier otro cuarto de la casa cuando preguntaba por él. Él oía entre sueños la conversación a grito pelado entre su madre y su hermana. A su madre llamándole y a su hermana contestando "mama no te molestes que no te va a oír el niño está como siempre, ya sabes, dormidespierto". y oía como se acercaba a él y le daba un manotazo a la vez que le decía anda no te hagas el dormido que sé que estás despierto. Mira como mueves los párpados y mira como aprietas la boca para no llorar de rabia. Anda no te hagas el dormido, rabioso. Ramón rabioso. Y lo canturreaba dando saltitos por el pasillo para que lo oyera toda la vecindad. "Ramón rabioso no está dormido. Ramón rabioso no está despierto, está dormidespierto". Y a él eso de que canturreara y que le nombrara en voz alta le desesperaba. Siempre su hermana, siempre haciéndole rabiar como si fuera su deporte favorito. Pero realmente le hacía gracia la palabra y la repetía bajito para que no le oyeran y le dejaran unos minutos más al arrullo del sillón. También, pero esta era otra historia, le gustaba dormirse en el suelo al lado de su perro Jimmy. Jimmy le acompañó desde que nació hasta que los dejó de viejo, bien cumplidos los diecisiete años y que le supuso su primer vacío, su primera muerte sentida por lo que suponía de pérdida y de incomprensión. Nunca había sentido algo así...
En muchas ocasiones, tratando de conciliar el sueño, Ramón trataba de recordar la ambulancia que le regalaron la noche de reyes. Las luces amarillas en el techo anunciando su inquietud y su desesperación por llegar y dejar al herido en las urgencias de cualquier hospital. Rodando por el pasillo largo de casa iluminándolo con las urgentes luces amarillas. Recordaba que a la altura de la puerta del baño esta se abrió y la ambulancia quedó despanzurrada con las ruedas boca arriba rodando alocadamente como queriendo llegar al lugar indicado aunque fuera por el espacio sideral. Y pensó que las ambulancias corrían mucho a veces demasiado y que podían accidentarse. Y se lamentaba pensando en la mala suerte del herido. Pero le resultaba difícil imaginarse tal situación de mala suerte. Todavía su mente no estaba lo suficientemente madura como para poder imaginarse tanta sucesión de mala fortuna o de desastres encadenados. Pero tampoco podía evitar no pensar en ello viendo en el lamentable estado en el que había quedado su ambulancia...

martes, 28 de octubre de 2014

SOBRE LA MARCHA: Llueve


Llueve. Es un día asquerosamente lluvioso. Los cristales de casa lagrimean y no dejan ver con nitidez la calle, por otro lado vacía de personas. Solo coches que dejan el reguero de agua a su paso empapando aceras y a algún despistado viandante. La luz artificial, como si fuera de noche, como si ya hubiera oscurecido por el ciclo natural, se ha hecho dueña del día: Luces de coches, de farolas del ayuntamiento, exceso de luces en los escaparates. Un desastre de día...Me sustraigo de esta realidad que me deprime y me concentro en la lectura de la prensa digital: Dylan Thomas protagonista hoy de la página cultural. Me devuelve como un boomerang al día de hoy, de lluvia, de gris, de Gales. Me he visto allí, en su Gales natal, empapado de agua en cualquier calle perdida sin un alma, todo vacío. Dylan Thomas desaparecido, nadie en esas calles. Todo el mundo desaparecido. y me llega una sensación de angustia.
Este día iba a ser un día especial y entiendo que todo lo que se espera con ansia, la vida te lo redistribuye como una gran gestora, que hace lo que considera mejor para la gran empresa que es la vida, se adueña de todo lo ajeno, lo fagocita. Una gran maga de los sentimientos de los demás, que juega a esconder y a sorprender, sacando de su chistera del tiempo, conejos o palomas inexistentes. Jugando con los días como si no fuera lo más importante de los seres vivos. Lleva todo el día lloviendo sin parar. La humedad cala y en los huesos se nota más. Recuerdo aquellas sábanas tan frías y húmedas. Quiero volver al calor a los días de sol brillantes. A ver oscurecer tarde, muy tarde, a dudar si decir buenas noches a las diez con tanta claridad todavía. Cuando el ocaso lucha denodadamente por deshacerse de tanta luz perturbadora, y pienso que a esa misma hora en primavera y en verano  no se dice la diez de la noche. Es la luz, es el calor, es el olor, son los ruidos de los chavales en el parque y las reuniones de los padres entorno a un banco del ayuntamiento. Cuidando de los niños de aquella manera, despreocupados, echándoles un vistazo de vez en cuando y atendiendo sus quejas o su sed o su hambre. Son las terrazas tan llenas de gente, tan llenas de vasos, tan llenas de cerveza, tan llenas de vida. Es la algarabía de la vida cuando los animales se emplean a fondo para continuar la especie y las personas beben para olvidarse de sus congéneres. El fracaso de la inteligencia sobre la sabiduría natural, como si esta especie se hubiera pasado de rosca y casi nada valiera ya en su estado natural. Hemos llegado a la simplificación de lo absurdo a través de nuestras propias contradicciones fruto de nuestras complejidades, haciendo de la vida lo más complicado. Con lo fácil que es vivir donde tan difícil es nacer para unos, como sobrevivir para otros, como morir con dignidad para todos. Y no son los avances tecnológicos los culpables, que en teoría ayudan a simplificarnos la vida, a nacer y a morir con la dignidad de cualquier ser vivo sin manipulación.
Vaya Ramón hoy estás espeso, me digo en voz alta y me quedo mirando el punto negro que me ha salido en la mejilla y que nunca he conseguido apretar lo suficiente como para poder quitármelo. Y sonrío de la contradicción de mi cabeza que hace tan solo un segundo parecía tratar de explicarse algo trascendental y que ahora en un absceso de cordura vuelve a la realidad de las cosas: La lluvia de hoy y mi punto negro. El caso es escapar...

viernes, 17 de octubre de 2014

SOBRE LA MARCHA: Sin título (Serie metro)


