viernes, 7 de octubre de 2016

SOBRE LA MARCHA: Me desorienté

 Se pone a ver la televisión nada más levantarse de la cama y una vez ingerido ávidamente el desayuno. Con gran precisión después de muchos ensayos diarios, deja su cuerpo caer en el sillón, estira las piernas y ahí se queda inmóvil, como aletargado, como tratando de hacer de esa pequeña estancia, de ese pequeño habitáculo, un lugar permanente, casi eterno. No le quedan fuerzas a pesar de haberse levantado descansado. No tiene ni ganas de alargar el brazo para coger el mando a distancia de la televisión. La noche la recuerda mal. Pesadilla tras pesadilla, sin tregua, sin descanso, como si todas las pesadillas del mundo durmiente se hubieran dedicado a aplastar su cerebro descolocando su cuerpo, descoyuntando todas sus ideas. A pesar de todo, se ha levantado descansado. Como si se hubieran puesto de acuerdo todas las pesadillas de todos los seres humanos que aquella misma noche y en ese mismo momento, dormían como él y le hubieran aplastado como si de una apisonadora se tratase. Y todo eso a pesar de haberse levantado descansado. No quería moverse, sólo quería que el tiempo pasara, no le importaba que lo hiciera despacio, pero que pasara sin sensaciones que le llegaran a desesperarse. Posiblemente a su mente solo le quedaba espacio para pensar en el futuro más próximo, no más allá de unas pocas horas, las suficientes como para poder reponerse y recomponerse. Nunca se había sentido tan descansado. Y sin embargo tampoco nunca se había sentido tan mal. Necesitaba centrarse en un único pensamiento, en un único momento y en un único espacio de tiempo. Quería trasladarse a la tarde noche que pasó con Adela, pero es como si su mente se negara a aceptarlo. Toda la conversación que mantuvo, todos los sentimientos que le brotaron, todo lo que tuvo que escuchar y no quería. Lo que debía de aceptar y no quería, porque ese verbo nunca había sido unos de sus preferidos. No era su forma, su método. El deber tenía que ir íntimamente ligado al querer casi como una obligatoriedad. Él tenía que razonar para entender y tenía que entender para aceptar. Pero en la tesitura de la tarde noche con Adela ni aceptó, porque no entendió, ni tan siquiera entendió el porqué de sus razones. Dudó si hubo razones suficientes como para que pudiera entenderlo. Tan sólo sucedió, sin más vueltas, sin más complicaciones, sin más dobleces y sólo había que aceptar eso. A veces sin razones las cosas suceden. En ocasiones es el azar el que te inmoviliza o el que te mueve, el que te lleva o te trae, el que te cambia. Tan sólo unas palabras pueden hacer cambiar un pensamiento, tan solo una actitud puede desencadenar una incomprensión, tan solo una incomprensión puede acabar en un cataclismo. Pero aquella tarde noche con Adela hubo más que unas pocas palabras hubo muchas palabras, tal vez demasiadas palabras sin razones suficientes, demasiadas palabras complicadas, pero vacías de contenido, sin fuerza, muy flojas. Adela guapa como ella era, entró en el café donde habíamos quedado para charlar de lo nuestro, de todo lo nuestro a una hora, a la hora que siempre llegaba yo a casa y ella me esperaba. A una hora que llamábamos la hora mágica, porque era nuestro momento después de un largo día. Era la hora que ella propuso para vernos como tratando de dar continuidad a un espacio que ya no existía. Y apareció tan guapa, tan bien vestida, tan sutilmente maquillada y perfumada. Y yo aparecí de oficina, como había salido de casa por la mañana, después de mi jornada laboral. Camisa blanca, corbata azul y el traje que tocaba esa semana: justo como a ella no le gustaba…Me desorienté.


