domingo, 1 de mayo de 2016

SOBRE LA MARCHA: María

Estoy en su pequeño apartamento. Dice un amigo común que lo comparte con una italiana que ha venido, como ella, a ganarse la vida a Londres y a aprender el idioma oficial de este mundo. Pero yo creo que el apartamento no da para dos personas. Haciendo hueco donde no lo hay, o pasando estrecheces, a lo mejor. Nunca se ha visto a la italiana y es sospechoso, porque ni tan siquiera tiene nombre, o por lo menos nunca lo ha querido decir. Además, evita descaradamente hablar de ella, parece que tuvieran un pacto tácito entre María y mi amigo para ocultarla, porque nunca le ha preguntado el nombre ni, que recuerde, tampoco le había sugerido nunca que le hablara de ella. María es ante todo imaginativa y juguetona. Yo la definiría como alocada e infantil, llena de trampas mentirosas que le gusta creerse. Jugar con las mentiras que inventa, así como hacer partícipe a la gente que le rodea, es su diversión.  Es toda una profesional del engaño verbal. En definitiva, no supe si era verdad eso del apartamento compartido como ella decía, o era otro de sus trucos. Lo que sí es verdad es que siempre se asegura de dejar bien claro que no vive sola. Y cuando la gente le pregunta dónde y con quién vive, ella dice que con su amiga italiana. Pero es tan difícil creerla, como todo lo que cuenta cuando su lengua se suelta y deja fluir con una verborrea digna de cualquier charlatán ambulante. Cuando su lengua se desata puede llegar a un estado de excitación máxima y brillar con todo su esplendor. Es como un manantial que fluye y fluye hasta que se para por ella misma, como si se secara, como cualquier fuerza de la naturaleza. Cuando deja libre su imaginación es capaz de inventar las cosas más fantásticas, como si de una escritora fantástica se tratara en pleno delirio fantástico. Entonces con una transformación digna de cualquier mago, todo su poder de imaginación, todo su poder de seducción y todo su poder de atracción, se ponen a su servicio y la adoran y hace que parezca más perfecta de lo que sin duda es.
Hacía pocos días que conocía a María. Un amigo común en Madrid cuando supo de mi traslado al puerto de Londres, (por fin había conseguido el sueño de poder trabajar en cualquiera de los puertos europeos debido a un concierto entre los países de la unión), me habló de ella y de lo maravillosa que era. Que íbamos a encajar perfectamente porque nuestro carácter era, creo que me dijo, atípico y que cuando llegara a Londres y me estableciera, que la llamara. Que se lo iba a agradecer. No obstante, él hizo la labor de enlace y presentación preliminar ya que no tuve mucho que añadir cuando me presenté ante ella le dije quién era. Me echó los brazos por el cuello me dio un suave beso en los labios y me dijo que lo sabía todo sobre mí. Esbocé una sonrisa de incredulidad y de fastidio porque me pareció una manera de burlarse de mí. Que Fingiera estar esperándome con impaciencia y simulando conocerme de toda la vida, me pareció un disparate fruto a lo mejor de alguien que llevara algún tiempo allí y que hubiera acabado un poco tocada por eso del mal tiempo. El recibimiento fue espectacular. Bien es verdad que faltaron los besos cálidos de sus labios con sabor saladillo de alguna que otra lágrima suelta de felicidad, pero bastante fue con el beso que recibí. No me puedo quejar. Dónde tendría mi cabeza y mi sensibilidad en el momento del abrazo. Qué pena no poder fijar ciertas sensaciones para poder recuperarlas a demanda. Yo sólo sabía que, se llamaba María que, era tan atípica como yo y que, según mi primera impresión, era de lo más apasionada. Que íbamos a entendernos perfectamente, según el amigo que compartíamos y poco más. Cuando se desencajó de mí y pude tener la posibilidad de verla, se giró rápidamente dándome la espalda y dirigiéndose a lo que se suponía debía de ser la cocina, me ofreció un té - Es lo típico de aquí, añadió excusándose, pero si prefieres café te lo hago a nuestro más puro estilo latino: caliente, amargo, fuerte y escaso. Eso último fue lo único que me pareció real ese “escaso” como dejándolo caer, como poco tengo o poco me quiero gastar - Prefiero si no te importa una cerveza. Frenó en seco como si se hubiera quedado petrificada ante mi petición. - No tengo, tendré que bajar a por ella. Hizo un ademán exagerado para mirar el reloj y dijo en voz alta. - María a una after hours. - No salgas por mí, en serio, puedo tomar una taza de café. Girando bruscamente la cabeza a una gran velocidad de un lado al otro. - No, cerveza. Si te apetece una cerveza o dos, es una gilipollez que te tomes un café. - Pero insisto que si tomo un café tampoco pasa nada. - Y si hago la gracia de bajar en cinco minutos a comprar las cervezas tampoco pasa nada OK? Tu contento por tomar lo que has pedido y yo encantada de que tú estés contento. Además, a ver cómo superas este derroche de generosidad por mi parte. Cenita chic, comidita jet, copita guay. Eso espero de ti…Todo acompañado con grandes gestos y la chaqueta en la mano dispuesta a ponérsela para salir. Todo era demasiado rápido. Todo transcurría demasiado deprisa. Parecía a su lado que el tiempo se iba a acabar y que todo estaba por hacer. Su capacidad de seducción o su incontinencia verbal te atrapaba desde el primer