Me dicen que solo me fijo en la imperfección de las cosas o de las personas y a renglón seguido me dicen que si me creo un hombre perfecto. Pero si no es eso. Pero vamos a ver si alguien me lo puede explicar. Cómo se puede ir por la vida así. Un señor tirando a mayor, con las uñas de los pulgares como si fueran alfileres y llenos de mierda. posando sus manos en las barras por donde las puedo poner yo mismo, o cualquiera. Con un aspecto de abandono personal manifiesto y no es porque yo lo diga. Pero curiosamente el resto de las uñas parece que las lleva perfiladas. Bueno perfiladas es una exageración las lleva más cortas. Para qué le servirá llevarlas tan largas. Recuerdo haberlo visto alguna vez en los dedos meñiques de algunas personas, pero de esto hace muchos años, como si en un momento determinado se hubiera puesto de moda, pero nunca lo había visto en los pulgares. Trato de fijarme a ver si por lo menos las lleva limadas o un poco cuidadas, pero claro si las lleva sucias se supone que las llevará sin arreglar, como parece lógico por otra parte. La parada en una estación y la entrada exagerada de personas hace que me vea empujado cerca de ese hombre. Además exhala un olor pestilente a sudor que solo puede provenir de las axilas de este hombre, enorme por otra parte. Cada vez que se agarra a la barra más cerca del techo, los efluvios se disparan como si ellos mismos fueran seres vivos que al verse liberados, salieran como locos buscando, o el oxígeno limpio y suficiente, o a otra persona a la que agarrarse...Necesito refugiarme en el recuerdo para poder soportarlo porque empiezo a encontrarme un poco mal. Y me viene por contraste, con el de ayer mismo. Sin que fuera un olor exquisito, era agradable. Por lo menos no echaba para atrás. Quería recordar un olor como a la laca y me transportó a los años de la niñez cuando las mujeres de casa se pulverizaban en el pelo una especie de pegamento que olía bastante bien o por lo menos a mí me gustaba. Las mayores cuando iban a salir de fiesta los sábados después de comer, se echaban eso en el pelo. Con esos peinados hacia arriba para coger altura, para ser más, para aparentar más. Más altas, más rubias, igual a más guapas como un teorema matemático infalible. Cómo decir, como muy estudiado por la juventud estudiantil de aquellos tiempos.
No para de cogerse del pasamanos, y descolgarse y volverse a colgar como si lo estuviera haciendo aposta. Estoy convencido de que las personas actúan así para fastidiarme. Dice mi médico que no soy tan importante como para que todo el mundo vaya a hacer cosas con el único propósito de molestarme a mí, pero yo creo que me dice eso para molestarme también, porque sabe que me da mucha rabia. Porque sabe que estoy convencido de lo contrario y cuando se me mete algo en la cabeza...lo hará por motivos terapéuticos?...seguro que no...

sábado, 13 de septiembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: Naftalina (Serie metro)

Olía a naftalina. No sabía de dónde venía ese olor tan intenso, pero me sorprendió desagradablemente porque tan solo había recorrido el metro dos estaciones desde que entré en el vagón y me había llamado la atención precisamente lo bien que olía. Y en un momento como si no tuviera derecho a disfrutar de alguna buena sensación me llegó el tufo a naftalina. El verano todavía no se había acabado pese a toda la carga impertinentemente emocional, desconsideradamente emotiva, desproporcionadamente delirante, que los periodistas de los medios audiovisuales, en televisión y en radio, pero más intensamente en este último medio, lanzaban amenazantes. No paraban de indicarnos el comienzo de la nueva temporada para todos ellos. Con un alto grado de excitación supuestamente contagiosa para los oyentes: programas reconducidos, nuevas secciones, cambios de personal, colaboradores nuevos expertos en cualquier tema y temáticas innovadoras. Tratando de hacer más énfasis en los problemas sociales y apartando o dejando de dar tanto protagonismo a los creadores de tanto fiasco: tramposos empedernidos, trileros de la palabra, remendadores de frases, pésimos zurcidores de ideas trasnochadas y olor a mugre, transformadores de leyes hechas a medida de su conciencia, o de sus intereses particulares, embaucadores de gente inocente muy manipulable, mentirosos compulsivos, destructores de la armonía, devoradores de la paz social que tantos votos les dio en su momento. Políticos en definitiva. Palabra cuyo significado habían conseguido cambiar reconduciéndola a falsedad y mentira. Y por lo tanto su ejercicio era  sinónimo de nada limpio. Con capacidad, abanderando los votos conseguidos, para asolar a la población, machacar a los más desfavorecidos en favor del grande, del que por otra parte no necesita más ayuda por tenerlo todo. Queriendo hacernos ver lo blanco negro y lo negro blanco sin altibajos en la voz de tanta palabra vacía de contenido y demasiadas veces con efectividad de francotirador…
El verano no estaba acabado sin embargo en el vagón ya se olía a la naftalina del otoño. Dos viajeros con sus maletas y con una chaqueta de cuero anudado a la cintura de la mujer, era sin lugar a dudas, la única prenda que podía expeler ese aroma tan nauseabundo para mis recuerdos. Personas hurgando en los armarios, oreando las ropas. Mirándolas para saber cual ha encogido en esos meses de calor y cuál no. Cuál se ha pasado por el uso o cuál no se va a llevar. Valorando el dinero que hay que invertir en ropa nueva para no ir siempre con lo mismo...
Faltaban veinte días aún para que el verano dejara paso al otoño pese a los periodistas y pesara a quien pesara. Pero hasta el fuerte olor parecía darle la razón al mortecino verano. Un olor característico del otoño que me había acompañado desde la infancia y me arrastraba a la melancolía sin saber muy bien cual era la razón…

miércoles, 3 de septiembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: MS (Serie metro)