domingo, 1 de mayo de 2016

SOBRE LA MARCHA: María

Estoy en su pequeño apartamento. Dice un amigo común que lo comparte con una italiana que ha venido, como ella, a ganarse la vida a Londres y a aprender el idioma oficial de este mundo. Pero yo creo que el apartamento no da para dos personas. Haciendo hueco donde no lo hay, o pasando estrecheces, a lo mejor. Nunca se ha visto a la italiana y es sospechoso, porque ni tan siquiera tiene nombre, o por lo menos nunca lo ha querido decir. Además, evita descaradamente hablar de ella, parece que tuvieran un pacto tácito entre María y mi amigo para ocultarla, porque nunca le ha preguntado el nombre ni, que recuerde, tampoco le había sugerido nunca que le hablara de ella. María es ante todo imaginativa y juguetona. Yo la definiría como alocada e infantil, llena de trampas mentirosas que le gusta creerse. Jugar con las mentiras que inventa, así como hacer partícipe a la gente que le rodea, es su diversión.  Es toda una profesional del engaño verbal. En definitiva, no supe si era verdad eso del apartamento compartido como ella decía, o era otro de sus trucos. Lo que sí es verdad es que siempre se asegura de dejar bien claro que no vive sola. Y cuando la gente le pregunta dónde y con quién vive, ella dice que con su amiga italiana. Pero es tan difícil creerla, como todo lo que cuenta cuando su lengua se suelta y deja fluir con una verborrea digna de cualquier charlatán ambulante. Cuando su lengua se desata puede llegar a un estado de excitación máxima y brillar con todo su esplendor. Es como un manantial que fluye y fluye hasta que se para por ella misma, como si se secara, como cualquier fuerza de la naturaleza. Cuando deja libre su imaginación es capaz de inventar las cosas más fantásticas, como si de una escritora fantástica se tratara en pleno delirio fantástico. Entonces con una transformación digna de cualquier mago, todo su poder de imaginación, todo su poder de seducción y todo su poder de atracción, se ponen a su servicio y la adoran y hace que parezca más perfecta de lo que sin duda es.
Hacía pocos días que conocía a María. Un amigo común en Madrid cuando supo de mi traslado al puerto de Londres, (por fin había conseguido el sueño de poder trabajar en cualquiera de los puertos europeos debido a un concierto entre los países de la unión), me habló de ella y de lo maravillosa que era. Que íbamos a encajar perfectamente porque nuestro carácter era, creo que me dijo, atípico y que cuando llegara a Londres y me estableciera, que la llamara. Que se lo iba a agradecer. No obstante, él hizo la labor de enlace y presentación preliminar ya que no tuve mucho que añadir cuando me presenté ante ella le dije quién era. Me echó los brazos por el cuello me dio un suave beso en los labios y me dijo que lo sabía todo sobre mí. Esbocé una sonrisa de incredulidad y de fastidio porque me pareció una manera de burlarse de mí. Que Fingiera estar esperándome con impaciencia y simulando conocerme de toda la vida, me pareció un disparate fruto a lo mejor de alguien que llevara algún tiempo allí y que hubiera acabado un poco tocada por eso del mal tiempo. El recibimiento fue espectacular. Bien es verdad que faltaron los besos cálidos de sus labios con sabor saladillo de alguna que otra lágrima suelta de felicidad, pero bastante fue con el beso que recibí. No me puedo quejar. Dónde tendría mi cabeza y mi sensibilidad en el momento del abrazo. Qué pena no poder fijar ciertas sensaciones para poder recuperarlas a demanda. Yo sólo sabía que, se llamaba María que, era tan atípica como yo y que, según mi primera impresión, era de lo más apasionada. Que íbamos a entendernos perfectamente, según el amigo que compartíamos y poco más. Cuando se desencajó de mí y pude tener la posibilidad de verla, se giró rápidamente dándome la espalda y dirigiéndose a lo que se suponía debía de ser la cocina, me ofreció un té - Es lo típico de aquí, añadió excusándose, pero si prefieres café te lo hago a nuestro más puro estilo latino: caliente, amargo, fuerte y escaso. Eso último fue lo único que me pareció real ese “escaso” como dejándolo caer, como poco tengo o poco me quiero gastar - Prefiero si no te importa una cerveza. Frenó en seco como si se hubiera quedado petrificada ante mi petición. - No tengo, tendré que bajar a por ella. Hizo un ademán exagerado para mirar el reloj y dijo en voz alta. - María a una after hours. - No salgas por mí, en serio, puedo tomar una taza de café. Girando bruscamente la cabeza a una gran velocidad de un lado al otro. - No, cerveza. Si te apetece una cerveza o dos, es una gilipollez que te tomes un café. - Pero insisto que si tomo un café tampoco pasa nada. - Y si hago la gracia de bajar en cinco minutos a comprar las cervezas tampoco pasa nada OK? Tu contento por tomar lo que has pedido y yo encantada de que tú estés contento. Además, a ver cómo superas este derroche de generosidad por mi parte. Cenita chic, comidita jet, copita guay. Eso espero de ti…Todo acompañado con grandes gestos y la chaqueta en la mano dispuesta a ponérsela para salir. Todo era demasiado rápido. Todo transcurría demasiado deprisa. Parecía a su lado que el tiempo se iba a acabar y que todo estaba por hacer. Su capacidad de seducción o su incontinencia verbal te atrapaba desde el primer