sábado, 28 de junio de 2014

SOBRE LA MARCHA: En el tren

          Deslizar los dedos y tocar la madera, como si fuera parte de ti. Sentir un miedo infinito a lo desconocido. Sentir los miedos de las personas que tocaron esa misma madera de esa misma manera y a lo mejor a esa misma hora. No sentirse valiente. Sentirse culpable y cobarde. No en ese orden. O tal vez sí. Cobarde y culpable. Desdeñándolo todo, apartándolo de ti, como si ese todo, hubiera tenido la culpa de la nada que te entumeció, te petrificó durante tu corta vida, hasta ahora mismo, hasta este mismo momento que has salido, que has cogido el tren que te llevará a alguna parte, pero lejos de este sitio. Porque nada más importante pasa o nada más ha pasado que el hecho de seguir con vida. Claro, claro, la muerte soluciona problemas pasados, presentes y hasta probables en el futuro. La muerte disfrazada de solución, parece que lo soluciona todo. Pero es cobarde, una solución cobarde. Lo valiente es lo otro, vivir, afrontar, luchar. Y tú, por lo menos, has conseguido algo importante, o un sucedáneo: huir. Has logrado sacudirte buena parte de la vergüenza que te causa la vida hasta ahora y no sabes muy bien el porqué. Tal vez el hecho de pertenecer a la familia a la que perteneces con sus miles de problemas insostenibles para tu edad adolescente y no consideras esa misma vergüenza en el resto de tus amigos que piensan como tú o no. Que sienten lo mismo que tú o no. Un mundo lleno de incertidumbres o no. Toda una lucha y todo un reto para ti o no. Mierda de adolescencia o no.
          El vagón, un antiquísimo vagón de madera, lleno de tanto ruido que sonríes pensando en tu abuelo que te contaba historias del tren, de esta misma estación en la que te encuentras ya acomodado en el asiento tocando la madera y con la vista puesta en la incertidumbre de lo que te espera a partir de ahora. Tren que pasaba por el pueblo lleno de todo: personas nuevas, reencuentros y despedidas, noticias de todo tipo, alimentos y hasta novedades en la moda. La conexión con el mundo exterior. El abuelo, el único que ha merecido la pena en tu vida. Y piensas  en todos los abuelos de tus amigos, todos ellos tan exagerados con este ruido que no es el suyo. El abuelo protestando por el exceso atronador de la caja de bafles que he instalado en la parte alta de la casa para estar más aislado para molestar lo menos posible y para que no me moleste nada. Para que no me moleste nadie. Para poder darle caña a la guitarra y no estar escuchando cada dos por tres, como si fueran los compases de una canción aburrida salida de la boca de todos, porque a todos molesta, no toques tan alto que te vas a reventar los tímpanos. Te vas a quedar sordo de tanto ruido. O sutilmente deslizar por debajo de la puerta, artículos recortados de periódicos donde la incidencia de pérdida de oído o sordera absoluta en los músicos de rock es alarmante como aseguran los concienzudos estudios de universidades americanas. Todo muy sutil, sin apenas daño. Y sonríes pensando en el abuelo, en todos ellos y sus viajes eternos hacia eternidades absolutas. Pueblos perdidos con paradas pedáneas de trenes que pasaban por casualidad, llenos de ruido, ruido y más ruido. Es posible que más romántico pero al fin y al cabo ruido ensordecedor de ruedas patinando por los rieles, crujido de maderas secas a punto de romperse, crepitar del carbón en la caldera, humo asfixiante de la chimenea, chirrido de frenos con olor a quemado... Mucho más romántico sin duda pero ensordecedor como lo es ahora para ellos este el de nuestros ruidos o algo parecido o no...