Tenía cara de amargura. Seguro que esa cara no era su cara habitual. No creo que fuera la cara con la que había nacido. Seguro que alguien de su entorno: marido, compañero, pareja, amante, hijos, madre, padre, alguien, le había puesto esa cara antes de salir de su casa, con la que yo la estaba viendo. La cara que acaba de conocer. Su cara era de una profunda tristeza diría que de una amargura cruel. Mirarla, era como ver el desamparo desgarrador en su rostro. Se me ocurre algún abandono en su cara de niña, alguna forma cruel de vivir, tal vez sometida a una continua presión oculta…Demasiado pegado a mí, invadiendo mi espacio vital, donde te empiezas a sentir incómodo, oía una voz que decía “me hacen extraños las tripas” con voz tan audible que los viajeros más cercanos, parecían callar ante esa afirmación tan rotunda y tan extraña. Y como a apartarse por miedo a que esas tripas a las que se refería la buena mujer, fueran a hacer su aparición avisando pero sin ser invitadas. Al observarla con detalle no se le podían echar más de treinta años. De piel curtida y seca y de ojos profundos, negros, muy negros. La cara contrita le hacía unas arrugas graciosas en su entrecejo, producto sin duda, de lo que ella reclamaba a viva voz y cada vez con más sonoridad y con lágrimas brotando de esos dos pozos tan oscuros y profundos. Siempre me ha producido intranquilidad y tristeza al mismo tiempo el quejido. Mi corazón se conmovía con el lamento de esa mujer que ahora se cruzaba de brazos para aliviar lo que tuviera en aquellas tripas que tantos extraños le hacían. Y los demás miraban sin decir nada y la mujer sufría. Sufría mucho, demasiado, tanto, que me encogía el alma. Se miraban los unos a los otros como si se hubieran descubierto de repente. Como si todos por sorpresa hubieran aparecido los unos junto a los otros en ese vagón de metro, mirando sorprendidos a una mujer de unos treinta años, a punto de lo que fuera...”Se está poniendo mala, esa mujer se está poniendo mala”, siempre hay alguien que reacciona y dice en el momento oportuno lo que todo el mundo piensa y casi se convierte en el protagonista. Desde luego la mujer era una mujer bien parecida y la pobre no paraba de quejarse de algo que nadie lograba entender y por ende sin saber muy bien lo que hacer. Tal vez todos hacían bien en no hacer nada porque nada podían hacer. Y el lamento de la mujer se intensificaba con cada estación y los viajeros cada vez más inquietos. Y empiezan a comentar en voz baja lo que creen que se debe de hacer en estos casos. Una mujer mayor le cede el asiento y parece que se calma un poco. Nadie parece querer apearse del tren como si quisieran saber que va a ocurrir aunque no sepan bien cómo ni cuándo va a acabar o si depende de ellos que acabe cuanto antes, sacándola del tren para que alguien se haga cargo de ella. Nadie grita “no se preocupen soy médico” eso solo pasa en los metros de estados unidos y en las películas claro. Es curioso pero en las estaciones tampoco entra ya nadie. El lamento cada vez es más espaciado, la respiración cada vez más pausada, parece que todo va a acabar y la gente empieza a relajarse y a entender que no ha sido nada. “La pobre mujer parece que estaba indispuesta pero parece que ya se le ha pasado. Qué mal rato hemos pasado todos de verdad menos mal que no ha pasado nada porque si no es que no llego a coger la camioneta” se oye que alguien se lo está explicando a alguien por el móvil. Parece que ahora todos quieren ayudar a la mujer pero la mujer ya no necesita a nadie. La chica de la cara de amargura, de la cara más triste con la que yo me había encontrado nunca, sigue sentada mirando a la nada. De ella nadie se preocupa solo yo, que no la he quitado la vista de encima. Creo que no respira pero ya no se queja y eso tranquiliza al resto.

sábado, 30 de agosto de 2014

SOBRE LA MARCHA: El banco

Hace algo más de un año, recordaba Alex, estaba en este mismo lugar. Después de un rato largo paseando desde casa me encontré con ese lugar. Con frío, con mucho frío. Era un día festivo y no apetecía nada descansar en cualquiera de los bancos del parque, por otra parte tan solitario como ahora mismo. No recordaba estar cansado sino el tener unas ganas locas de buscar un lugar donde poder hacerlo. Hoy sí, hoy solo estoy buscando un banco donde sentarme. Se nota que es la hora de comer porque están todos vacíos así que ahora tengo que elegir entre el sol y la sombra, y miro al cielo para saber dónde está el sol y orientarme hacia donde se va a ir moviendo para que el asiento siga en sombra por lo menos la media hora que le calculo hasta que continúe la ruta que me he marcado para hoy. Miro si está sucio o el limpio, las pintadas de los adolescentes que van a pasar allí largas horas de risas y botellón, de proyectos, de besos imperfectos de novios torpes e inexpertos. De sueños que parecen grabados a fuego horadados por algo con filo, con un bolígrafo, con la punta de la hebilla del pantalón en la madera. Corazones con la flecha atravesada y las iniciales de esas parejas llenas de sueños. Tal vez los hijos se sentarían en esos mismos bancos y grabarían también las suyas, todo quedaría para el recuerdo de esos sueños no consumados.
 
Me siento y recuerdo aquel mismo sitio pero el pasado año. Trataba de esconderme de miradas indiscretas para poder mear tranquilo. Hacía frío eso lo recuerdo y por eso esas ganas tan acuciantes de vaciar la vejiga a punto de reventar. Y eso que había salido meado de casa. Mirando una y mil veces alrededor a ver si los ojos de alguien detrás de unas ventanas de un edificio alto y pardo, que disimulada y gratuitamente se disponía a ver el espectáculo después de asomarse a la ventana y ver las maniobras de un tipo buscando no sé que en un parque vacío y con un frío que pelaba. Parecía tratar de esconderse de alguien porque no paraba de mirar hacia adelante, hacia atrás a los lados, a todos los sitios y como muy nervioso, ¿Estaría tratando de esconder algo?... ¿Quieres venir a comer que estamos todos sentados esperándote? Espera un poco mamá que ahora voy. ¿No estarás fumando? No mamá Mira no me engañes que tienes la ventana abierta que estoy oyendo el ruido de la calle. Que no, que no, no seas pesada y empezad a comer que ahora voy yo. ¿Mira que voy? Pues ven y verás lo que yo estoy viendo…una simple frase y todos se levantan rápidamente y van a la habitación a ver que es lo que pasa. Alex mira a todos los sitios se pasa un buen rato buscando el lugar más discreto para no ser visto. Y esos ojos ahora multiplicados, desde esa atalaya, pasándoselo en grande por la inevitabilidad del ser visto en cualquier momento desde cualquier sitio. O tal vez comprobando la parábola, la velocidad y la cantidad de tanta desesperación. O simplemente por comprobar si era esa necesidad o alguna ocultación de algo que una vez enterrado bajarían con el perro a ver qué es lo que era lo que había escondido. Todo se producía delante de esos ojos invasores, de esos ojos sin nombre en un parque un día que paseaba Alex por allí y solo quería hacer pis…

jueves, 31 de julio de 2014

SOBRE LA MARCHA: Presente de indicativo contra futuro imperfecto (Serie Metro)


