miércoles, 2 de abril de 2014

SOBRE LA MARCHA: Padrepaco IV

          Él, Padrepaco, apoyó sus codos en la mesa recién recogida por Madrepepa que no tardaba, ni un minuto en comer, ni dos en recogerlo todo. Decía plato vacío encima de la mesa, plato terminado, plato recogido. Apura el vino que me lo llevo  achuchaba a Padrepaco y el achuchado Padrepaco se bebía casi a disgusto ese culin del último sorbo: el mejor decía él. Terminaba con el trapo húmedo en la mano pasando por el hule después de recoger con su mano las miajas y algún resto de comida que siempre se le caía a Padrepaco y consecuentemente la murmuración en forma de queja de Madrepepa: siempre igual Paco no tienes cuidado, cucha como lo pones siempre todo, parece que te sobra. Apretaba mucho la mano e iba juntándolas hasta que las reunía en la esquina y las depositaba en la otra mano que estaba preparada en el extremo de la mesa con la palma abierta dispuesta a recogerlo todo. Luego salía al patio donde le estaban esperando ansiosas las gallinas que con una gran algarabía  y levantando  un polvo blanquecino y espeso, esperaban su ración de comida. Mira grita con mucha sorna a padre Paco para que lo oyera. Míralas como saben que ahora les toca comer a ellas. Son más listas que muchas personas. ¿Verdad Paco? Pero personas bien cercanas ¿Verdad Paco? De la familia diría yo. ¿Verdad Paco?  Y con una sonrisa que casi era un ensayo de sonrisa por la pocas veces que lo practicaba, entraba otra vez en la cocina. Era su diversión tan solo para meterse, con cariño eso sí, con su marido. Y dejaba esas palabras que se le resbalara entre sus labios, entre sus dientes o entre su boca dependiendo del acento que necesitara emplear para darle el tonillo que ella deseaba...había adquirido la habilidad, ya de niña, de imitar los modos de hablar de distintos lugares, oyendo a la familia mayoritariamente  emigrantes de todas partes de España y mucho más allá decía y que en la época estival se dejaban caer por allí para ver a la familia y que a todos ellos se les notaba el acento distinto...Una vez acodado, Padrepaco extendió sus manos y apoyó suavemente sus mejillas y se dejó envolver por una paz una vez que todo se calmó. Esa postura no muy cómoda, la había adquirido después de años comiendo en esa misma mesa, en ese mismo hule y con su cuerpo cada vez más cansado del trabajo de la tierra. Madrepepa ya se había sentado en su silla de dormir favorita para echarse unas cabezadas, las gallinas ya habían comido suficiente aunque seguían voraces picoteando por acá y por allá, el polvo había quedado posado en cualquier sitio a la espera de otro revuelo y ahora sí. Padrepaco iba en busca de su siesta, que bien por costumbre, bien por cansancio o por la caló que caía a esas horas, era lo único que humanamente se podía hacer. Además él hubiera cambiado la comida por su momento sublime, su descanso tan ansiado. Nunca había sido de mucho comer. El sueño lentamente se iba apoderando de él como cada día de toda su vida...