momento. Pero a la vez creaba cierto desasosiego. Reconozco que yo necesito pensar. Que no me dejo seducir por lo primero que se me presenta. A veces mis decisiones son tan tardías que el momento se pasa. Ella, se equivocara o no, lo deseara o no, lo que consideraba bueno en ese momento, lo cogía. Su riesgo era mayor pero curiosamente el número de equivocaciones comparado con Don Sesuto, era menor. Así era como acabó llamándome. En realidad me llamaba Sesuto a secas el Don lo ponía cuando quería exagerar. Le explicaba, a la gente que preguntaba de dónde venía ese nombre tan raro o tan extraño, que era el nombre del jefe de una tribu en la isla de los delfines en Oceanía y que mi padre, siempre según ella, gran viajero me lo puso en honor de aquél jefe. La gente agrandaba los ojos incrédula de lo que oía y se quedaba en suspenso y cuando a renglón seguido decía que en realidad era un apodo puesto por ella, lo celebraba con cierta algarabía y sorna y dependiendo del éxito que tuviera daba la explicación con el beneplácito de la gran audiencia siempre deseosa del escarnio ajeno. No creáis que es cualquier nombre puesto al azar, sino la combinación de dos palabras que definen a mi amigo a la perfección: sensato y sesudo. Dependiendo del auditorio me podía molestar más o menos pero nunca realmente llegó a importarme. Incluso en algún momento me divirtió a mi también tanto como a ella y al resto. Pero insisto que el número de equivocaciones que ella cometía con respecto a las mías eran más o menos las mismas en número. Decía que era demasiado lento y que viviría menos que ella, si no en tiempo si en experiencias. Sin duda el bagaje de su vida podría ser de cinco a uno si muriéramos en el mismo momento.
Cuando me quedé solo medio aturdido, por la vivacidad de María y sus enormes ganas de agradarme, en el centro de la habitación que hacía de salón y supongo que, a unas malas, de segundo dormitorio, me di cuenta de que no le había visto bien que no me había dado tiempo a verla y a saber cómo era físicamente a fijarme mejor en ella. No sabría definir su cara. Me alarmó la posibilidad de que no volviera, de que la pasara algo y yo no fuera capaz de identificarla porque no la había visto. Estoy en su casa, se supone que soy un amigo de ella, y ¿no la he visto nunca? Es muy poco creíble y por menos a algunos les han enchironado... Señor inspector es Morena de cara ancha y ojos negros un poco más baja que yo y lleva unos vaqueros ajustados de un color azulado pero tirando a claros una chaquetilla corta por la cintura y poco más...y todo esto sin ninguna seguridad de que ahora entrara me despertara del delirio y apareciera otra persona y me dijera que era la misma María que hacía un momento  acababa de bajar a por mis horribles cervezas, con el pelo mechado con los ojos claros y con mucha nariz por ejemplo, la falta de luz, debía de haber hecho el resto. Una bola de plástico pegada a un vástago negro y este a una chapa también negra pegada al techo con unos tornillos y una bombilla que se intuía de baja potencia, sumado a las dos paredes empapeladas como los papeles de los años setenta y las otras dos con el alivio de una puerta y una ventana el resto de la pared con un tapizado de un color sucio y que olía a algo especial pero que no lograba identificar, daba un ambiente de lo más triste, por no decir cutre.
Si supiera la verdad, que lo mismo me hubiera dado tomarme un café y que lo de la cerveza era por pedirla por última vez en mi idioma y no en el que iba a tener que hacerlo a partir de ahora. O que la cerveza era la excusa para eludir el café o el té que lo odiaba desde pequeño. El olor me parecía desagradable y el té me lo daban cuando estaba enfermo. Si me dolía la barriga, me daban una taza de manzanilla y lo vomitaba todo y más. Lo que me había sentado mal y lo que no y entonces me arreaban una taza de té para que me aliviara y me asentara el estómago y además para que me cortara la diarrea si es que aparecía. Para mí siempre será una medicina y nunca entenderé cómo se puede tomar una medicina por placer en un bar o en el desayuno o como aquí es tradicional a las cinco de la tarde que, por otra parte, comprobaré si eso es verdad o es uno de los innumerables bulos que corren por la mitad de los lugares del mundo solo para que la otra mitad se lo crea. En fin, que prefería la cerveza, que era mi bebida habitual. Pero, que el hecho de haberla hecho bajar a por ellas, me parecía poco cortés por mi parte y no reaccioné hasta que se puso algo por encima y salió como una exhalación y con un grito de ahora vuelvo. Aproveché, para controlar, para cotillear, un poco aquella casa en la que vivía María y que parecía cuanto menos destartalada…El tiempo dio para mucho, para estar con ella, para dejar de estarlo, para vivir en su casa, para vivir en mi propio apartamento, para volverme a casa, para saberlo todo sobre ella y dejar de saber durante mucho tiempo. Creamos un vínculo de todo, porque todo lo que quisimos, lo tuvimos. Supimos disfrutar de lo poco que nos permitía la vida por aquél entonces, tan jóvenes e inexpertos, tan incautos, tan pobres, tan atrevidos, tan plenos. Estábamos hambrientos de todo, avaros de experiencias, de vida. No sé dónde está desde hace mucho tiempo, pero sé que nunca se me olvidará María…

