domingo, 28 de marzo de 2010

SOBRE LA MARCHA: Un día cualquiera

Onésimo salió de su casa aparentemente tranquilo. Parecía un día cualquiera de oficina, café con los compañeros, unas cuantas risas, otras cuantas riñas, alguna insolencia de algún recién ascendido y, cómo no, alguna humillación incongruente del jefe. En tantos años de mismo trabajo, en tantos años de sentarse en la misma silla y utilizando los mismos o al menos parecidos artículos de oficina nunca había sentido la amargura de la pérdida de tiempo. Cuántos años era los que tenía, cuántos eran los que le quedaban por delante y cuántos para el dorado jubileo. Cuántos de ellos los había perdido abandonado a la desidia….cuando salió de casa parecía un día normal pero algo dentro de sí había cambiado. No iba a permitir más el insulto, la humillación, los malos humores y los malos tratos del jefe. Que no hubiera culminado con su mujer, las noches que a las mañanas siguientes venía con ganas de organizar algún tinglado con cualquiera que se le pusiera por delante sin motivos aparentes o buscándole tres pies al gato, eso para él se había acabado. Su dignidad como persona y como trabajador había colmado el vaso de los años aguantados y no pensaba volver a consentir los desplantes, las iras desproporcionadas sin motivos aparentes. Es más, ni aunque tuviera razones y se llenara de ellas, nada justificaba los malos modos solo por el hecho de estar por arriba en el escalafón laboral y seguramente social. Eso sí esperaba no equivocarse y saltar como siempre le había pasado a contratiempo en el peor momento posible. De ese día aparentemente tranquilo como si fuera un día cualquiera de los muchos que habían pasado iguales no iba a pasar. Acercándose ya a su puesto de trabajo decidió que ya se le ocurriría algo más adelante en su futuro tan desalentador…tampoco era cuestión de comerse la vida de un bocado cuando había tenido tanta paciencia durante tantos años…

jueves, 25 de marzo de 2010

SOBRE LA MARCHA: Oremus

Ceniza a la ceniza, polvo al polvo. Las cenizas al cenicero y los polvos a la polvera. Curas que decís estas cosas. Curas que encendéis los polvos. Que confundís unos polvos con otros. Que mezcláis, que picáis, que saboreáis, que lo usáis como hombres de carne y hueso que sois. Hombres que decís no ser. Hombres que decís lo que no se debe hacer y hacéis lo que no se puede decir. Que vuestra santa voluntad es santa porque sois curas, así lo bendecís. Curas que hacéis lo que os la gana. Que guardáis para vosotros las cosas ricas de la vida porque por la lógica que estudiáis bien sabéis que aquí se acaba todo. Que la vida eterna no existe. Que la vida es tan efímera que os da miedo perderla como a cada quisqui, y que por esta razón y no por ninguna otra se debe de vivir a tope o por lo menos lo máximo que se pueda y se sepa. Que es demasiado vulgar hacer lo que hace el vulgo, que es más fácil decir todo lo que hay y no hay que hacer, pero a los demás. Que lo vuestro sí que es una profesión redonda y que solo vosotros sabéis porque lo habéis aprendido y entendido que es la única, única como la mejor manera de vivir la vida. Experimentando todo, porque el perdón es para el pecador más impío para el pecador absoluto y vosotros solo sois el brazo ejecutor, el engaña bobos, los sumilleres de la vida. Sois listos los lleváis siendo desde que se fundó la empresa hace, según la historia, por su puesto sagrada, algo más de dos mil años y sigue como nueva con algún que otro tropezón. Algo tiene que haber a vuestro favor ya que no os ha desgastado el poder. Seguiréis enriqueciéndoos, seguiréis chupando de las arcas del Estado hasta que alguien (el día queda aún lejano) diga que ya está bien que como cualquier empresa os tendréis que autofinanciar con el dinero de vuestros socios. Pero no sucumbiréis por lo menos en otros dos mil años porque frente a las vicisitudes que os planta la vida, o los hombres de la vida, ahí estarán vuestras sotanas, siempre preparadas para seguir escondiendo las pelotas de los niños en los recreos, agitando mentes necesitadas de alguien que le escuche por una limosna en el cepillo de la iglesia para la calefacción, y así una y otra vez, asustando con el infierno, con el fuego eterno que es algo más descarnado, con las paranoias aprendidas de curas a curas durante tanto tiempo y que siempre ha dado el fruto deseado y a vueltas con la misma canción de amén así sea y con el ángelus, arrodillado en cualquier parte que pille, a las doce en punto del medio día.

