domingo, 17 de noviembre de 2013

SOBRE LA MARCHA: Padrepaco I

          La suerte de Padrepaco era tener a Casina como nieta. Y no es que necesariamente tuviera que entrar en discusión con Madrepepa gustándole lo que a ella no le gustaba o queriendo a quién ella no quería. Era solo que tenía un sentimiento tan fuerte hacia esa niña, que era su nieta, a priori tan débil pero que a él le parecía como  tan diferente en su forma de ser, tan intensa en su mirada y en su manera de actuar, que  le parecía la niña más sería, más inteligente y la más bonita, de  cuantos nietos tenía. Perfecta decía él en el paroxismo de una buena jugada de dominó con sus amigos. Entraba en contradicción abiertamente con Madrepepa. Pero a él  y a esas alturas ya le daba lo mismo cómo se pusiera Madrepepa con él o lo que le dijera o hiciera. Él confesaba abiertamente y siempre de cara a quien estuviera, su debilidad por Casina y no le importaba decirlo donde fuera  en el bar tomándose el café con los amigos y jugando al dominó, o en una reunión familiar si salía el tema. Aún a sabiendas insisto, de que Madrepepa después se lo fuera a recriminar y que posiblemente le dejara de hablar una temporada. Padrepaco no hacía demasiado caso ya a Madrepepa. Se podía decir que era ya el único que no le hacía ni caso. Llevaban el tiempo suficiente como para ser uno como el otro: oler igual, sentir igual y pensar igual, pero no, eran antagónicos, la noche y el día, la reencarnación de lo bueno y lo malo hecho personas. Decía con cierto sarcasmo que quería ser él,  el primero en marcharse de este mundo, pero para no tener que aguantar los chismorreos que se iba a llevar una vez muerta, Madrepepa.  Era consciente que no era del agrado de casi nadie y que solo alguna persona que le tenía tomada la medida se hacía con sus simpatías.
          A Casina sí le emocionaba ver a su abuelo. Porque ya de momento y a escondidas cuando se la llevaba al campo en su borrico le decía que cuando estuvieran solos como un secreto le llamara abuelo que le hacía mucha ilusión oírselo decir a mi nieta favorita. Y le daba un abrazo y Casina se quedaba enganchada a su cintura y podía olerle a tierra a veces mojada a veces seca, y otras olía a puerros, apio o lo que tuviera plantado, y Casina era feliz de verse querida por su abuelo. Y siempre acababa saltándosele las lágrimas porque ella sí sentía el calor y el amor de su abuelo y eso a ella le hacía bien en el alma. No hubiera aguantado en esa casona tan andaluza verse a solas con la gente que no la quería. Su abuelo sí. Incluía claro está a tíos y primos que no sabía por qué extraña razón tampoco era querida por ninguno de ellos. Como si la influencia de Madrepepa, para ellos su abuela, fuera tan fuerte que bajo su casa no era posible una complicidad entre primos y que además se extendía a la calle como si un hilo condujera cara voz de cada primo cada pensamiento de cada tío manejado por las expertas manos de Madrepepa. Pero con mi abuelo sí que había complicidad y de la buena. Me encantaba montarme en su borrico. Le veía su espalda aún fuerte tirando del borrico a la vez que hacía unas cosas muy raras con la boca y le salía como un silbido y un chasquido con la lengua para animar al burro a caminar y a que tuviera cuidado que iba su nieta. Yo no sabía qué era ser una amazona pero me sentía como tal. Tengo que confesar que a mí me parecía incluso mucho más fuerte que papa, que su hijo vamos. A veces, de pura felicidad le oía canturrear, como si fuera feliz tirando del burro y tirando de mí su nieta preferida. Yo le quería con locura, con una locura que me llagaba muy dentro. Cuando hacía muy mal tiempo entonces esos paseos los cambiaban por veladas enfrente de la chimenea viendo transformarse las llamas en posturas infinitas y con movimientos imposibles y con los cascos puestos para escuchar música, quedaba como embriagada, de tal manera que era todo para mí perfecto mi abuelo, las llamas, la música y yo. Y además mi abuelo me quería y me lo hacía notar. Me acariciaba con su enorme mano mi cabeza y yo se la cogía para verla de cerca y me parecía la mano perfecta. Mano llena de surcos como si la tierra se la hubiera labrado en una suerte de juego perfecto. La mano de mi abuelo una huella indeleble en mi vida.

