domingo, 26 de abril de 2015

SOBRE LA MARCHA: El Funeral

Jacinto Contreras cumplía los años el mismo día de su muerte. Y por más que le doliera los cumplía año tras año, sucesivamente, como todo el mundo, con la cansina cadencia de doce meses por año. Aunque él durante setenta y nueve veces más, hasta que la vida se aburrió y dijo basta, como acostumbra la vida a decir desde siempre. Era un faltón, insolente y deslenguado. Se pitorreaba con tanto descaro de sus paisanos, que muchos dejaron de hablarle por no sentir la vergüenza de verse acribillados por su verbo agudo en el momento más inoportuno y, sin embargo, no poder arrearle un buen golpe en esa bocaza que era lo que se merecía. Pero la ponzoña que alguna mala gente escupe a la buena gente y hiere tanto, que a veces es capaz de quedarse impregnada durante años. Y el tiempo no logra hacer olvidar ni perdonar. Y se quedaban con las ganas de arrearle y con la hiel en la boca. Alguno más harto era capaz de murmurar entre dientes la sin razón de la media hostia del tío ese y los más débiles aconsejaban a los que perdían el control eso de…déjalo estar que ya se aburrirá…que ese solo está buscando que alguien le meta una buena paliza para organizar el lío…Y el resto pensaba  que aunque no  mereciera la pena, en cuanto pudieran y se pusiera a tiro, le inflaban a hostias. La que se podía montar si alguien le ponía la mano encima podía ser fina: Jacinto procuraba no ponerse demasiado en peligro y si era preciso buscaba la protección del que tenía obligación que no ganas, de hacerlo y en algún momento de hecho requirió el servicio de los números de la guardia civil y estos se lo hicieron saber a la gente.
Estando a su lado y prestándole un poco de atención, daba la impresión de que le habían dado mucho más de sí sus años que a todos los de su quinta juntos, que no eran pocos, en el pueblo de viejos en que se había convertido en pocos años. Tan bullicioso antaño y tan abandonado ahora por la juventud que escapaba como huyendo del propio demonio. Era el que más “de todo” había hecho, el que más “de todo” tenía e incluso al que más cosas desagradables le habían pasado nunca. Y resultaba en sus palabras tan convincente, que nadie se atrevía a poner en duda los discursos de Don Sabito, como le acabaron llamando. Hasta predijo que él sería el primero de todos ellos en morir. Esa afirmación le entristecía tanto que se ponía a llorar y la lástima de verlo provocaba en la gente mayor interés y se acercaban un poco más. Incluso el más osado de todos hasta le preguntaba el por qué decía lo que decía. Entonces Jacinto Contreras respondía o bien con un insulto o bien con una patada a la buena fe de la gente…a mi lo que verdaderamente me jode es no poder veros muertos a todo...y se echaba a reír de un modo exagerado agitando extremadamente los brazos en forma de molino, en medio de la espantada general.
En este momento se encontraban de funeral en la iglesia mirándose de soslayo los unos a los otros. Repasando los malos momentos que les había hecho pasar el Sabito y a la vez pensando quién sería el próximo en acompañarle.
Se consideraba un hombre feliz y sin embargo la gente que le conocía más, aseguraba que esa afirmación tenía un vestigio de soledad, de autoprotección y de complacencia ante su cruda realidad. Su infelicidad empezaba por él mismo y por su comportamiento un tanto despreciativo de cara a los demás. Nunca había sabido cual era la medida entre el sentirse feliz con lo que a uno le ha tocado vivir e intentar dar envidias y enredar a todo el que podía. Pero eran muchos los que le hacían corro para escuchar sus historias. Historias que a buen seguro nadie creía del todo pero que sin duda entretenían a la mayoría del auditorio. En lo que todo el mundo estaba de acuerdo era en su especial manera de ser y de contar. Siempre fue un hombre un tanto especial. Ya de niño, sus padres se lo repetían una y mil veces con ese tópico que cada padre emplea para su propia conveniencia. !Por Dios que niño más especial eres para todo¡ Acompañado de un coscorrón o un cogotazo: Es el legado de la historia. Pero ahora y en la hora de su muerte con los ochenta cumplidos que no vividos, ese tópico quedaba realzado y todo el mundo que asistía y velaba su cuerpo lo pensaba pero nadie se atrevía a decir...
