miércoles, 28 de agosto de 2013

SOBRE LA MARCHA: Madrepepa I

Se había acostumbrado a que la llamaran así y así era como atendía siempre. Casina tráeme esto, o Casina tráeme aquello. O Casina cuando te levantes me acercas lo de más allá. Casina valía para todo o para casi todo pero no era reconocida por nadie y menos por su abuela. No, para su abuela era un perfecto desastre desde que nació hasta que ella murió. Nunca casina fue del agrado de la abuela. Casina ha venido con defecto que te lo digo yo que esta niña desde que nació no ha salido bien. Y la abuela la cogía por los brazos y la zarandeaba con más fuerza que las abuelas al uso, de eso estaba segura Casina. De tal manera que cuando la soltaba sentía un alivio que pronto se convirtió en un placer más para ella. Un placer inexplicable. Era capaz de aguantar el dolor por el placer de sentir el alivio de después. Y eso fue algo que le enseñó la abuela sin querer; a experimentar con el dolor y sus grados de aceptación, a sacar del sacrificio provecho y del dolor placer, pero sobre todo con la satisfacción de verse ganadora, porque si hubiera sido consciente la abuela del efecto contrario de lo que hacía, de ninguna manera se lo hubiera enseñado. Se hubiera quedado sin sus zarandeos.

La abuela, la Madrepepa, como gustaba que le llamaran los nietos de su hijo pequeño y solo ellos, ya que el resto, tan nietos como los demás, tenían el permiso y el privilegio de llamarla abuela. Ellos se habían quedado en el pueblo, como Dios mandaba, pero claro los otros no. Y así estaban  descastados y echados a perder por la mala influencia de la capital. El pequeño de los hijos de Madrepepa y por consiguiente padre de Casina, siempre había hecho lo que le había dado la gana y allí se fue en busca de novia y allí la encontró. Allí se casó y allí tuvo a sus hijos, pues para que quería que Madrepepa le diera las bendiciones porque con ellas o sin ellas hubiera hecho lo mismo. Pues por lo menos que se lleve cuando yo muera ese mordisco en el corazón para que se acuerde siempre de su madre que no quiso que se fuera del pueblo, con la de cosas que había que hacer en el campo. Pero el señorito que se creía más que nadie se tuvo que largar. Y Madrepepa seguía rumiando las palabras que solo llegaban a ser para los oídos de los demás simples murmullos de abuela con un bajón tremendo en nada de tiempo. Era peculiar sin duda, muy peculiar y a quien le ponía la cruz ahí se quedaba incrustada para siempre. Era una andaluza seria, una andaluza recia, hecha a base de sacrificio, a base de golpes de azada y pala, que siempre había ejercido de cabeza de familia ya que sus padres la dejaron con una prole de hermanos, bien jovencita ella y bien mocosos el resto de hermanos. Allí siempre se hacía lo que en su lógica más le convenía a todos. Y el resto de la familia bien por dejadez o bien por comodidad le había dejado hacer hasta que la vuelta atrás ya no era posible... 

sábado, 17 de agosto de 2013

SOBRE LA MARCHA: Los señores de García

A los señores de García se les veía contentos. Se paseaban por la calle con la cabeza muy alta, exageradamente alta, como pavoneándose delante de todo perro - gato. Y la gente no lo entendía. Se dice que fue como de buenas a primeras. Nadie supo jamás el momento de la transformación. Cualquiera podría pensar que les había tocado el gordo de la lotería o incluso un buen puesto en la administración del Estado. Pero no uno cualquiera ganado por oposición no, un puesto de los de verdad, de los que duran unos pocos años, pero que te hinchas a ganar. Lo que se dice dinero no tanto como a esos mismos niveles en la privada, o eso se dice, porque la administración no paga mucho dinero en general en sueldos. A ver, pagar, paga, pero de otra manera. En fin que la paga mensual no era como para poder ahorrar y retirarse. Lo que sí se adquiría eran buenos conocimientos, a esos niveles, para la posteridad. Y llenar esa cartilla de ahorros, de favores pagaderos a años vista. Es más con un poco de suerte hasta, incluso, se podía uno quedar con el puesto, para toda la vida. Era casi mejor que andar camuflando esos ahorros en especies, para que alguien de tu propia cuerda te delatara, por ejemplo.