domingo, 20 de octubre de 2013

SOBRELAMARCHA: Y Madrepepa V

Dejaré descansar por un tiempo a la abuela, a mi abuela, a esa mujer que no admitió nunca que los hijos de mi padre, su hijo, la llamaran abuela. Esa palabra para los nietos de sus otros hijos que se habían quedado con ella en el pueblo sin abandonarla o que por lo menos habían emigrado a la ciudad más cercana y que en cualquier momento se podían presentar a estar con ella. Pero no los descastados y debiluchos hijos de su hijo mayor, de su primogénito y de esa mujer madrileña delgaducha y tan poquita cosa que se lo había llevado para no dejarle regresar jamás. O eso era lo que decía pero sin ningún fundamento. Cuántas discusiones vi yo en las tardes de domingo cuando nos poníamos a jugar a las cartas con mi padre y que mi madre le decía o casi mejor sugería la posibilidad de pasar un puente o incluso no la importaba un fin de semana para que viera a su madre y a sus hermanos a lo que él se negaba diciendo que bastante tenía con el volante diario como para hacerse más kilómetros los fines de semana y para estar escuchando reproches viendo malas caras y recibiendo perores contestaciones. Ya había tenido bastante con la última, que acabaron casi agarrándose entre los hermanos y que madrepepa después de haberlos liado, de haberlos llevado a ese extremo y luego para no perder el protagonismo y como ella no podía pelear pues sacaba sus armas poniéndose malísima viendo casi pegarse a sus hijos entre ellos. Así era o fue ella.
Madrepepa murió en paz y en gracia de Dios como se solía decir aunque no hubiera sido así. Y nos dejó un vacío muy importante. Es posible que una mujer con ese carácter tan endiablado que traía a padrepaco y al resto de los mortales que nos poníamos a tiro, por la calle de la amargura. Cuando no era porque no se hacían las cosas como ella quería era porque se hacían las cosas sin que ella las hubiera dicho. O cuando no venía alguno de sus hijos a alguna celebración de las que ella consideraba importantes, por problemas de trabajo o porque tuvieran algún evento inexcusable, aunque el resto estuviéramos allí incluyo nietas y nietos, se ponía o echa un basilisco o al contrario ya no levantaba ni la cabeza del suelo ni la voz de su propio cuello. Mohína. Recuerdo un verano de bien pequeña que me había empeñado en aprender a leer y que le decía a madrepepa que aprovecharía la siesta para leerla a ella, ¿Vale abuela? Y me cogía de las coletas no demasiado fuerte y se acercaba mucho a mi cara tanto que la olía el aliento a aceite de oliva hecho, a frito, a refrito. La verdad es que toda la casa me olía igual. A mí me llamas madrepepa, me decía no demasiado dura aunque su cara y su voz siempre me lo pareció. Y yo no entendía cómo yo no la podía llamar abuela y los otros nietos sí, pero ni yo ni mi hermano el mayor. El tercero de mis hermanos vino más tarde y ya fue otra cosa. Pero ella, que no tenía ninguna paciencia, salía despavorida después de haberme escuchado leer dos líneas con la dificultad del aprendizaje de algo tan importante pero tan difícil como era la lectura de unos símbolos normalmente negros en unas hojas normalmente blancas y encima entenderlo. Y es que no recordamos el tiempo invertido en aprender a leer durante nuestros primeros pasos hacia lo que debería de ser una de las grades y más importantes acciones de nuestra educación, porque nos va a acompañar durante toda la vida y sin ese aprendizaje a conciencia no podremos ser personas auténticamente libres. Es un esfuerzo muy importante. Pero madrepepa no tenía paciencia oyéndome como me trastabillaba con las palabras o cuando le preguntaba que palabra era esa siempre apelaba a que no llevaba las gafas encima cuando no decía pregúntaselo a tu padre que nos ha salido muy listo. Años después me enteré de que nunca supo leer y que aprendió a escribir su nombre con mucha dificultad y poco más. Mujeres de campo hechas de tierra y sol, de frío seco, de hambre y religión. Mujeres fuertes por obligación