domingo, 31 de enero de 2016

SOBRE LA MARCHA: ( Otra musica II ) Serie metro


Mi padre era otra cosa. Decía que la música era ruido. Que no era capaz de concentrarse en ella; que ni la entendía ni tenía intención de hacer ningún esfuerzo para entenderla. Que los únicos ruidos que  soportaba y que le encantaban eran los del taller, cuando se ponían los mecánicos a trabajar. Y eso era como música celestial decía. Que cuando escuchaba el sonido de un motor, del correr del aceite a la lata, de los elevadores, hasta de los gritos de los trabajadores llamando a un compañero para una ayuda, que se elevaba: justo lo que yo le decía que me pasaba cuando escuchaba a mis músicos favoritos. No entendía que mi padre se estuviera burlando de mí. Es verdad que tenía buen oído porque sabía exactamente lo que le podía pasar al coche que entraba en el taller. Para los motores era tremendo. Con su oído no hubiera tenido competencia en la música y habría triunfado, o se hubiera hecho un experto. Sin ninguna duda tenía un oído de los que llaman absoluto. Lo malo era que no se conformaba con no entender si no que lo llevaba al extremo de querer hacernos ver que lo nuestro, lo de mi madre y lo mío era el error. Y con vehemencia gritaba que era muy bonito pero poco práctico eso de dedicarme a aporrear el piano por un antojo de la caprichosa de su mujer hacia su hijo; que lo iba a hacer afeminado con tanta tontería y cuando estaba de buen humor decía que me apuntara a ballet  y afianzaba su argumento preguntando que cuántos pianistas había que estuvieran forrados o fueran conocidos o reconocidos o sencillamente nombrados. Y hacía una pausa porque no se trataba de una pregunta que exigiera respuesta si no que era una continuación de su argumento para terminar diciendo y futbolistas cuántos se conocen en el mundo y cuántos ganan una pasta. Pues eso que tu sigas dando a tu hijo los posibles para que no se pueda ganar la vida nunca y solo tenga dificultades que la gente es muy mala y solo piensa mal de esas cosas. Y mi madre le respondía que como tú que no paras de meterte conmigo por algo que no entiende ni entenderá. Que también hay futbolistas que se mueren de hambre. Que no todos llegan como él dice. Y él despectivo. ¿Músico dices? pero si la mayoría son unos muertos de hambre, si se les ve tocando en el metro o en las calles pasando más frio que un perro chico y de comer no quiero ni saber lo que comen y si pueden llevar algo a su casa. O sea nada…Ni que decir cuando le llegaba el momento de tener que pagar a la profesora. Que como capricho era demasiado caro para el niño. Que con dos veces que fuera al mes era más que suficiente. Que cuatro clases eran demasiado. Que dinero dividido entre rendimiento daba negativo. A lo que la madre con una paciencia infinita le trataba de decir que no todo se podía medir de esa manera y que no todo tenía que ser inmediato. Que había que valorar otras cosas tan importantes o más que el dinero o los inminentes dividendos. Que esto era algo a largo plazo como si compráramos bonos del estado a treinta años. Y se empezaba a reír yo diría que a descojonarse de la risa pero tú te estás oyendo a treinta años pero si no vamos a llegar vivos para disfrutarlo. Es como comprarte un piso hoy y esperar a que te lo den dentro de esos treinta años que tú dices. Qué barbaridad. Pero bueno tú sabrás qué es lo que haces con tu hijo o qué es lo que quieres hacer y que sea en la vida.
 