momento. Pero a la vez creaba cierto desasosiego. Reconozco que yo necesito pensar. Que no me dejo seducir por lo primero que se me presenta. A veces mis decisiones son tan tardías que el momento se pasa. Ella, se equivocara o no, lo deseara o no, lo que consideraba bueno en ese momento, lo cogía. Su riesgo era mayor pero curiosamente el número de equivocaciones comparado con Don Sesuto, era menor. Así era como acabó llamándome. En realidad me llamaba Sesuto a secas el Don lo ponía cuando quería exagerar. Le explicaba, a la gente que preguntaba de dónde venía ese nombre tan raro o tan extraño, que era el nombre del jefe de una tribu en la isla de los delfines en Oceanía y que mi padre, siempre según ella, gran viajero me lo puso en honor de aquél jefe. La gente agrandaba los ojos incrédula de lo que oía y se quedaba en suspenso y cuando a renglón seguido decía que en realidad era un apodo puesto por ella, lo celebraba con cierta algarabía y sorna y dependiendo del éxito que tuviera daba la explicación con el beneplácito de la gran audiencia siempre deseosa del escarnio ajeno. No creáis que es cualquier nombre puesto al azar, sino la combinación de dos palabras que definen a mi amigo a la perfección: sensato y sesudo. Dependiendo del auditorio me podía molestar más o menos pero nunca realmente llegó a importarme. Incluso en algún momento me divirtió a mi también tanto como a ella y al resto. Pero insisto que el número de equivocaciones que ella cometía con respecto a las mías eran más o menos las mismas en número. Decía que era demasiado lento y que viviría menos que ella, si no en tiempo si en experiencias. Sin duda el bagaje de su vida podría ser de cinco a uno si muriéramos en el mismo momento.
Cuando me quedé solo medio aturdido, por la vivacidad de María y sus enormes ganas de agradarme, en el centro de la habitación que hacía de salón y supongo que, a unas malas, de segundo dormitorio, me di cuenta de que no le había visto bien que no me había dado tiempo a verla y a saber cómo era físicamente a fijarme mejor en ella. No sabría definir su cara. Me alarmó la posibilidad de que no volviera, de que la pasara algo y yo no fuera capaz de identificarla porque no la había visto. Estoy en su casa, se supone que soy un amigo de ella, y ¿no la he visto nunca? Es muy poco creíble y por menos a algunos les han enchironado... Señor inspector es Morena de cara ancha y ojos negros un poco más baja que yo y lleva unos vaqueros ajustados de un color azulado pero tirando a claros una chaquetilla corta por la cintura y poco más...y todo esto sin ninguna seguridad de que ahora entrara me despertara del delirio y apareciera otra persona y me dijera que era la misma María que hacía un momento  acababa de bajar a por mis horribles cervezas, con el pelo mechado con los ojos claros y con mucha nariz por ejemplo, la falta de luz, debía de haber hecho el resto. Una bola de plástico pegada a un vástago negro y este a una chapa también negra pegada al techo con unos tornillos y una bombilla que se intuía de baja potencia, sumado a las dos paredes empapeladas como los papeles de los años setenta y las otras dos con el alivio de una puerta y una ventana el resto de la pared con un tapizado de un color sucio y que olía a algo especial pero que no lograba identificar, daba un ambiente de lo más triste, por no decir cutre.
Si supiera la verdad, que lo mismo me hubiera dado tomarme un café y que lo de la cerveza era por pedirla por última vez en mi idioma y no en el que iba a tener que hacerlo a partir de ahora. O que la cerveza era la excusa para eludir el café o el té que lo odiaba desde pequeño. El olor me parecía desagradable y el té me lo daban cuando estaba enfermo. Si me dolía la barriga, me daban una taza de manzanilla y lo vomitaba todo y más. Lo que me había sentado mal y lo que no y entonces me arreaban una taza de té para que me aliviara y me asentara el estómago y además para que me cortara la diarrea si es que aparecía. Para mí siempre será una medicina y nunca entenderé cómo se puede tomar una medicina por placer en un bar o en el desayuno o como aquí es tradicional a las cinco de la tarde que, por otra parte, comprobaré si eso es verdad o es uno de los innumerables bulos que corren por la mitad de los lugares del mundo solo para que la otra mitad se lo crea. En fin, que prefería la cerveza, que era mi bebida habitual. Pero, que el hecho de haberla hecho bajar a por ellas, me parecía poco cortés por mi parte y no reaccioné hasta que se puso algo por encima y salió como una exhalación y con un grito de ahora vuelvo. Aproveché, para controlar, para cotillear, un poco aquella casa en la que vivía María y que parecía cuanto menos destartalada…El tiempo dio para mucho, para estar con ella, para dejar de estarlo, para vivir en su casa, para vivir en mi propio apartamento, para volverme a casa, para saberlo todo sobre ella y dejar de saber durante mucho tiempo. Creamos un vínculo de todo, porque todo lo que quisimos, lo tuvimos. Supimos disfrutar de lo poco que nos permitía la vida por aquél entonces, tan jóvenes e inexpertos, tan incautos, tan pobres, tan atrevidos, tan plenos. Estábamos hambrientos de todo, avaros de experiencias, de vida. No sé dónde está desde hace mucho tiempo, pero sé que nunca se me olvidará María…