domingo, 22 de septiembre de 2013

SOBRE LA MARCHA: Madrepepa IV

          Me quedé con el nombre de Casina, aunque ya sin acentuación, por derivaciones del idioma y la verdad una se acostumbra a escuchar desde bien pequeña ese nombre y lo hace suyo tanto, que ya casi no atiendo por otro, por el mío, por el de verdad, por el original, por el que me pusieron mis padres. Ya solo atiendo por Casina. Algún amigo queda que aún me llama Chabeli, y fue porque me preguntó, al morir mi padre, que cómo me llamaba él y me pidió permiso para seguir su legado y supongo que para imprimir un carácter de mayor complicidad, aunque cuando estaba con el resto de amigos nunca me llamó así. Solo cuando coincidíamos solos o quedábamos para desayunar en cualquier cafetería de Madrid o para dar una vuelta por el monte, actividad que por diferentes motivos acabamos perdiendo como se pierden tantas cosas a lo largo de la vida y que a mí me resultaba muy agradable. Pero no solo queda el recuerdo, si no la posibilidad de que en cualquier momento se pueda volver a retomar. Bueno por lo que fuera él quiso  adoptar ese nombre que nadie excepto mi padre y ahora él, me llama de esa manera y nadie más. Se lo permití porque es un buen amigo. Creo que el único que considero amigo. Me gustaba el nombre que me puso mi padre Chabeli derivado, decía él con mucha imaginación, de mi nombre verdadero o eso defendía él delante de mi madre que no podía escuchárselo decir. – Mira haz el favor de no llamarla así a la niña que parece tonta la pobre. - Tiempo después mi madre me confesó que había una niña, hija de un afamado y asiduo de televisión y prensa del corazón, que se llamaba igual y que no le gustaba.
          Algo que no entiendo es que un nombre que ponen tus padres, que se supone que les gusta mucho, luego lo diminutivizan de tal manera que nada tiene que ver con el nombre original y lo frecuentan con tanto empeño, que se acaba perdiendo o que nadie se acuerda de tu nombre verdadero aquél que ellos estuvieron pensando para ti, durante los meses de gestación y que seguro fue tema de discusión suave claro, pero apostando fuerte, cada uno defendiendo su nombre preferido o más bonito o el que más les gustaba a cada uno, para que luego y nada más nacer y verte la cara me llamen a mí Chabeli. Pero da igual todos los padres del mundo lo hacen. Esos que llaman a sus niños Pacos en vez de Franciscos o Pericos en vez de Pedros, o Chabelis en vez de…Casina..veis mi nombre casi se ha perdido, ni lo recuerdo. O cosas peores porque los padres se desproporcionan de tal manera, que ya no es que te dejen el nombre pequeñito es que a veces no tiene nada que ver, Chabeli o Casina, nada que ver con el mío, pero y chiqui, cuchi, neni, rati, chispi…en fin y eso tus padres, que como se ha quedado el mío, en el pueblo no me conocen nada más que como la nieta de Madrepepa o como Casina. Y chabeli solo mi padre y ahora mi amigo. Bueno a mí Chabeli antes que ese nombre saltara a las portadas me sonaba interesante a la vez que dulce dependiendo de en qué vocal hicieran más fuerza al nombrarme. Pero me gusta porque me suena a nombre de padre y ahora de amigo y eso me agrada…  