A los señores de García no parecía habérseles muerto nadie, o que sufrieran de hemorroides o que padecieran forúnculos en el culo o ardores en la boca del estómago. Les sonreía la vida. No cabía ninguna duda. Es más diría que era un hecho constatable a tenor de cómo iba ella de arreglada y de perfumada y haciendo ruido con las pulseras que parecían sonajeros en manos de un bebe como enseñándoselo a todo el mundo. ¿Y él?, que ¿Cómo iba él? Pues mirando con desprecio a todas las personas, que corteses, se les acercaban a saludarles y darles de paso la enhorabuena. Cuánto me alegro amigo, un ascenso fulgurante a lo más alto, eso está bien. Ya se lo decía yo a mi Manolita esta pareja llegará muy alto. Pues con Dios y que lo disfruten con salud. Así unos tras otros sin pausa.

Eran lo suficientemente jóvenes como para tener esa sensación de quedarles todavía mucho futuro, pero no tanto como para no ver el horizonte, su horizonte.
Una pena que los señores de García hayan cruzado sin mirar lo que debían mirar. Ahora todo el pueblo les está despidiendo en el pequeño cementerio. Eso sí uno en cada agujero porque cada familia tiene el suyo y aquí por muy casado que se esté, la sangre se va con los que se tiene que ir. Se podían consultar los antepasados de hacía siglos porque todo el mundo de allí, lo era, porque lo fueron antes, todos sus antepasados desde que el recuerdo se confunde más allá de los archivos eclesiásticos, que son los más fiables porque todo el mundo pasaba por la vicaría tres o cuatro veces en su vida contando la que llegaba tapado en madera. A saber: bautismo, comunión, confirmación, matrimonio y último adiós, que el bueno del cura Miguel, que era un ángel según las personas mayores que le trataban con asiduidad y cuando venían de la consulta del Médico, otra de las visitas más asiduas. Se le empezó a llamar cura Miguel Ángel y durante años así se le conoció. Él, ya muy mayor, y en su residencia para curas retirados contaba la anécdota y le hacía gracia, siempre terminaba sus homilías diciendo: A ver queridos hermanos yo soy el padre Miguel ¿de acuerdo? Y los feligreses le contestaban como si fuera la parte más sustancial de la misa porque todo el mundo contestaba al unísono, es más, se llegó a decir que era un gancho para que todo el que no iba habitualmente a misa, fuera a replicarle al cura a voz en grito: sí padre Miguel Ángel. Y desde ese mismo momento se entabló una pequeña lucha para ver quién se llevaba el gato al agua como quién dice, y claro lo perdió, es más aquí en la residencia le conocen todos por el Padre Miguel Ángel. Siempre era lo mismo, cuando se subía a aquel púlpito tratando de quitar el punto de dolor si era un funeral o una misa corpore insepulto, acababa haciendo la pregunta y los asistentes le seguían contestando lo mismo una y otra vez. Vamos que elegía el momento menos apropiado y usaba el púlpito para hacer su gracia, pero se le perdonaba porque era una buen cura, eso decían todos. Los menos creyentes, se cachondeaban de lo del último adiós, modificándolo en el último Dios.
 
A los señores de García se les recordaba siempre por lo pavorosos que se les veía al salir de paseo casi diario. Y a pesar de sus caracteres y de su no querer casi mezclarse surgiendo las antipatías de las gentes del pueblo, siempre y en cada momento había una flor en cada una de las sepulturas separadas como de costumbre, por sangre directa paterna. Así había sido y así iba a seguir siendo por los siglos de los siglos amén…Lo de la flor nadie quiso comentarlo y nadie, como si hubiera habido un pacto de silencio preguntó a nadie.