          Ahí estaban las dos sentadas. Con la actitud paciente de todos los viajeros que un día tras otro cogen el metro para dirigirse del trabajo a casa y de casa al trabajo, a estas horas, en este Madrid cada vez más difícil de vivir, cada vez más complicado para moverte en los transportes colectivos subrepticiamente mal gestionados. Tal vez preocupados sus laboriosos gestores, en mirar otras cosas, lo de sus cuentas, lo de sus ahorros. Potenciando la desaparición de lo público en favor de lo privado. De sus cosillas digamos: Despedir, contratar empresas de mantenimiento que a su vez subcontratarán, y diluyéndose lo que funcionaba en una apatía, en una herida abierta para que entren los gérmenes. ¿Limpieza? no mucha, ¿Seguridad? mucha, inspecciones al viajero cada vez  más frecuentes para que no se les cuele nadie y sin embargo nadie parece preocuparse de que sus instalaciones funcionen. Y el ejemplo más sufrido es de las escaleras mecánicas que cada vez se averían más a menudo y cada vez tardan más en arreglarlas. Pasaban horas desde que se estropeaban hasta que lo arreglaban. Ahora son días sin funcionar y el billete cuesta más caro y para colmo de males alguna vez se acentúa con la desidia de quién debe de poner esas escaleras en marcha con el criterio lógico a favor de los que tiene que subir, en vez de los que bajan. Y así te encuentras con viajeros cargando con maletas que casi no pueden con ellas  refunfuñando cagándose en el parentesco de alguno de los organizadores de ese fiasco. Eso sí en varios idiomas. Serán pocos los que se empeñan en hacer las cosas mal, pero les sale de maravilla...No paran de cuchichear en voz audible que casi deja de ser un cuchicheo normal para convertirse en todo un discurso sobre método y moral en el trabajo. Son dos señoras mayores con buena planta y que parecen acostumbradas a abordar cualquier tema que les venga en el momento. No hay suficiente plantilla, me dice mi hijo que le dice un compañero de trabajo que tiene un amigo que su cuñado trabaja en el metro y que está muy puesto en estos temas. Por la cuenta que le trae asevera la más delgada como con ganas de seguir escuchando la conversación. Para las revisiones de las vías como de los trenes o los vagones o coche, como le llama la voz cálida que te avisa de no introducir el pie donde no debes, ¡miedo me da  pensar en la falta de mantenimiento! seguía diciendo la más gordita de las dos con el pelo gris animada a contar todo lo que sabía supuestamente al verse jaleada por la amiga. Y no tengas que desplazarte si dependes de los demás para moverte...
        ...Ahí estaban las dos sentadas. La una muy fina de modos y de forma, con pantalones estrechos lleno de flores pero no de colores llamativos, una blusa lisa de color hueso de manga larga con el pelo negro y planchado, que yo deduzco, porque no sé, pero me pega, con el pelo crespo y poco o nada aceptado por ella. Largos momentos mirándose al espejo después de la ducha y con las tenazas incandescentes para luchar contra el pelo tan rizado y que odia tanto. Nadie sabe que tiene pelo rizado, nadie excepto ella y su madre y alguna buena amiga. Y que no para de recriminarle que se va a quedar sin pelo de tanto calor que le das. Y tan horrible te parece tu pelo hija de verdad que te lo vas a acabar quemando…de labios finos, le daban un aspecto lánguido. La otra, la del otro extremo de la bancada, una chica rubia de peinado reciente de peluquería con rasgos más duros y labios gruesos de pantalón leggin verde llamativo. Miraban las dos el móvil con caras de curiosidad y a veces solo sonreían. Las manos delicadas de las dos hacían sugerir un trabajo de oficina limpia nada agresivo. O de profesional. La única que llevaba anillos en los dedos era la chica delicada. En medio de ellas una mujer mayor muy rubia de peluquería, bien tintado y un vestido verde y de piel muy morena, casi excesiva. Miraba a todos los lados allí donde oía un ruido más alto que otro. Parecía no querer perderse nada de lo que pasaba para poder encontrarse con algo curioso de lo que poder contarle a Yaya Esperanza, a la que iba a visitar una vez por semana todos los sábados o viernes por la tarde desde que no hubiera más remedio que internarla en aquella residencia. Y era su yaya la que la crió desde bebé una chica de las venidas del pueblo para trabajar en casa de sus padres y ganarse unas perras para poder ir tirando toda la familia que era a donde iba a parar todo o casi todo lo que ganaba sirviendo. Salir del entorno para poder labrar futuros imperfectos por culpa de estos presentes de indicativo tan efímeros como cualquier presente de indicativo que se vuelve pretérito en un santiamén…vade retro.

viernes, 25 de julio de 2014

SOBRE LA MARCHA: En pago de prenda, besé al abuelo

          Tan solo Levanté la vista un momento y vi a ese hombre sentado en la terraza de su casa leyendo un libro apaciblemente. Ella aparece y le besa en los labios. Tal vez un beso más largo de lo habitual en la despedida de me voy a la cama y hasta mañana. Por eso tal vez me quedé observando esa terraza de la casa frente a la mía, en el tercer piso o mejor dicho, en el segundo balcón desde el suelo de la calle. Ella se da la vuelta y desaparece del escenario y él se queda mirándola y pensando que lo que va quedando de su bonito cuerpo es el producto del paso de la vida. Ella todavía se conserva bien, pero él está bastante peor que casi no se puede ni mover. Donde cae se apalanca y no se menea, o lo tiene que pensar mucho, por eso siempre antes de sentarse revisa que no se tenga que volver a levantar en un largo rato. Por lo menos la necesidad de ese momento y bien meado...Piensa que su libido la tiene por los suelos y que necesitaría una buena inyección de hormonas o directamente una limpieza de sangre, si con eso fuera suficiente para que se le arreglara y que no dudaría en pagarlo para que se lo hicieran. No tiene mucha idea de asuntos médicos y siempre ha rechazado hablar de esos asuntos desde que vio sin poder evitarlo la muerte de su abuelo en aquella cama tan desmesura para él, tan niño por aquél entonces, pero esa imagen tan tensa que se vive en esos momentos y lo que se escucha de los mayores “respira con dificultad pero respira”. Y en un momento, en el que él precisamente él y no su hermano mayor o su hermana mucho más mayor tenía que pagar una prenda. Al pequeño, al que le tenían que ayudar para alcanzar la mejilla del abuelo que estaba muy complicada de besar porque estaba como hundida toda la cara en su pecho, a él, le toca la prenda del beso. Años después supe que no era un capricho del enfermo que se vuelve arisco porque no quiere ser besado en esas condiciones, como nos imaginábamos los tres, sino que entendí que la vida por mucho que tomes los medicamentos y sigas estrictamente un tratamiento médico estricto, al final, te conviertes en alma, que era lo que decía mamá cuando contestaba a cualquiera de los hermanos tan asuntados por esa nuestra primera muerte en casa. Tengo que decir que el beso al abuelo segundos antes de su muerte o estando ya muerto cuando yo le llegué a besar, era el pago a una prenda que había perdido y como castigo se me puso el ir a dar un beso al abuelo moribundo, cosa que ya últimamente no nos dejaban hacer. A ninguno nos daba asco o rechazo el besar al abuelo aunque sabíamos que estaba muy malito nunca supimos cuándo se iba a morir en el caso de que se pudiera saber. Ni tan siquiera si se iba a morir, pero me tocó a mí y nunca sabremos si le besé inmediatamente antes de morir o segundos después de su muerte…Mis hermanos se estuvieron riendo de mí durante largo tiempo, supongo que para quitarse ellos el miedo, o lo que me pareció a mi excesivo e incluso daban supuestas arcadas recordándolo y me hacían de rabiar diciéndomelo en voz alta, cosa que a mí me molestaba mucho “has besado a un muerto, se te van a pudrir los labios. Has besado a un muerto, se te va pudrir la lengua. Has besado a un muerto, se te van a caer los dientes” y encima con soniquete como las tablas de multiplicar en el colegio. Soniquete que se me quedó tan grabado que se me olvidaron las tablas y cuando tenía que cantar los números siempre me venía lo de "has besado a"...me martilleaba sobre todo a la hora de dormir y me quedaba eternamente despierto o me hinchaba a llorar y a llorar de pánico que me entraba de verme en aquél estado en el que aseguraban cómo me iba a quedar por haber besado a mi abuelo recién muerto. Y no había momento del día que no apareciera frente a algún espejo observando el deterioro a que se me había condenado. Claro está que a ninguno de ellos se le ocurría decirlo con un tono de voz tan alto que lo pudiera oír ningún adulto porque la azotaina estaba asegurada. A lo largo del tiempo y en nuestra edad adulta y cuando nos reunimos todos los que vamos quedando y las nuevas incorporaciones, lo seguimos recordando y se siente un orgullo tal vez desarrollado donde se guardan los buenos recuerdo: desde la tontería de las arcadas hasta por haber sido el último que le besó en vida o el primero que le besó en su muerte. Todos los años brindamos por él y todos los años recordamos esta anécdota que revelo ahora ante todos…