viernes, 13 de septiembre de 2013

SOBRE LA MARCHA: Madrepepa III

          Casi ná, me empezó llamando mi abuela que era de esas abuelas recias, de las que no había manera de doblegar. Ni la misma muerte se atrevió con ella porque según cuentan se tiró siete días con sus noches agonizando. Otros decían que charlando con ella a ver si la convencía de algo o la sacaba información. Y le costó llevársela, casi no puede con ella pero al final, la doblegó porque no hay lucha que pueda vencer a la muerte. Se le suponía enfrentándose a la muerte pidiéndole explicaciones del porqué hacia las cosas que hacía, como tan a la ligera, sin cuidado con un desprecio total a las personas fueran de raza distinta, condición, religión e incluso edad. Esto último a ella, la llevaban los demonios. Porque a unas malas que se me lleve a mí, la oía decir yo cuando hablaba con alguna vecina, pero no a mis hijos y mucho menos a los hijos de mis hijos.  Del porqué se tuvo que llevar a la hija pequeña, tan pequeña con tan solo tres añitos, de la tía paca con lo que les había costado engendrarla que ya cuando habían perdido todas la esperanzas les vino un angelito del cielo para tres años después volvérselo a arrebatar de las manos, de su vida, de la vida de todo el pueblo, que habían querido a la niña paquita como si fueran todos familiares. Y que había conseguido que todo el pueblo se encolerizara por tamaña injusticia. Y es que Paquita era de esas niñas que no había manera de no quererla y darle una achuchón cada vez que la veíamos que era todos los días unas cuántas veces. Pero que incluso, había gentes del pueblo que hacían todo lo posible por verla a diario, como si de una peregrinación se tratase, para ver a una virgen en una urna.
          Cuando murió la niña Paqui, durante muchos años no había momento en que su tumba no estuviera con alguien rezándola o hablándola. Claro se había ganado el cariño de todo el pueblo. En cuanto oía mentar su nombre, ya levantaba esos bracitos pequeños y blanquitos y echaba a correr para que la cogieran en brazos de cualquier vecino que la llamara. Era una niña que cuando te abrazaba te llenaba de paz. Y cuando te miraba siempre te sonreía dándote la alegría que te pudiera faltar, en ese momento. Tan pequeña, tan delicada y dulce, tan bonita….qué había conseguido con llevársela, seguiría la abuela amenazante ante la muerte. Te sientes mejor  viendo a una familia destrozada para siempre…en fin cada uno contaba una versión dependiendo del grado de afinidad que tuvieran con Madrepepa. Y en el pueblo había dejado una sombra gris llena de tristeza difícil de levantar. Y que porqué no se había llevado antes a su madre con lo que sufrió hasta que murió. Explicaciones que seguramente Madrepepa le estaba pidiendo a la muerte amenazante de no irse con ella si esas explicaciones no le satisfacía. Tan solo en un momento de debilidad fue cuando la muerte le alcanzó. Todos en el pueblo decidieron que había luchado con la muerte a brazo partido pero que había imponderables y uno de ellos era ese precisamente. Aunque hubo alguno que todavía dijo después de años muerta que a veces y dependiendo de por donde sonara el viento se oía a Madrepepa discutir con ella…

jueves, 5 de septiembre de 2013

SOBRE LA MARCHA: Madrepepa II

          Casina había nacido, según la abuela, con defecto de fábrica. Claro viendo a la madre, tan delgaducha, tan poquita cosa como era...mira que se lo dije una y mil veces. Con esa mujer no Paco que no te va a dar más que problemas y a traer más que disgustos. Pero él nada de nada, tan cabezota y tan calzonazos como su padre. Anda hijo hiciste bien en salir espantado a la capital que aquí te hubieras muerto de hambre. Lo único que has hecho bien en tu vida. Pero claro en la capital tuviste que echarte la novia con lo buen partido que hubiera sido la Aurora, la hija de la Jacinta. Esos sí que estaban forrados y con tantas tierras que tan solo una de ellas era más grande en extensión que todo el pueblo junto. Y ella bebía los vientos por ti que es que no te quitaba ojo en los bailes de la plaza del pueblo los domingos seguidos que el alcalde decidió darnos durante la primavera del mismo año en que tú lo dejaste todo por irte a Madrid. Y una que podía hacer si no darte a regañadientes mis bendiciones y rezando mucho a la virgen de la soledad de la cual sabes que soy muy devota para que te trajera hecho un señor. Pero no, tú poniéndolo difícil como siempre. Echándote la novia con menos chicha de todo Madrid. La elegiste a posta porque sabías que a mí me iba a desagradar enormemente o es que mi virgen de la soledad en ese momento estaba a otra cosa. Y con menos gracia y así claro la pobre hija tuya ha salido como ha salido la pobre pero qué culpa tiene ella. Aunque le debo unos cuantos rezos porque de tres hijos la niña es con la que no has acertado. Casina, casi se queda en menos pero mira hubo suerte porque a la pobre tampoco la deseo ningún mal, pero yo creo que a esta niña mejor si se queda aquí, en el pueblo sin salir mucho y haciendo lo que yo la vaya mandando que tampoco es tanto porque sé hasta dónde puede llegar. A mí me haría compañía o me tendría muy entretenida y ella seguramente se acabaría adaptando a la vida de pueblo mucho mejor que a la vida de la capital, mucho más inhumana. Pero hijo como tú quieras, como siempre has hecho lo que te ha dado la gana sin escuchar consejos de nadie pues eso será lo que hagas al final y no creo que a Casina la dejes conmigo porque no sé muy bien el porqué me da que desde que murió tu padre has venido menos al pueblo a verme a mí y a la familia que te queda que todavía es mucha. Pero quiero mucho a la niña es como que necesita que la proteja pero sabes que yo quiero lo mismo o más desde mi mal carácter que sé que tengo. Pero hijo sabes que siempre ha sido igual y si en algún momento pude cambiar no lo hice y ahora que ya casi huelo a tierra, no veo el porqué. Como si ese estado de mi ánimo fuera a cambiaros para quererme más. Porque sé que en el fondo de vuestros corazones tengo un pequeño hueco y no como vuestro padre que tiene un trono. Bueno él murió antes y se lleva esos honores y yo el placer de haberos tenido por más tiempo y haber conocido a todos mis nietos. Eso es todo que no es poco…

