viernes, 14 de noviembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: dormidespierto

Ramón se recostó en el sillón de oreja que heredó de su padre y que a su vez este, lo heredó del suyo. De tan viejo resultaba la mar de cómodo y desde bien pequeño le había dado un uso abusivo importante. Le encantaba quedarse dormido allí. Y en ese mismo lugar había soñado tantas veces, que en algún momento creyó que los sueños iban directamente relacionados con el viejo sillón heredado. Se quedaba entre dormido y despierto, o dormidespierto como alguna vez le había oído decir a su hermana contestando a su madre desde cualquier otro cuarto de la casa cuando preguntaba por él. Él oía entre sueños la conversación a grito pelado entre su madre y su hermana. A su madre llamándole y a su hermana contestando "mama no te molestes que no te va a oír el niño está como siempre, ya sabes, dormidespierto". y oía como se acercaba a él y le daba un manotazo a la vez que le decía anda no te hagas el dormido que sé que estás despierto. Mira como mueves los párpados y mira como aprietas la boca para no llorar de rabia. Anda no te hagas el dormido, rabioso. Ramón rabioso. Y lo canturreaba dando saltitos por el pasillo para que lo oyera toda la vecindad. "Ramón rabioso no está dormido. Ramón rabioso no está despierto, está dormidespierto". Y a él eso de que canturreara y que le nombrara en voz alta le desesperaba. Siempre su hermana, siempre haciéndole rabiar como si fuera su deporte favorito. Pero realmente le hacía gracia la palabra y la repetía bajito para que no le oyeran y le dejaran unos minutos más al arrullo del sillón. También, pero esta era otra historia, le gustaba dormirse en el suelo al lado de su perro Jimmy. Jimmy le acompañó desde que nació hasta que los dejó de viejo, bien cumplidos los diecisiete años y que le supuso su primer vacío, su primera muerte sentida por lo que suponía de pérdida y de incomprensión. Nunca había sentido algo así...
En muchas ocasiones, tratando de conciliar el sueño, Ramón trataba de recordar la ambulancia que le regalaron la noche de reyes. Las luces amarillas en el techo anunciando su inquietud y su desesperación por llegar y dejar al herido en las urgencias de cualquier hospital. Rodando por el pasillo largo de casa iluminándolo con las urgentes luces amarillas. Recordaba que a la altura de la puerta del baño esta se abrió y la ambulancia quedó despanzurrada con las ruedas boca arriba rodando alocadamente como queriendo llegar al lugar indicado aunque fuera por el espacio sideral. Y pensó que las ambulancias corrían mucho a veces demasiado y que podían accidentarse. Y se lamentaba pensando en la mala suerte del herido. Pero le resultaba difícil imaginarse tal situación de mala suerte. Todavía su mente no estaba lo suficientemente madura como para poder imaginarse tanta sucesión de mala fortuna o de desastres encadenados. Pero tampoco podía evitar no pensar en ello viendo en el lamentable estado en el que había quedado su ambulancia...