lunes, 22 de marzo de 2010

SOBRE LA MARCHA: Casi el sueño eterno

Mantengo en todo el cuerpo el olor a fritanga de ese condenado bareto en el que, nada más entrar, me ha tirado un poco para atrás su denso olor. Pero por consejo de un compañero de trabajo que me lo recomendó vehementemente como uno de los mejores garitos para picotear y teniendo en cuenta que este personaje se jacta hasta la saciedad de conocerse casi todo el espectro hostelero de Madrid ciudad y alrededores: he ido. Fuimos. Al entrar no me me di la vuelta, ganando la calle para poder respirar a algo más que a humo de tabaco y a frituras varias, de milagro. Aguanté el tirón del deseo y el del brazo de Sandra que con su fina pituitaria le dio una sonora arcada, mal llamado en nuestro argot oficinero, arcahón. Su entrecejo arrugado pegando las dos espesas cejas, que es uno de mis fetiches, una a la otra y esa mirada inquisitorial, no dejó lugar a dudas de que esa podía haber sido una noche de velas y polvos y que con toda seguridad se iba a convertir en un combate de grasa y anti grasa en la ducha peleando, con la esponja en una mano y el fairy en la otra y frotando fuerte como ella sabe frotar además de días sin volver a pisar otra cosa que no fuera una cafetería y la cocina de casa para comer y cenar. Largos, diría que eternos días de recuerdos dolorosos, quejas insoportables y alguna fina ironía rayando en el sarcasmo más cruel de Sandrita. Tengo que decir en honor a la verdad que no todo fue tan desagradable. La comida quitando las famosas frituras de la casa, que de ninguna manera íbamos a consentir aceptar, las demás recomendaciones del camarero fueron decentes. En fin, se ha de entender que por un mínimo sentido de la lógica no podíamos sumar más grasa y más olor a lo que nosotros casi potamos y que el plato especial de la casa se lo podía ahorrar. Lo demás estaba bastante bien. El vino hizo el resto y aunque no hubo manera de acabar esa noche como toda persona racional la hubiera acabado sí dejó un recuerdo amable y un olor imperecedero a fritanga…En la televisión echaban una pelu antigua de esas en blanco y negro y así recostados reposando la grasilla nos llegó el sueño……

martes, 16 de marzo de 2010

SOBRE LA MARCHA: Dejé de querer

Durante toda mi vida había escuchado a mis mayores decir que llegando a una cierta edad era raro encontrarse bien más de dos días seguidos. Que el tiempo además de agotarse para cada uno, agotaba por su cadencia cansina y machacona. Y que había que cuidar y darse cuenta de cada segundo que pasaba. Cada día es único como también son únicos las cosas que te pasan, lo bueno y lo malo, lo agradable y lo desagradable. Todo se agota, nada es eterno, por eso ni lo bueno puede ser tan bueno, ni lo malo tan malo. Diciéndome estas cosas, en la cama del hospital tratando de que no enloqueciera por lo que ella sabía y yo trataba de no enterarme para protegerme de lo inevitable: ella tan entera y yo tan vulnerable. Y entonces tu mano cogía la mía como queriendo, a través de la piel insuflarme razón, tranquilidad y algo más de la vida que se te iba escapando del cuerpo: desvanecido el aliento, secos lo labios y en los ojos las últimas lágrimas. Yo te hubiera dado gustoso la mitad de la vida que a mí me quedara con tal de tenerte un poco más a mi lado. Un poco más del sosiego y la tranquilidad que tú me proporcionabas y un poco más del cariño que tiempo después de haberte marchado no logré encontrar en nadie más. Me decían que era yo el que no dejaba entrar a nadie en mi mundo. Que me había convertido en un ser solitario revestido de un caparazón, de una coraza infranqueable ante la ternura de los demás. Posiblemente será así hasta mi fin. Pero yo no quiero más manos que las tuyas. Yo no quiero más aliento, más palabras, más amor que el tuyo. Dejé de querer, como dejé de escuchar, como dejé de mirar y de existir. Me aislé en mi mundo tratando de acordarme de todo aquello que me habías dicho durante tantos años y que no era capaz de recordar.