Pero solo era eso no ponía ningún impedimento. Sencillamente le gustaba dar su opinión y exponer todo lo que la música le provocaba y hasta se le preguntaba que si de joven no había sido seguidor de Antonio Molina o de Juanito Valderrama o de estrellita Castro o de la Piquer. O de los Beatles o de alguien. Y sí decía que lo oía en el transistor de su madre pero poco más: no le entraba ni frío ni calor. Sí era capaz de escuchar las letras de alguna de las canciones cuando quería ligarse a la madre y prestaba atención a eso y le gustaba, pero que la música le parecía toda igual.
 
A mi madre, por el contrario, le encantaba tal vez porque lo había mamado de su padre que era una enamorado de la música y sin ser profesional, tocaba el acordeón tan aceptable que de joven había dado conciertos en las fiestas de algún pueblo de alrededor del suyo en el sur del país. Y aunque les pagaban nada y menos era lo que necesitaban para sus gastos.
 
Estamos llegando a mi estación, en dos estamos, y no me quiero bajar. Quiero saber dónde se apea la guapaza que no ha parado de moverse cuando se ha puesto los cascos. Me pregunto qué clase de música estará escuchando y yo que se supone que soy un profesional debería de averiguarlo solo por cómo mueve sus pies marcando el compás. Como se me vaya la voy a seguir. No sé pero me llama tanto la atención. No voy a presentarme de golpe y porrazo porque la podría espantar pero tengo tanta curiosidad por saber algo más de ella. Paró en Plaza de España y un montón de niños ruidosos entraron en tromba al vagón. Unos peleando, empujándose y todos ellos gritando como desesperados. No habían dejado que ningún pasajero saliera cuando los chicazos entraron empujándose y en el momento que se iban a cerrar las puertas la morena desapareció de mi vista. Empecé a sudar. Es como si el segundo que dejé de mirarla se hubiera disipado, esfumado. A través de las ventanas del vagón no la vi marchar. Sencillamente desapareció, ya no estaba.