lunes, 21 de julio de 2014

SOBRE LA MARCHA: Domingo maldito domingo (Y tres)

  
          Se levantan casi agotados y medio desnudos. Se ajustan la ropa y se sacuden con las manos todo lo que se les ha ido pegando: Las zapatillas llenas de tierra, el cuerpo lleno de pajas, del polvo de la tierra y no se sabe cuántas cosas más, que tendrán metido y que no saldrá bien, hasta que no se metan en la bañera, cuando su madre les diga chillando - chicos hora del baño – y se lancen los dos de la piedra dando un brinco y como siempre alguno de ellos gritará - a ver quien llega antes. Siempre juegan a ver quién es el mejor de cualquier cosa. Ellos lo pasan bien. Y su madre les dice que son campeones sobre todo en traer la ropa que traen que parece que han estado en la porquera al cuidado de los cerdos de la señora María, seguro que ganáis los dos a cualquiera de vuestros amigos. Incluso a los cerdos, gruñía delicadamente con una media sonrisa en los labios mientras hacía el comentario y les daba un cariñoso azote en el culo según pasaban por la puerta de la casa. Andad derechitos al baño cochinotes que venís como para no tocaros. A lo que Loren, siempre provocador, se giraba para darle un beso y ella lo rechazaba y le decía que cuando le reluciera la cara y el resto del cuerpo…
       ...Se levantan casi agotados y medio desnudos. Se ajustan la ropa y se sacuden con las manos todo lo que se les ha ido pegando y vuelven a su antigua posición en las piedras cuando consideran estar suficientemente limpios, después de sacudirse toda la ropa con las manos tan negras, que lo dejan mucho más sucio, si ello es posible, en tan poca tela. Dan un salto hacia atrás y ponen el culo firme equilibrándose con las palmas de las manos al unísono. Pasan unos segundos sin decir nada y es como si volviera otra vez el domingo aburrido, la tarde abúlica, que durará lo que tarde en volver a ocurrírseles algo, o cuando pase algo. Ella ya no vendrá, piensan sin decirse nada.  En todo caso no tardarán demasiado. La merienda llega pero antes se lían con una fila de hormigas y les montan, como expertos ingenieros, muy cuidadosamente, una autopista y se van tan contentos a disfrutar de su merienda. Engullen como niños hambrientos, los preadolescentes, la onza de chocolate y el trozo de pan, que hoy es lo que toca, como si se les fuera a quitar pero sigue el juego eterno de a ver quién se lo come primero y es el primero en salir y sentarse en la piedra y…
          Domingos malditos domingos de la infancia y de la adolescencia recién estrenada, todavía de pantalón corto y de pan con chocolate. Largos domingos vespertinos con la canícula dando fuerte sobre las cabezas llenas de sueños, ilusiones, fantasías. Largos domingos vespertinos con el frío helador sobre esos verdugos de lana gruesa de color azul y que picaba como un demonio, pero tan llenos de sueños. de ilusiones y de fantasías. Domingos añorados por el paso del tiempo, atenuados por los buenos recuerdos. Qué pocos domingos quedaban así. Qué pocos domingos quedan…

viernes, 11 de julio de 2014

SOBRE LA MARCHA: Domingo maldito domingo (Dos)