¡Un hombre especial hasta para elegir el día de su paso a la eternidad!. Así empezó a sermonear el cura Don Paco, o el "Pacurilla" como se le conocía en los círculos más críticos del pueblo, haciéndose eco del pensamiento popular, señalando la sencilla pero a la vez señorial caja mortuoria que el propio finado había dispuesto cuando se supo morir. Y que ahora descansaba sobre un catafalco inestable hecho con toda la buena fe pero con la austeridad que siempre proclamaba, como su verdadera religión, por el sacristán, hombre que velaba por la iglesia en el sentido más amplio de la palabra. Muchos de los allí presentes se mostraban preocupados por si se fuera a caer. Uno le decía al otro, menos mal que este ya no se mueve porque si no se daría la hostia que nadie se atrevió a dale en vida. Y esbozaban de soslayo unas sonrisas que a veces se acompañaban con una especie de hipo reprimido que hacía volverse a la fila inmediatamente anterior. Decían las lenguas viperinas, que el nombre de Paco se lo pusieron sus padres porque les parecía el nombre más apropiado para que el niño se encarrilara por el buen camino: Camino de la curia romana. Todo un reto para esos padres. Otros decían que en verdad le pusieron Ladislao pero que cuando el niño ya con uso de razón y una vez tomada la primera comunión le confesó a su madre su intención solemne de dedicarse a los demás. Eso quiero hacer yo le dijo. Desde ese mismo momento se decidió que se llamaría Paco. como si fuera su nombre artístico. Y esa madre se sintió tan orgullosa dónde la hubiera, por el sentido de madurez del que hizo gala, su primogénito y único hijo. Ella decía que estaba orgullosa de su primogénito: Pero señora no diga usted eso que parece que tiene usted una docena de hijos, cuando es el único que te tiene. Ella alzaba la cabeza y orgullosa inhalaba los momentos como si fueran aromas que el Señor le había mandado. Y cuando los médicos le diagnosticaron al niño, no sé qué cosa de los huesos y le dijeron que no iba a levantar más de un palmo del suelo, aplaudió malignamente la decisión celestial de hacerle pequeño para que le fuera ajustado el nombre con la profesión y que no tuviera tentaciones carnales que le llevaran por el mal camino. Pero allí en lo alto del púlpito se crecía, sus sermones eran doctos, brillantes y cargados de metáforas que los fieles apenas entendían pero que valoraban precisamente por la amalgama de latinajos que metía entre frase y frase. Cuanto más denso y menos inteligible fuera, mejor, más trascendente. Como les pasa a las medicinas que cuanto más cuestan más curan -Ha debido de ser muy importante lo que ha querido decir Don Paco porque no le he entendido nada, menos que nunca.- decía una señora a la salida de la iglesia y su compañera agarrada del brazo asentía - y muy interesante- a la vez que expresaba su admiración - ¡Ha estado francamente bien¡. -¡Que bien habla este cura! decían otros. - Y en todos se notaba el signo de la ignorancia en su estado de gracia. Y es que este tipo de cosas siempre han impresionado. Se le veía hasta más alto que los monaguillos que trataron en vano de averiguar si se valía de algún poyete para aparentar o era sin más el efecto óptico del púlpito pegado a la media columna o era que levitaba como le sucedía a Santa Teresa por la gracia de Dios. Si el púlpito por si mismo y allí pegado a la columna, como si le hubiera salido una giba, sin cura ni nada, impone, con cura, mucho más aunque este sea Don Paco. Don Paco tenía mucho que contar de su amigo Jacinto tanto que no sabía por donde empezar. Se conocían de chicos y se puede decir que había habido de todo en su amistad pero lo significativo del caso era lo distintos que eran uno del otro. Si el uno iba para cura el otro para diablo. Tan distantes, tan distintos en pensamiento, en palabra en obra y también en omisión como a veces le recordaba el mismo Paco a Jacinto. Tal era así, que mucha gente pensaba que la relación de amistad no podía durar mucho más allá de cualquier improperio de uno para que fuera devuelto por el otro doblado y que empezara una guerra que los más pesimistas decían que hasta podía ser decisiva para uno de los dos. Craso error ahora y en la hora de su muerte nunca se pusieron de acuerdo en quién iba a morir primero. - Yo a lo máximo que llegaré si mueres tú primero, es a emborracharme durante la novena que se le reza a los muertos para que penes, con perdón, tus penas en el purgatorio. Será mi canto y pero esto no te lo prometo te hago una misa que será la única vez que me veas entrar aquí, si es que estás en algún sitio viéndome como les dices a los que te gusta tanto engañar. Nunca pudo imaginar que fuera el cura el que le sobreviviera y que el verdugo fuera su amigo el cura que ahora y de cuerpo presente tuviera que aguantar como un fiel más el sermón que se disponía a darle: eso sí, cómodo. Como decía Paco el hombre propone y Dios dispone querido Jacinto a lo que Jacinto respondía, todo un canto al antojo de tu Señor, querido Paco.