miércoles, 28 de agosto de 2013

SOBRE LA MARCHA: Madrepepa I

Se había acostumbrado a que la llamaran así y así era como atendía siempre. Casina tráeme esto, o Casina tráeme aquello. O Casina cuando te levantes me acercas lo de más allá. Casina valía para todo o para casi todo pero no era reconocida por nadie y menos por su abuela. No, para su abuela era un perfecto desastre desde que nació hasta que ella murió. Nunca casina fue del agrado de la abuela. Casina ha venido con defecto que te lo digo yo que esta niña desde que nació no ha salido bien. Y la abuela la cogía por los brazos y la zarandeaba con más fuerza que las abuelas al uso, de eso estaba segura Casina. De tal manera que cuando la soltaba sentía un alivio que pronto se convirtió en un placer más para ella. Un placer inexplicable. Era capaz de aguantar el dolor por el placer de sentir el alivio de después. Y eso fue algo que le enseñó la abuela sin querer; a experimentar con el dolor y sus grados de aceptación, a sacar del sacrificio provecho y del dolor placer, pero sobre todo con la satisfacción de verse ganadora, porque si hubiera sido consciente la abuela del efecto contrario de lo que hacía, de ninguna manera se lo hubiera enseñado. Se hubiera quedado sin sus zarandeos.

La abuela, la Madrepepa, como gustaba que le llamaran los nietos de su hijo pequeño y solo ellos, ya que el resto, tan nietos como los demás, tenían el permiso y el privilegio de llamarla abuela. Ellos se habían quedado en el pueblo, como Dios mandaba, pero claro los otros no. Y así estaban  descastados y echados a perder por la mala influencia de la capital. El pequeño de los hijos de Madrepepa y por consiguiente padre de Casina, siempre había hecho lo que le había dado la gana y allí se fue en busca de novia y allí la encontró. Allí se casó y allí tuvo a sus hijos, pues para que quería que Madrepepa le diera las bendiciones porque con ellas o sin ellas hubiera hecho lo mismo. Pues por lo menos que se lleve cuando yo muera ese mordisco en el corazón para que se acuerde siempre de su madre que no quiso que se fuera del pueblo, con la de cosas que había que hacer en el campo. Pero el señorito que se creía más que nadie se tuvo que largar. Y Madrepepa seguía rumiando las palabras que solo llegaban a ser para los oídos de los demás simples murmullos de abuela con un bajón tremendo en nada de tiempo. Era peculiar sin duda, muy peculiar y a quien le ponía la cruz ahí se quedaba incrustada para siempre. Era una andaluza seria, una andaluza recia, hecha a base de sacrificio, a base de golpes de azada y pala, que siempre había ejercido de cabeza de familia ya que sus padres la dejaron con una prole de hermanos, bien jovencita ella y bien mocosos el resto de hermanos. Allí siempre se hacía lo que en su lógica más le convenía a todos. Y el resto de la familia bien por dejadez o bien por comodidad le había dejado hacer hasta que la vuelta atrás ya no era posible... 