          Vuelve la desolación, el momento divertido ha pasado como una exhalación. Nita no pasa, ni pasa nadie, ni pasa nada. Los otoños en el pueblo son duros pero los inviernos lo son mucho más. Hay días en los que no se puede salir de la casa y en que los autobuses de línea ni pasan. No hay vida en la calle, la gente no sale ni para ir a la iglesia. Bueno es que el cura tampoco puede subir, pero vamos que se hace largo muy largo excesivamente largo para todos pero para los adolescentes, los pocos que hay, cada estación, es toda una vida.
          La adolescencia, la fantasía, las ganas de pasarlo bien aunque sea a su manera, hace que ahora sea Isi el que pegue un respingo y salte a la tierra mientras le informa a Loren que va a echarse un meo. Se baja la bragueta contra esas piedras que les asientan, a lo que Loren le dice que espere que él también quiere y ya no hay piedra a la que mojar si no que se hace una raya en el suelo y se ponen los dos pies pegados a la raya y a mear lo más lejos posible. Gana Loren a lo que Isi le responde con -gana el que eche el lapo más largo. Loren dice que ese es otro juego que la del meo la ha ganado él. Isi no tiene más remedio que aceptarlo porque se ha quedado, por mucho, demasiado corto y es que él ha meado sin ganas y se lo ha dicho. La próxima seguro que te gano pero tengo que beber mucho para que me salga con fuerza como siempre. - Anda ya que siempre te gano, - de eso nada siempre te gano yo a ti. Hace otra raya en el suelo una vez que ha alisado un poco el terreno con el empeine quitándole las impurezas para que la raya salga perfecta. Empiezo yo dice Isi. Adelanta el pie derecho rozando con la punta del zapato la raya hecha. Loren mira que todo esté correcto y le da la salida. Ya. E Isi echando el cuerpo hacia atrás. Curvando lo más posible la pierna izquierda, lanza aquello mientras que Loren lo persigue con la mirada y con el cuerpo para ver exactamente dónde cae y pone un palo a modo de referencia. Hacen la misma operación pero ahora cambiándose los papeles. Loren se arquea peor y tiene menos fuerza para la expulsión siempre ha sido así, desde que una afección pulmonar le tuvo en reposo durante los meses del invierno de hace ya tanto que ni él mismo se acuerda, pero que nunca se acabó de curar del todo y ahora era cuando mejor estaba. Por eso Isi siempre quiere jugar a eso porque sabe que le gana. No hace falta seguir la jugada ganador absoluto en esta prueba Isi y levanta las manos en plan campeón. A lo que Loren le responde que al meo ha ganado él e Isi le recuerda que lo último es lo que vale y Loren de eso nada todo vale y que si tú, que si yo, acaban revolcándose por el suelo agarrándose lo más fuerte que pueden. Porque todo lo hacen con mucho ímpetu como si les fuera la vida en ello y es que a ninguno le gusta perder. Se ríen no paran de reír, de chillar cuando uno le agarra al otro más fuerte y se empujan en el suelo y ruedan hasta que las fuerzas les fallan y acaban los dos agotados con las respiraciones tan rápidas que parece que se les va a salir el corazón del pecho y se quedan un rato mirando el cielo. - El primero que vea una cosa rara en el cielo gana - y Loren dice - veo moscas, y yo pero eso no vale no seas tramposo digo algo como un avión o un pájaro grande o algo que se mueva en el cielo que sea raro. Vale. y se quedan un tiempo como adormilados. y con las manos casi juntas. Se protegen, se quieren, se cuidan, siempre ha sido así desde que Loren enfermó y requirió cuidados por parte de todos. Especialmente de Isi...

lunes, 7 de julio de 2014

SOBRE LA MARCHA: Domingo maldito domingo (Uno)

          Los dos, sentados en el muro de piedra con las piernas colgando y alimentando futuras varices. Los dos sentados, sin saber muy bien qué hacer, sin saber cómo pasar esa tarde de domingo tan anodina. Triste preludio de una nueva semana que empieza  en ese mismo momento, cuando parece pararse el reloj en la mortecina hora de la nada, porque nada pasa. Tardes de domingo tan semejantes, tan duras, parecen anunciar el comienzo de nuevas tristezas, de cansancios nuevos, de más semanas sin esperanza. O nada de lo dicho, tan solo tristes y largos días acompañando los pardos otoños y grises inviernos con la sola ilusión, con la única ilusión, de ver pasar cuanto antes estas estaciones rotundas y poder ver el sol y sentir su calor.
          Los dos, sentados en el muro de mampostería de piedra. Lorenzo empieza a agitar sus piernas de un lado para el otro y golpea una y otra vez las piernas de Isidro que al principio no se da cuenta de la provocación que le infiere. Pero solo pasan unos pocos segundos cuando él empieza a hacer lo mismo. La batalla de piernas ha comenzado y es ya un hecho tan evidente que termina cuando uno golpea desmedidamente al otro haciéndole chillar de dolor. "Joder tío en la espinilla duele". Y salta a la tierra para tocarse repetidamente y así tratar de aliviar el dolor. Isidro queda sentado mirándole y rompe ese momento con un sonoro eructo tomando carrerilla y lanzado como si hubiera tirado una piedra lo más lejos posible a lo que Lorenzo le responde con una carcajada tal, que se le afloja el culo y le sale un sonoro pedo inacabable cuanto más se ríe, lo que provoca la fiesta total en esos dos muchachos tan aburridos hasta hace un momento. Acaban medio agotados, con dolor de tripa y Lorenzo ya más relajado, se vuelve a sentar dando un salto mientras en su rostro quedan los restos de las carcajadas. Mira a Isidro y le empuja con el antebrazo y él lo encaja con la buena disposición del que sabe que le ha debido de doler la patada de hace un momento. Risas flojas, risas nerviosas, risas de adolescentes prematuros aburridos en una tarde de domingo cualquiera. Confían que pase algo fuera de su burbuja, que pase alguien para poder mirar y si puede ser y ya que se puede pedir que pase Nita que es la más guapa y a la que les gusta a los dos. Bueno Loren es más pequeño y no se fija demasiado pero admite que su hermano tiene buen gusto porque sí es guapa, pero vamos - para ti - le dice siempre a Isi. Sí, es muy guapa y le gusta mucho. La verdad es que Nita gusta a todos ellos. Es la que más veces ha sido la reina de las fiestas y eso por algo será. Es muy guapa desde luego y es fácil que todos miren a Nita como su novia y que no solo lo piensen si no que sean capaces de decirlo en voz alta. Señal que todavía en lo tocante a ese tema pueden seguir siendo todos ellos amigos. Aún no ha llegado el momento…