“Hermanos en Cristo, nos hemos reunido un día como hoy para despedir a un amigo del pueblo, a un hermano que lo era de todos nosotros Jacinto Contreras.”
- Espero que seas breve...
“ En estos momentos de dolor tan intenso por la, aunque esperada, no por ello menos dolorosa, desaparición en su estado físico, en su estado material, como a él sin duda le gustaba decir cuando hablaba de estos temas, ya que nunca nos dejará, pues estará siempre presente en nuestras memorias.Y hacía una larga pausa que más bien parecía que había acabado. De repente gritaba irritado. Y porque del mismo modo que Dios nuestro Señor está ahora mismo con él, también estamos nosotros, aunque ya no le podamos ver, aunque ya no le podamos nunca jamás oír. Agachaba compungido la cabeza. Nunca dejará de estar a nuestro lado aunque él no lo quiera. Y le asomaba una risa malévola como si esas palabras las hubiera escupido el mismísimo diablo.
Así me gusta Paco Dios a mi lado y no yo al de él. Me halagas…

 

jueves, 9 de abril de 2015

SOBRE LA MARCHA: Pequeña Morenita


Ha empezado a llover. Después de tantas semanas sin caer una gota de lluvia, de la sequía obstinada, el cielo se ha oscurecido y el viento ha empezado a arreciar. Todo apunta a una gran tormenta de verano. Mamá ha ido a recoger la ropa tendida, como una loca, parecía que le iba a dar algo, y en un santiamén, estando las dos cuerdas a reventar, quedaron vacías y temblonas. Y todo en un pispas. Y me preguntaba si mamá tenía algo de mágica por lo rápido y bien que hacía las cosas. A su lado todo parecía fácil. El tendedero se halla en la azotea dos pisos más arriba de donde nosotros vivimos y consiste en dos cuerdas colgantes, colgaderas o colgonas, nunca supe porqué mamá las llamaba cada vez de una manera diferente, de lado a lado de la pared .…Todo ha quedado en un agüilla de nada, parecía el fin del mundo a tenor de la oscuridad tan profunda que se había hecho a las cuatro de la tarde pero otra vez, como en estas últimas semanas han caído del orden de cuatro gotas por metro cuadrado, como dice el hombre del tiempo por la radio, y con eso ha sido suficiente para dejarnos a todos con las ganas y a algunas, a Juani la vecina, con la ropa tendida, más sucia que limpia, para echarla de nuevo a lavar.
Cuando oía la voz de mi padre nada más entrar por la puerta de casa llamándome de la manera tan suya, de esa manera que a mí me parecía tan cálida y cariñosa buscando a su pequeña morenita, que era como me llamaba siempre y seguidamente me dejaba aparecer corriendo por el pasillo, pataleando con mis piernas todo lo fuerte que podía en la tarima para llamar su atención y metiéndome entre sus piernas con una risa nerviosa como de haber sido descubierta, sintiendo la tensión de sus músculos cuando golpeaba mi cabeza en sus muslos y segundos después sintiendo el aire, en mi cuerpo volteado, descubriendo las paredes de distinta manera, con los cuadros que a mí me parecían tan serios y que al cobrar vida flotando en el espacio, no lo parecían tanto y los dibujos del suelo moviéndose como enloquecidos, descubriendo que el mundo tenía movimiento y que, una vez puesta en sus poderosos hombros a horcajadas, lo que yo veía desde mi estatura nada tenía que ver a cómo se podía ver desde la estatura de mi padre. Por eso es tan poderoso pensaba yo...Era feliz...
