lunes, 28 de junio de 2010

SOBRE LA MARCHA: El atasco

Me revienta estar parado en un atasco durante un tiempo indeterminado. Haciendo nada. A veces escuchando la radio. Cambiando de emisora por si alguna cuenta lo que está pasando en esta carretera. Ninguna. Cambiando de dial: de música inaudible a noticias inaudibles, de chistosos por obligación a eruditos de cualquiera de los temas que surjan. Apago y pienso en la jornada que queda hasta llegar por la tarde, más bien noche, a casa. Descarto que esto sea una mala premonición del día que me espera. Confío en que la mañana y la tarde no tengan nada que ver con atascos de oficina, atascos de reuniones, atasco de papeles, atracones de comidas de trabajo…Por hoy, aunque solo sea por hoy, el único atasco que sufriré será este, no me apetece ningún otro. Ese pensamiento me anima. Me pregunto, cuando soy consciente del hecho, para qué tengo agarrado el volante con las dos manos si ya hace un buen rato que no nos movemos del sitio. Miro a mi alrededor y la verdad es que se ve un poco de todo, pero la mayoría, sigue con el volante agarrado, como si se fuera a escapar. Del resto prefiero omitir dónde tienen sus manos o más bien sus dedos. Trato de relajarme soltando el volante y dejando caer los brazos. Pero en ese momento el de delante como si se hubiera dado cuenta que había dejado unos centímetros de más con el inmediato anterior avanza y lo deja arrimado en exceso, o lo que yo considero que es excesivo y que no hace falta tanto. Pero esa maniobra me obliga a que yo tenga que hacer lo mismo, sobre todo porque el conductor del coche que me sigue ya está haciendo gestos con la cara y con las manos para que no deje esos centímetros que tan caros son en estos momentos. Será un accidente, aunque espero que algo leve, sin importancia, sin heridos pero lo justo como para taponar toda la carretera. Ya se sabe, en cuanto caen cuatro gotas y se moja un poco el asfalto, se organizan estos pollos. Habrá sido el gilipollas del coche blanco que estaba adelantando a todo el mundo por la izquierda y por la derecha, haciéndose su carrera particular, esquiando en el asfalto hoy lunes a las siete de la mañana. Jodía policía que no está nunca cuando se la necesita, para escarmentar a estos listos y chulos que por tener un buen coche se creen con más derecho que el resto de la población. Y que haciendo gala de su poderío y su descerebro se habrá comido a otro coche nonagenario. Siempre pasa lo mismo. Al final son estos los que provocan la llegada tarde a los trabajos y el absentismo y bajas laborales: cervicales jodidas, brazos rotos, golpes en la cabeza y un largo etcétera. Y estos además serán los jefes, o sus hijos, de alguna de las empresas que meterán algún correctivo al empleado que haya llegado tarde al trabajo por culpa del atasco.

jueves, 3 de junio de 2010

SOBRE LA MARCHA: La Pota

Le salían por su boca trocitos desmenuzados del alimento ingerido pocas horas antes, a bocanadas y con gran esfuerzo: Nunca había sido fácil para él potar o por lo menos no tanto como a la gente de su alrededor que según decían lo hacían con una facilidad admirable, sin ningún esfuerzo y de tirón. Por el contrario él tenía la sensación de que se le iba a dar la vuelta al estómago, que los ojos se le iban a salir de las órbitas con cada andanada y que las lágrimas fluían como no recordaba, ni de pequeño. Además en el momento más álgido tenía la sensación de asfixiarse de tan seguido que le llegaban, como oleadas descompensadas sin ritmo. Una arcada y la siguiente y la siguiente y la siguiente. ¿Cuándo se respira en esta circunstancia si no te da tiempo? y golpeaba el suelo con los pies descalzos para sentir otra cosa que no fuera el asqueroso ruido saliendo de su boca abierta y estrellarse indiscriminadamente contra cualquier cosa, pero sobre todo para avisar a sus pulmones que debían de reaccionar antes de que se les olvidara cumplir con su función y ocurriera la fatalidad. Mira que dio vueltas y más vueltas a esa jodida mahonesa. Mira que cuando la probó no le dio buena espina pero se la jugó y perdió y estas eran las consecuencias. De momento solo había hecho su aparición el vómito pero esperaba con cierto pavor la aparición de la cagalera y la fiebre seguidamente o con anterioridad o todo a la vez. Aunque no sentía ningún otro síntoma que la acidez en la boca y la amargura en la boca del estómago. Esa sensación de no haber acabado y que dudas si otra tarascada como la de antes podrás soportarla. Y esos segundos que se tiene de respiro se emplea para planificar, en el caso de no haber terminado, el cómo se va a afrontar la nueva oleada. Y al final cuando llega el cepillo de dientes a hacer su labor de limpieza y el enjuague bucal con el elixir para tratar de eliminar cualquier amargura en la boca, te viene el recuerdo del restaurante que se había pasado por el forro las medidas básica sanitarias. Que por supuesto de volver nada y que por lo menos hasta que el recuerdo perdurara se pensaría si denunciarlo o no…Mierda otra arcada…