sábado, 13 de marzo de 2010

SOBRE LA MARCHA: Delibes

Murió dejándose por el camino muchos años vividos y una obra extensa. Murió viejo y enfermo como debe de morir uno. Murió lleno de palabras, lleno de frases, plena su cabeza de imágenes, de historias castellanas. Hojas de un libro no escrito, páginas pasadas llenas y páginas futuras no escritas por los siglos de los siglos. Trazando el camino a los futuros para que sean ellos los que sigan tintando hojas. Se cansó de escribir y decidió partir para descansar como tantos otros. Se cansó de ser y de estar. Y provocó que se lo llevara cualquier cosa, una enfermedad, el olvido de respirar, el cansancio propio y ajeno. Se lo llevó una palabra entrecortada, un artículo mal articulado, un adverbio equívoco, un sustantivo esquivo, un adjetivo contradictorio, una exclamación o tal vez un gerundio con poca enjundia. O se dejó llevar o acompañar por los ladridos de los perros a la caza de una pieza, persiguiendo señoritos hasta colgarlos de un árbol, engatusando a politicastros para que engatusen a los demás, o persiguiendo hasta agotar a los más creyentes. O tal vez todo ello a la vez. Se lo llevó la vida ayer mismo, pero sus personajes, sus contundentes personajes se quedarán para siempre entre los vivos, para todos, para los nacidos y para los nonatos y durante generaciones leerán cinco horas con Mario o los santos inocentes o el hereje y así parte de su obra si no toda. Ya no habrá más Delibes. La vida dejó que se lo llevara la muerte. Como siempre pasa.

domingo, 7 de marzo de 2010

SOBRE LA MARCHA: El frenazo

Cada frenazo del metro los pocos viajeros que hay en cada vagón son desplazados violentamente. Las miradas se cruzan interrogantes pero nadie dice nada. Solo se espera. Otro acelerón seguido de otro frenazo. Parece como si los mandos los hubiera cogido el hijo del conductor con su pequeño culo medio apoyado en los muslos de su padre agarrado como un poseso a los mandos del tren: criaturita vibrante, excitada, exultante de alegría: Padre orgulloso profiriendo carcajadas por las monerías del niño. ¡Y es que Carlitos tiene unas cosas que para qué! Y el tal Carlitos tronchándose igualmente de risa y encantado con el trabajo de papá que más que un trabajo siente que su padre está jugando entre raíles, vagones, luces de colores, largos túneles y viajeros de verdad, con trenes que se cruzan unos con otros, en un parque de atracciones de mayores. Se respiran momentos de pánico que salen en forma de alaridos de las bocas de las personas más sensibles otros igual de asustados tratan de guardar las formas hasta saber qué es exactamente lo que pasa. Pero en el fondo todos sienten el temor de la catástrofe que en cualquier momento puede estallar. No era acaso motivo de mayor preocupación los frenazos si no los acelerones: en esos momentos y con el tren galopando lo que se espera es que el sistema de frenado funcione y como mal menor unas pequeñas contusiones y nada más. El sentirse estampado en el final de la línea contra el muro de contención de trenes o contra los bolardos del final de la estación empiezan a desquiciar a los pasajeros…a veces el pensamiento único existe. A veces el terror también…