domingo, 24 de enero de 2016

SOBRE LA MARCHA: ( Otra música I ) Serie metro

I
Entró en el vagón como una exhalación con las puertas entrecerrándose. Era una joven latina en pantalón azul vaquero corto, muy corto, escueto, bien ceñido, casi piel pintada de azul oscuro y una blusa blanca anudada más arriba del ombligo dejando asomar un brillante piercing redondo, grande, de un color dorado, que se lo tabapa casi en su totalidad. Él, latino también, pero del foro, moreno, barbado, de pelo oscuro, estaba ahí sentado como escurrido en el asiento y con cara de cansado. Con traje negro camisa blanca y corbata medio desanudada, por la hora no podía salir más que de su trabajo. Con la cartera del portátil en el suelo agarrando la correa con una mano y encima de ella el móvil y unos cascos grises colgando en sus orejas, como queriendo escuchar pero no escuchando o como no queriendo escuchar pero escuchando. Cascos como pendientes. Sus ojos se quedaron pegados en el cuerpo menudo de la latina, nada más entrar. Otros viajeros miraron la irrupción de la chica y alguno hasta cerró los ojos viendo el riesgo que había corrido por cogerlo. Pero el latino del foro sin guardar formas, perplejo, tan fijos sus ojos como los ojos de un ciego que parece que miran sin ver. Son muy jóvenes y parece que se gustan así a primera vista, porque ella se ha percatado de su admirador y se ha sonreído. Él parece muy cansado y ella está muy activa no para de moverse. Acompaña con las piernas para no caerse, los traqueteos del vagón que ya ha enfilado los raíles a una buena velocidad hacia la próxima estación que ya andan anunciando por la átona megafonía. Pero ella se mueve a mayor ritmo sin escuchar música alguna. Seguro que anda en su cabeza el recuerdo de la salsa que acaba de escuchar en su casa mientras se duchaba y vestía. Y esas notas en sus oídos grabadas le daban sin duda el movimiento a su cuerpo menudo: a su menudo cuerpo. El sonido de las ruedas metálicas rodando con un ruido ensordecedor. Él preguntándose si será tan ardiente como dicen que son cualquiera de ellas o si será solo un topicazo eso de las latinas. Todo el mundo lo dice. Si realmente tienen la sangre más caliente que él o que cualquiera de los de aquí. Y se pregunta si irá cada fin de semana a bailar salsa con ese cuerpo contoneándose a ritmo exagerado e insultante. Y se sonrío. Él, que solo sabe llevar el ritmo con el pie, eso sí de puta madre como él dice porque sentido del ritmo tiene pero en cuanto a música es de escuela clásica desde siempre que recuerde, tocador de piano el gusta a él decirse y el pie lo maneja bien dándole a los pedales de cualquier de ellos. A eso le condenaron, a estar agarrado a él cuando de pequeño consideró su madre que era de una gran utilidad estudiar música para un futuro pero sobre todo para que su educación fuera completa. Y que a él le espantaba cuando ese tiempo dedicado a diario a esas escrituras negras alargadas como borrones de niño pequeño, le exigían atención extrema y le condenaban a no poder jugar en el patio de su casa con sus amigos. Se le hicieron cada vez más comprensibles a base de verlas y de estudiarlas. Y mucho más adelante le fascinaron por su tremenda complejidad y por la fantasía de ir descubriendo sus significados con melodías maravillosas, músicos maravillosos, sus historias y sorprendentemente muchas muy parecidas a la suya en cuanto a su desagrado primario y transformado con el tiempo en un refugio para sus tristezas amorosas en las tardes frías de domingo. O en el centro de atención de cualquier reunión familiar que siempre se terminaba o se empezaba en torno a alguna canción tocada por él y cantada por todos los reunidos. Mucho tenía que agradecer, en verdad, pero no estuvo exento de sacrificios. La niñez pasa rápido y la etapa más larga es la edad adulta, le oía decir a su madre cuando le montaba en el coche para llevarle a la escuela de música. La mejor con la mejor profesora posible dentro de lo que se podía pagar y ya te acordarás de estas palabras de tu madre cuando te hagas mayor y puedas hacer hablar, otras veces decía sonar, otras cantar, cualquier piano que te pongan delante. Entonces te acordarás de las palabras de tu madre y me lo agradecerás. Ella se ponía muy solemne cuando iba a decir una cosa importante e incluso tornaba un poco la voz a más grave. También un poco pesada. Bien pues claro que se lo agradezco. Pero porqué me acuerdo de esto cuando estoy mirando, porque no puedo desviar la mirada, de la chica que ha entrado en el vagón y que se ha quedado de pie a pesar de haber asientos vacíos. Y a mí me encanta ver como en cada movimiento, en cada vaivén, ella se mueve como si estuviera bailando para mí. Me la imagino vestida de fiesta para salir con su pandilla y bailando libre en la discoteca al son de su sangre…voy a pensar otra vez en mi madre y a retirar la mirada porque me estoy desbocando. Es bonita y tiene la cara simpática. Los labios de un color rojo intenso que destaca mucho sobre su piel morena. Parece que lo tiene todo. La música me ha llevado a lugares insospechados, a caminos donde la imaginación volaba. Donde el silencio no existía y el tiempo tampoco. Y el sonido de las hojas de los árboles los oía en tonos delicados y el sonido de un rio estrellándose contra las rocas me evocaba mundos nuevos por descubrir. Sonidos todos diferentes, todos los escuchaba, los martillazos de un herrero, el trazo de la punta de los lapiceros de los niños dibujando sobre un papel. Y todo era distinto músicas distintas en distintos tonos y distintas melodías…