Mama me cuenta, porque me cuenta muchas cosas ¡y cada cosa! que a veces pienso que habla tanto conmigo porque se cree que, de la mitad de las cosas que me cuenta, no me entero más que de la mitad, es decir un cuarto del entero. Tal y como es mi madre de reservada, si supiera que esta pequeña cabeza da más de sí de lo que todos a mi alrededor se piensan, no me contaría no ya la mitad de la mitad de las cosas, sino que nada de nada. Cuando más se le suelta la lengua es a la hora de ponerse a planchar, será por los vapores que suelta el agua cuando la reparte con los dedos por la ropa y pone el hierro encima, que si en la época de la república las gentes tenían muchos conocimientos, que si el nivel cultural era muy alto y que todo el mundo sabía muchas más cosas que ahora y de muchos más temas. Y con tanto Que-si-todo se me despierta el apetito de una manera brutal y hacemos una pausa y me prepara una rebanada de pan con aceite y azúcar y un vaso de leche y ella se prepara un café poco cargado para no desvelarse por la noche. Y retomamos cuando ella retoma la plancha, como en un acto reflejo…Pero que cuando pasó lo que pasó, no solo se metió el miedo y la hambruna en el cuerpo de las gentes sino que deshizo las mentes atontando a los listos y dando poder a los más tontos. A los más fuertes les hizo dóciles y todo ello con la anuencia y en colaboración con la iglesia ¡que parece hasta mentira! Y aquí parece que se enfada más y deja caer la plancha en el hierro posaplanchas, acompañando el enfado con el ruido del choque del metal. Y yo me asusto por que no me lo espero y pego un respingo. Pero no se da ni cuenta. A los que se les supuso sanos o menos afectados, parecieron olvidárseles las lecciones del pasado y se sometieron como corderos, no digo tanto en el momento y en los posteriores días de terminar todo, como a lo largo de los primeros años cuando todavía se podía haber hecho algo. Contándome esas cosas no entiendo como los mayores a veces son tan torpes o tienen menos conocimientos que nosotros los pequeños. Dice mamá que lo que pasa es que son más temerosos porque han vivido más y saben más cosas de la vida, que con la edad se sienten más débiles y se pueden defender peor. Pero ella sabe que yo no me refiero a los ancianos…
Abría la puerta de casa con ganas de vomitar, mareada, humillada, queriendo morir pero a la vez esperanzada de que todo lo que estaba pasando, de lo que todo lo que se estaba diciendo de mí padre hasta estos mismos momentos fuera un lamentable error. En tan solo unas horas el mundo había dado una voltereta como las mías de pequeña, no había caído bien y su sistema de flotación se había descentrado. Nada parecía estar en su sitio. Lo más extraño es que el efecto solo había producido daño en mí. Tal vez era la última voltereta simbólica que me daba mi padre. Papá había dejado de ser poderoso con el paso de los años y ahora era un anciano amable en un cuerpo agradecido alguien que no le hubiera conocido en su buena época no podría echarle los años que tenía. Pero yo le veía mermado de facultades. No era aquel hombre que entraba exultante en casa que cuando me dejaba en el suelo después de haberme hecho flotar durante unos segundos que a mí me parecían décimas de segundo, cogía de la misma manera a mi madre y la volteaba igual con las risas y algún requiebro ante tanta fuerza y no sé qué de ¡me vas a dejar moratones por todo el cuerpo bruto! acompañado de un golpe en la espalda y unas risas nerviosas. A pesar de la edad seguía haciendo muchas cosas y se valía por sí mismo, se daba largas caminatas por el parque del oeste y siempre venía refunfuñando de la gente tan diversa decía con cierto retintín que había y se malhumoraba del cómo era posible que esa gente de tan lejos se reuniera todos los días en el parque y lo dejara todo hecho un asco y acto seguido rememoraba esas mismas caminatas con su mujer, mi madre, agarrada de su brazo y pavoneándose delante de todos los militares vestidos de bonito azulado del ministerio del aire que salían de paseo perfectamente uniformados y con ganas de echarse por novia a una criada de buena casa y yo agarrada de su mano grande y fuerte. Era imposible que a su lado me hubiera pasado alguna vez algo malo...¡Era feliz!.