sábado, 28 de junio de 2014

SOBRE LA MARCHA: En el tren

          Deslizar los dedos y tocar la madera, como si fuera parte de ti. Sentir un miedo infinito a lo desconocido. Sentir los miedos de las personas que tocaron esa misma madera de esa misma manera y a lo mejor a esa misma hora. No sentirse valiente. Sentirse culpable y cobarde. No en ese orden. O tal vez sí. Cobarde y culpable. Desdeñándolo todo, apartándolo de ti, como si ese todo, hubiera tenido la culpa de la nada que te entumeció, te petrificó durante tu corta vida, hasta ahora mismo, hasta este mismo momento que has salido, que has cogido el tren que te llevará a alguna parte, pero lejos de este sitio. Porque nada más importante pasa o nada más ha pasado que el hecho de seguir con vida. Claro, claro, la muerte soluciona problemas pasados, presentes y hasta probables en el futuro. La muerte disfrazada de solución, parece que lo soluciona todo. Pero es cobarde, una solución cobarde. Lo valiente es lo otro, vivir, afrontar, luchar. Y tú, por lo menos, has conseguido algo importante, o un sucedáneo: huir. Has logrado sacudirte buena parte de la vergüenza que te causa la vida hasta ahora y no sabes muy bien el porqué. Tal vez el hecho de pertenecer a la familia a la que perteneces con sus miles de problemas insostenibles para tu edad adolescente y no consideras esa misma vergüenza en el resto de tus amigos que piensan como tú o no. Que sienten lo mismo que tú o no. Un mundo lleno de incertidumbres o no. Toda una lucha y todo un reto para ti o no. Mierda de adolescencia o no.
          El vagón, un antiquísimo vagón de madera, lleno de tanto ruido que sonríes pensando en tu abuelo que te contaba historias del tren, de esta misma estación en la que te encuentras ya acomodado en el asiento tocando la madera y con la vista puesta en la incertidumbre de lo que te espera a partir de ahora. Tren que pasaba por el pueblo lleno de todo: personas nuevas, reencuentros y despedidas, noticias de todo tipo, alimentos y hasta novedades en la moda. La conexión con el mundo exterior. El abuelo, el único que ha merecido la pena en tu vida. Y piensas  en todos los abuelos de tus amigos, todos ellos tan exagerados con este ruido que no es el suyo. El abuelo protestando por el exceso atronador de la caja de bafles que he instalado en la parte alta de la casa para estar más aislado para molestar lo menos posible y para que no me moleste nada. Para que no me moleste nadie. Para poder darle caña a la guitarra y no estar escuchando cada dos por tres, como si fueran los compases de una canción aburrida salida de la boca de todos, porque a todos molesta, no toques tan alto que te vas a reventar los tímpanos. Te vas a quedar sordo de tanto ruido. O sutilmente deslizar por debajo de la puerta, artículos recortados de periódicos donde la incidencia de pérdida de oído o sordera absoluta en los músicos de rock es alarmante como aseguran los concienzudos estudios de universidades americanas. Todo muy sutil, sin apenas daño. Y sonríes pensando en el abuelo, en todos ellos y sus viajes eternos hacia eternidades absolutas. Pueblos perdidos con paradas pedáneas de trenes que pasaban por casualidad, llenos de ruido, ruido y más ruido. Es posible que más romántico pero al fin y al cabo ruido ensordecedor de ruedas patinando por los rieles, crujido de maderas secas a punto de romperse, crepitar del carbón en la caldera, humo asfixiante de la chimenea, chirrido de frenos con olor a quemado... Mucho más romántico sin duda pero ensordecedor como lo es ahora para ellos este el de nuestros ruidos o algo parecido o no...
 

domingo, 11 de mayo de 2014

SOBRE LA MARCHA: El Parque del Retiro

          Las nubes se dejaban ver entre los frondosos árboles del Parque del Retiro. Era muy niño y recuerdo que me dio durante un tiempo, por  caminar pisando con uno de los pies, uno de los bordillos del camino del paseo. Esta manera de caminar me producía una cojera que me recordaba y me transportaba al colegio. Me gustaba hacerme el cojo desde que vi a uno de mis nuevos compañeros que había ingresado a mitad de curso, cojo de polio y como novedad era una atracción de todos nosotros por su manera de andar, de moverse para caminar, para  correr. Le recuerdo muy activo; no se quedaba sentado en los recreos si no que era el primero en perseguir como un poseso la pelota, aunque nunca llegara a tiempo. El primero que levantaba la mano para que le pidieran para un equipo y siempre se quedaba el último estaba claro. Pero no perdía el humor ni las ganas de seguir hasta que en algún momento le eligieran a él y no como el último y por consiguiente como una carga pesada. Nunca consiguió llegar a tiempo a la pelota si no fuera porque alguno de nosotros se lo pasaba por verse encerrado o como último recurso o por pura equivocación y la perdía en el momento. Pero él seguía disfrutando del juego con sus compañeros. El que más gritaba, el que más protestaba, el que más la pedía. Esta manera de ser y su deje andaluz, le hizo cada día más cercano a todos.
          La polio, enfermedad desconocida por todos y que ningún profesor se atrevió a atacar aprovechando la presencia de Álvaro, el hojalata, para dar una clase maestra que, educativamente hablando, hubiera sido de gran valor para todos nosotros, en todos los sentidos y que mucho más mayor supe lo que era y la que había organizado entre la población infantil durante unos largos años de la postguerra.
          Álvaro Hojalata murió en ese curso. Después de las vacaciones de semana santa no volvió a aparecer por el colegio y esas maneras que tenían los adultos de ocultismo, de proteger en exceso, de contestar con evasivas cualquier pregunta incómoda, esa estupidez de para que nadie me vea me tapo la cara, era la tónica general de aquellos años de la infancia de toda una generación marcada por el color gris, el olor rancio en la boca de los curas amenazantes con las llamas del infierno, la señorita Francis a todo meter en la radio y las eternas cartas de ajuste esperando la programación infantil…
          Menos mal que el Parque del Retiro siempre me recordará a aquel compañero arrastrando digno sus hierros o sus hojalatas. Confieso que todavía, cuando vamos a pasear por allí y agarrado de la mano de mi mujer, me pongo a caminar con un pie puesto en el bordillo mirando las nubes que aún se dejan ver entre los frondosos árboles del Parque del Retiro.        

miércoles, 2 de abril de 2014

SOBRE LA MARCHA: Padrepaco IV

          Él, Padrepaco, apoyó sus codos en la mesa recién recogida por Madrepepa que no tardaba, ni un minuto en comer, ni dos en recogerlo todo. Decía plato vacío encima de la mesa, plato terminado, plato recogido. Apura el vino que me lo llevo  achuchaba a Padrepaco y el achuchado Padrepaco se bebía casi a disgusto ese culin del último sorbo: el mejor decía él. Terminaba con el trapo húmedo en la mano pasando por el hule después de recoger con su mano las miajas y algún resto de comida que siempre se le caía a Padrepaco y consecuentemente la murmuración en forma de queja de Madrepepa: siempre igual Paco no tienes cuidado, cucha como lo pones siempre todo, parece que te sobra. Apretaba mucho la mano e iba juntándolas hasta que las reunía en la esquina y las depositaba en la otra mano que estaba preparada en el extremo de la mesa con la palma abierta dispuesta a recogerlo todo. Luego salía al patio donde le estaban esperando ansiosas las gallinas que con una gran algarabía  y levantando  un polvo blanquecino y espeso, esperaban su ración de comida. Mira grita con mucha sorna a padre Paco para que lo oyera. Míralas como saben que ahora les toca comer a ellas. Son más listas que muchas personas. ¿Verdad Paco? Pero personas bien cercanas ¿Verdad Paco? De la familia diría yo. ¿Verdad Paco?  Y con una sonrisa que casi era un ensayo de sonrisa por la pocas veces que lo practicaba, entraba otra vez en la cocina. Era su diversión tan solo para meterse, con cariño eso sí, con su marido. Y dejaba esas palabras que se le resbalara entre sus labios, entre sus dientes o entre su boca dependiendo del acento que necesitara emplear para darle el tonillo que ella deseaba...había adquirido la habilidad, ya de niña, de imitar los modos de hablar de distintos lugares, oyendo a la familia mayoritariamente  emigrantes de todas partes de España y mucho más allá decía y que en la época estival se dejaban caer por allí para ver a la familia y que a todos ellos se les notaba el acento distinto...Una vez acodado, Padrepaco extendió sus manos y apoyó suavemente sus mejillas y se dejó envolver por una paz una vez que todo se calmó. Esa postura no muy cómoda, la había adquirido después de años comiendo en esa misma mesa, en ese mismo hule y con su cuerpo cada vez más cansado del trabajo de la tierra. Madrepepa ya se había sentado en su silla de dormir favorita para echarse unas cabezadas, las gallinas ya habían comido suficiente aunque seguían voraces picoteando por acá y por allá, el polvo había quedado posado en cualquier sitio a la espera de otro revuelo y ahora sí. Padrepaco iba en busca de su siesta, que bien por costumbre, bien por cansancio o por la caló que caía a esas horas, era lo único que humanamente se podía hacer. Además él hubiera cambiado la comida por su momento sublime, su descanso tan ansiado. Nunca había sido de mucho comer. El sueño lentamente se iba apoderando de él como cada día de toda su vida...

