sábado, 13 de septiembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: Naftalina (Serie metro)

Olía a naftalina. No sabía de dónde venía ese olor tan intenso, pero me sorprendió desagradablemente porque tan solo había recorrido el metro dos estaciones desde que entré en el vagón y me había llamado la atención precisamente lo bien que olía. Y en un momento como si no tuviera derecho a disfrutar de alguna buena sensación me llegó el tufo a naftalina. El verano todavía no se había acabado pese a toda la carga impertinentemente emocional, desconsideradamente emotiva, desproporcionadamente delirante, que los periodistas de los medios audiovisuales, en televisión y en radio, pero más intensamente en este último medio, lanzaban amenazantes. No paraban de indicarnos el comienzo de la nueva temporada para todos ellos. Con un alto grado de excitación supuestamente contagiosa para los oyentes: programas reconducidos, nuevas secciones, cambios de personal, colaboradores nuevos expertos en cualquier tema y temáticas innovadoras. Tratando de hacer más énfasis en los problemas sociales y apartando o dejando de dar tanto protagonismo a los creadores de tanto fiasco: tramposos empedernidos, trileros de la palabra, remendadores de frases, pésimos zurcidores de ideas trasnochadas y olor a mugre, transformadores de leyes hechas a medida de su conciencia, o de sus intereses particulares, embaucadores de gente inocente muy manipulable, mentirosos compulsivos, destructores de la armonía, devoradores de la paz social que tantos votos les dio en su momento. Políticos en definitiva. Palabra cuyo significado habían conseguido cambiar reconduciéndola a falsedad y mentira. Y por lo tanto su ejercicio era  sinónimo de nada limpio. Con capacidad, abanderando los votos conseguidos, para asolar a la población, machacar a los más desfavorecidos en favor del grande, del que por otra parte no necesita más ayuda por tenerlo todo. Queriendo hacernos ver lo blanco negro y lo negro blanco sin altibajos en la voz de tanta palabra vacía de contenido y demasiadas veces con efectividad de francotirador…
El verano no estaba acabado sin embargo en el vagón ya se olía a la naftalina del otoño. Dos viajeros con sus maletas y con una chaqueta de cuero anudado a la cintura de la mujer, era sin lugar a dudas, la única prenda que podía expeler ese aroma tan nauseabundo para mis recuerdos. Personas hurgando en los armarios, oreando las ropas. Mirándolas para saber cual ha encogido en esos meses de calor y cuál no. Cuál se ha pasado por el uso o cuál no se va a llevar. Valorando el dinero que hay que invertir en ropa nueva para no ir siempre con lo mismo...
Faltaban veinte días aún para que el verano dejara paso al otoño pese a los periodistas y pesara a quien pesara. Pero hasta el fuerte olor parecía darle la razón al mortecino verano. Un olor característico del otoño que me había acompañado desde la infancia y me arrastraba a la melancolía sin saber muy bien cual era la razón…

miércoles, 3 de septiembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: MS (Serie metro)


Tenía cara de amargura. Seguro que esa cara no era su cara habitual. No creo que fuera la cara con la que había nacido. Seguro que alguien de su entorno: marido, compañero, pareja, amante, hijos, madre, padre, alguien, le había puesto esa cara antes de salir de su casa, con la que yo la estaba viendo. La cara que acaba de conocer. Su cara era de una profunda tristeza diría que de una amargura cruel. Mirarla, era como ver el desamparo desgarrador en su rostro. Se me ocurre algún abandono en su cara de niña, alguna forma cruel de vivir, tal vez sometida a una continua presión oculta…Demasiado pegado a mí, invadiendo mi espacio vital, donde te empiezas a sentir incómodo, oía una voz que decía “me hacen extraños las tripas” con voz tan audible que los viajeros más cercanos, parecían callar ante esa afirmación tan rotunda y tan extraña. Y como a apartarse por miedo a que esas tripas a las que se refería la buena mujer, fueran a hacer su aparición avisando pero sin ser invitadas. Al observarla con detalle no se le podían echar más de treinta años. De piel curtida y seca y de ojos profundos, negros, muy negros. La cara contrita le hacía unas arrugas graciosas en su entrecejo, producto sin duda, de lo que ella reclamaba a viva voz y cada vez con más sonoridad y con lágrimas brotando de esos dos pozos tan oscuros y profundos. Siempre me ha producido intranquilidad y tristeza al mismo tiempo el quejido. Mi corazón se conmovía con el lamento de esa mujer que ahora se cruzaba de brazos para aliviar lo que tuviera en aquellas tripas que tantos extraños le hacían. Y los demás miraban sin decir nada y la mujer sufría. Sufría mucho, demasiado, tanto, que me encogía el alma. Se miraban los unos a los otros como si se hubieran descubierto de repente. Como si todos por sorpresa hubieran aparecido los unos junto a los otros en ese vagón de metro, mirando sorprendidos a una mujer de unos treinta años, a punto de lo que fuera...”Se está poniendo mala, esa mujer se está poniendo mala”, siempre hay alguien que reacciona y dice en el momento oportuno lo que todo el mundo piensa y casi se convierte en el protagonista. Desde luego la mujer era una mujer bien parecida y la pobre no paraba de quejarse de algo que nadie lograba entender y por ende sin saber muy bien lo que hacer. Tal vez todos hacían bien en no hacer nada porque nada podían hacer. Y el lamento de la mujer se intensificaba con cada estación y los viajeros cada vez más inquietos. Y empiezan a comentar en voz baja lo que creen que se debe de hacer en estos casos. Una mujer mayor le cede el asiento y parece que se calma un poco. Nadie parece querer apearse del tren como si quisieran saber que va a ocurrir aunque no sepan bien cómo ni cuándo va a acabar o si depende de ellos que acabe cuanto antes, sacándola del tren para que alguien se haga cargo de ella. Nadie grita “no se preocupen soy médico” eso solo pasa en los metros de estados unidos y en las películas claro. Es curioso pero en las estaciones tampoco entra ya nadie. El lamento cada vez es más espaciado, la respiración cada vez más pausada, parece que todo va a acabar y la gente empieza a relajarse y a entender que no ha sido nada. “La pobre mujer parece que estaba indispuesta pero parece que ya se le ha pasado. Qué mal rato hemos pasado todos de verdad menos mal que no ha pasado nada porque si no es que no llego a coger la camioneta” se oye que alguien se lo está explicando a alguien por el móvil. Parece que ahora todos quieren ayudar a la mujer pero la mujer ya no necesita a nadie. La chica de la cara de amargura, de la cara más triste con la que yo me había encontrado nunca, sigue sentada mirando a la nada. De ella nadie se preocupa solo yo, que no la he quitado la vista de encima. Creo que no respira pero ya no se queja y eso tranquiliza al resto.