Mamá me cuenta la historia del cura de su pueblo que estuvo al lado de los republicanos y que no le fusilaron porque intervinieron los cardenales, obispos: toda la curia y que consiguieron el indulto, pero que tuvo verdaderos problemas con sus jerarcas porque le querían echar de la iglesia si no era capaz de conformarse con lo que había en ese momento y que cualquier acto sedicioso de las órdenes establecidas era un claro síntoma de rebeldía que se podía pagar con el fusilamiento y en el mejor de los casos con la cárcel a perpetuidad. A si que no era demasiado inteligente hacerle frente al poder cuando este era tan beligerante con los parias y tan espléndido con la iglesia en este caso que a cambio de su mutismo o su conformidad podría seguir ejerciendo y que si perdía los poderes eclesiásticos, a partir de ese mismo momento, quedaba a la buenaventura.
Me quedé bastante mejor después de potar aunque sentía que alguna garra me retorcía el estómago y que el sabor ácido de la bilis se me había quedado adherido a la boca. Me sentía sucia y la ducha caliente me llamaba a gritos, el olor del gel, el vaho que se formó de inmediato me reconfortó momentáneamente, una taza de manzanilla haría el resto pensé. Me dejé caer en el sofá con el albornoz aún húmedo e instintivamente abracé el cojín azulado que me había regalado papá antes de estrenar la casa y que tanta o más ilusión le hacía que a mí. Eso sí dejando claro que era para la casa nueva. Y lloré y lloré y lloré amargamente. No recuerdo más...abrí los ojos sobresaltada y miré el reloj sentía un profundo desconsuelo un vacío inmenso, los ojos los sentía gordos, los labios resecos, me escocían. El teléfono atenuó mi irrealidad y me equilibró. Hubo un momento de incertidumbre no supe si había sido el timbre del teléfono el que me había despertado del sopor o todo había sido una premonición y que instantes después de despertar sonaba el teléfono. Sonó mi voz, seguida la voz de mi padre que me suplicaba sollozando que no le colgara pero mis fuerzas flaquearon ante la aceptación de su mal. Odié todo lo que tenía alrededor odié el cojín que olía a sangre, odié mi apellido, y a mi madre por haberse casado con aquél hombre que tan solo hacía unos días veneraba y que ahora me era difícil considerarlo como mi padre y odiaba al mundo y a la vida, por hacerme ver una realidad de la que, si yo hubiera sido en algún momento consciente, o hubiera tenido la más mínima duda, me hubiera escapado. ¿Era feliz? ¡A la mierda la felicidad!
Mamá me cuenta la historia del cura de su pueblo porque así se lo contó su madre. Pero sabe que a mí ya no me interesa tanto lo que le pasó a ese cura, que por otro lado ya me conozco de tanto oírsela. No, ya no quiero que cubra su dolor con el dolor del prójimo. Que cubra tanta mentira con cualquier otra mentira. Ya no. Lo que a mí me interesa es saber la verdad sobre los hechos que llevaron a mi padre a la cárcel, por supuestos malos tratos con resultado de muerte a los presos en la época de la dictadura. Mamá siempre se echa a llorar y no quiere saber nada de ese asunto para ella está muerto y enterrado el tema y su marido. Le hace tanto daño que desea morir en ese mismo instante. Ella se siente presa del preso, muerta de tantos muertos como dejó mi padre. Y se pregunta tantas cosas que no es capaz de…Es posible que acabe mal de la cabeza, tal vez sería lo mejor que le podría pasar. Pero ella, enjugándose las lágrimas y con una sonrisa amarga, me quiere contar la historia del cura de su pueblo y cómo le salvaron los otros curas de una muerte segura, en los tiempos de la guerra…