sábado, 17 de agosto de 2013

SOBRE LA MARCHA: Los señores de García

A los señores de García se les veía contentos. Se paseaban por la calle con la cabeza muy alta, exageradamente alta, como pavoneándose delante de todo perro - gato. Y la gente no lo entendía. Se dice que fue como de buenas a primeras. Nadie supo jamás el momento de la transformación. Cualquiera podría pensar que les había tocado el gordo de la lotería o incluso un buen puesto en la administración del Estado. Pero no uno cualquiera ganado por oposición no, un puesto de los de verdad, de los que duran unos pocos años, pero que te hinchas a ganar. Lo que se dice dinero no tanto como a esos mismos niveles en la privada, o eso se dice, porque la administración no paga mucho dinero en general en sueldos. A ver, pagar, paga, pero de otra manera. En fin que la paga mensual no era como para poder ahorrar y retirarse. Lo que sí se adquiría eran buenos conocimientos, a esos niveles, para la posteridad. Y llenar esa cartilla de ahorros, de favores pagaderos a años vista. Es más con un poco de suerte hasta, incluso, se podía uno quedar con el puesto, para toda la vida. Era casi mejor que andar camuflando esos ahorros en especies, para que alguien de tu propia cuerda te delatara, por ejemplo.

A los señores de García no parecía habérseles muerto nadie, o que sufrieran de hemorroides o que padecieran forúnculos en el culo o ardores en la boca del estómago. Les sonreía la vida. No cabía ninguna duda. Es más diría que era un hecho constatable a tenor de cómo iba ella de arreglada y de perfumada y haciendo ruido con las pulseras que parecían sonajeros en manos de un bebe como enseñándoselo a todo el mundo. ¿Y él?, que ¿Cómo iba él? Pues mirando con desprecio a todas las personas, que corteses, se les acercaban a saludarles y darles de paso la enhorabuena. Cuánto me alegro amigo, un ascenso fulgurante a lo más alto, eso está bien. Ya se lo decía yo a mi Manolita esta pareja llegará muy alto. Pues con Dios y que lo disfruten con salud. Así unos tras otros sin pausa.

Eran lo suficientemente jóvenes como para tener esa sensación de quedarles todavía mucho futuro, pero no tanto como para no ver el horizonte, su horizonte.
Una pena que los señores de García hayan cruzado sin mirar lo que debían mirar. Ahora todo el pueblo les está despidiendo en el pequeño cementerio. Eso sí uno en cada agujero porque cada familia tiene el suyo y aquí por muy casado que se esté, la sangre se va con los que se tiene que ir. Se podían consultar los antepasados de hacía siglos porque todo el mundo de allí, lo era, porque lo fueron antes, todos sus antepasados desde que el recuerdo se confunde más allá de los archivos eclesiásticos, que son los más fiables porque todo el mundo pasaba por la vicaría tres o cuatro veces en su vida contando la que llegaba tapado en madera. A saber: bautismo, comunión, confirmación, matrimonio y último adiós, que el bueno del cura Miguel, que era un ángel según las personas mayores que le trataban con asiduidad y cuando venían de la consulta del Médico, otra de las visitas más asiduas. Se le empezó a llamar cura Miguel Ángel y durante años así se le conoció. Él, ya muy mayor, y en su residencia para curas retirados contaba la anécdota y le hacía gracia, siempre terminaba sus homilías diciendo: A ver queridos hermanos yo soy el padre Miguel ¿de acuerdo? Y los feligreses le contestaban como si fuera la parte más sustancial de la misa porque todo el mundo contestaba al unísono, es más, se llegó a decir que era un gancho para que todo el que no iba habitualmente a misa, fuera a replicarle al cura a voz en grito: sí padre Miguel Ángel. Y desde ese mismo momento se entabló una pequeña lucha para ver quién se llevaba el gato al agua como quién dice, y claro lo perdió, es más aquí en la residencia le conocen todos por el Padre Miguel Ángel. Siempre era lo mismo, cuando se subía a aquel púlpito tratando de quitar el punto de dolor si era un funeral o una misa corpore insepulto, acababa haciendo la pregunta y los asistentes le seguían contestando lo mismo una y otra vez. Vamos que elegía el momento menos apropiado y usaba el púlpito para hacer su gracia, pero se le perdonaba porque era una buen cura, eso decían todos. Los menos creyentes, se cachondeaban de lo del último adiós, modificándolo en el último Dios.
 
A los señores de García se les recordaba siempre por lo pavorosos que se les veía al salir de paseo casi diario. Y a pesar de sus caracteres y de su no querer casi mezclarse surgiendo las antipatías de las gentes del pueblo, siempre y en cada momento había una flor en cada una de las sepulturas separadas como de costumbre, por sangre directa paterna. Así había sido y así iba a seguir siendo por los siglos de los siglos amén…Lo de la flor nadie quiso comentarlo y nadie, como si hubiera habido un pacto de silencio preguntó a nadie.