 

 

lunes, 3 de marzo de 2014

SOBRE LA MARCHA: Padrepaco III

          Removió la tierra con sus manos y acabó cubriendo sus uñas de un polvo espeso casi barro, como siempre habían sido esas tierras y como Casina las recordaba desde pequeña, cuando ayudaba a su abuelo a recoger lo que producía el huerto: poca cosa casi nada como decía de carrerilla él, cuando se encontraba a algún paisano por el camino y le preguntaba. Nunca se había dejado crecer las uñas porque siempre le habían enseñado que era un almacén de virus y bichos del demonio a miles a millares y ella se miraba las uñas y no podía llegar a creer que en esas uñas tan pequeñas cupieran los millares de bichos que le decían y pensaba en las manos y las uñas de Padrepaco y se las quedaba mirando a ver si podía ver alguno de esos bichos, virus o lo que fuera que tanta lata le daba a Madrepepa y sobre todo cuando íbamos a comer. La verdad es que sentía cada vez más aprensión a la porquería que se alojaba entre las uñas y se lavaba con bastante frecuencia las manos y usaba un cepillo pequeño que para ella era muy grande pero que para las manos de Padrepaco no le cabía más que un dedo en el asa que tenía encima de las cerdas y sin embargo a ella se le colaba toda la mano. Le gustaba ver cómo se lavaba las manos Padrepaco porque de unas manos arrugadas y un tanto sucias de las labores del campo en un momento y haciendo un juego de manos con el jabón y el cepillo, lleno de espuma y desprendiendo un olor a vainilla, le quedaban las manos más limpias que hubiera visto jamás y ella quería tenerlas siempre así de limpias como cuando se las limpiaba Padrepaco. Parecía que le brillaban. Lo cierto es que viniera o no de su infancia, a Casina nunca le gustó llevarlas muy largas nunca había aguantado que sus uñas asomaran o le sobresalieran unos ligeros milímetros de la carne de la yema de sus dedos. Por eso ahora solo el sentir sus dedos llenos como de polvo amarillento en toda sus manos y con las uñas especialmente largas a comparación, le traían los recuerdos de los malos bichos que siempre le habían estado rondando a Madrepepa por su cabeza. La pobre no tuvo tiempo de descansar esa parte de su cuerpo solo cuando murió…el resto en sus últimos años sí descansaron sus huesos y sus músculos tal vez más de la cuenta, no así como digo, su cabeza que siempre andaba barruntando alguna cosa y que siempre le caía al pobre Padrepaco.

martes, 4 de febrero de 2014

SOBRE LA MARCHA: Padrepaco II

          Calidez, candor, cálido...Cándido, ese hubiera sido el nombre más adecuado para Padrepaco. Era cálido, candoroso y cauteloso. Pero el adjetivo que lo calificaba era cándido y era la palabra que siempre andaba buscando delante de los amigos Casina, cuando salía el tema de conversación de su Padrepaco, sobre todo en las primeras jornadas de la ciudad una vez que el pueblo se había quedado tan atrás como un recuerdo del año pasado o del anterior y el fresquito de Madrid se empezaba notar. Siempre había alguien que preguntaba por él y es que en todo el barrio parecían conocerle y la realidad era que solamente había pisado la capital una sola vez y el barrio tan solo unas pocas horas, porque el resto se lo pasó en el velorio de su pobre hermano, que hacía mucho tiempo que no veía y que en aquella ocasión le tenía que ver de cuerpo presente y sin decir ya ná el pobre con lo que le gustaba hablar, y sacaba una sonrisa maliciosa de esa murmuración en sordina. Y en ese recuerdo y en otros muchos, contemplando sus restos la memoria le sacaba una sonrisa más a Padrepaco y Madrepepa, que siempre estaba pendiente de él como si fuera un niño mal educado al que los padres tienen que prestarle continua atención para que no haga alguna y les avergüence. Así estaba siempre Madrepepa con Padrepaco, hombre bueno donde los hubiera. Y en ese momento, de diversión en el recuerdo, cuando el silencio solo era roto por algún gimoteo o llanto escandaloso de algún familiar o conocido que se acercaba a darle el pésame a la viuda, o alguna oración bisbiseada desde alguna de las sillas puestas al efecto y con la misma mujer mayor u otras como figurantes de luto riguroso, con la cabeza agachada y con un pañuelo envuelto para que los pelos no se le vinieran a la cara. Madrepepa, como digo, le arrancaba a la realidad asestándole por debajo de la silla justo en la espinilla una patada muy digna de un mal deportista y le hacía saltar de dolor y las lágrimas brotadas, se mezclaban con el dolor de la pérdida, por su puesto y así parecía como si sintiera la pérdida pero el dolor le venía de mucho más abajo. Esa espinillas machacadas por Madrepepa. Pues eso que Padrepaco conoció Madrid en esas circunstancias y para asistir al entierro de su hermano, muerto, como siempre él decía, sin que le viniera bien a nadie, como casi todas las muertes. Cándido. Le tenían que haber puesto Cándido, le pegaba más. Nunca un nombre hubiera estado mejor pegado a un cuerpo y a un carácter que para el Padrepaco, llamarse Cándido. Era un tipo muy especial pero tampoco era una palabra que lo definiera. Sin duda era cándido su palabra.