jueves, 11 de diciembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: A lo mejor, la secretaria (Serie Metro)


Coleta arriba: Están de moda. Gafas de ver, grandes, de pasta negra. Falda negra extrema. Piernas cruzadas, sentada recta muy recta bordeando el precipicio hacia el suelo sucio de tanto zapato viajero. Pies embutidos en botas de invierno claras, apoyándose con los dedos y dejando los talones enfundados al aire. Ella seria muy seria. Con los auriculares puestos y de vez en cuando acompañando el ritmo, golpeando el suelo con la bota que le queda. Ahora la alterna con la otra bota golpeando el aire. Muy rítmica: salsa, rock. Parece más bien una chica de bacalao en tiempo de ocio y de boleros en su franja laboral. Se asusta y da un respingo casi imperceptible para cualquiera pero no para mí que la observo desde que entró en el vagón. Eso sí muy discreto y muy correcto. Nada que pudiera alterar en lo más mínimo su intimidad. Se asusta y da un respingo como si en ese momento se diera cuenta de que los melódicos ruidos provienen de sus auriculares pinchados en su móvil. Despreocupada de lo ajeno, de miradas más o menos indiscretas. De la mía por su puesto, otras son las que la taladran. Muy segura  se la ve de lo suyo; de sí misma. En un gesto inesperado se zafa de su abrigo echando el pecho hacia adelante que parece hincharse. Se saca con parsimonia una manga, no con descuido sino consciente de cada movimiento, de cada músculo, de cada pequeño acto. Muy pendiente de sí misma, lo controla bien, como si se tratara de su habitación o de cualquiera otra que tuviera en su casa. Nada que ver con la discreción, nada que ver con la prudencia, nada que ver con el cuidado, con la exquisitez. Pero no resulta zafia. Está tranquila, certera, parece fría y calculadora. Cara seria, labios acarminados, uñas lacadas en el mismo color. Tonos fuertes y brillantes. Tonos duros. El tren se acerca a una estación y ella se levanta como presurosa, recogiendo todas las cosas que ha dejado amontonadas en el asiento vacío en su lado izquierdo. Asegura sus pies y levanta su cuerpo rectilíneo. Baja su falda elástica con las manos hasta donde puede, que no es mucho, cogiéndolo desde su vuelo y desaparece en la estación de los Nuevos Ministerios a pasos contundentes. Toda una lección de comportamiento. Ella digna, sabiéndose observada, la colecta moviéndose de un lado a otro acompasando los pies y a ritmo que marcan sus piernas, o la música que sigue escuchando...insultantemente ágil, insultantemente joven. El metro parece haberse vaciado. El muchacho no le ha quitado ojo, con la gorra bien calada, la visera cerca de las cejas y esos negros ojos que para poder mirar tienen que esperar a que el cuello gire o se eche todo lo posible hacia atrás forzando inevitablemente a bajar esos ojos que solo quieren mirar por mirar. Vaqueros anchos y culibajos, jersey beige con capucha y zapatillas deportivas marrones. Imberbe, ojos muy negros y brillantes, piel aceitunada. Modales de adolescente desubicado. Todo un ejercicio cultural para mí....todo un estallido de color para mis sentidos. Y me pregunto, qué pensarán...

lunes, 1 de diciembre de 2014

SOBRE LA MARCHA: El fúlbol

Éramos cuatro en la clase. Diego, Arturo, Sebastián y yo. Éramos cuatro en la clase en ese momento porque casi llegábamos a la cuarentena cuando estábamos todos los alumnos. Pero en esa tarde de jueves estábamos los cuatro compañeros de, castigos permanentes y amigos de trastadas perpetuas. Como es de suponer ninguno tenía muchas ganas de estudiar. Aprendíamos lo justo como para mantenernos, que era poco más o menos la misma situación que le había oído yo a mi madre decir mil veces cuando hablaba de la comida que necesitaba ella para vivir. Aunque, cómo no, era una exagerada para los demás. para ella todos estábamos en el momento de pegar el estirón. Hasta mi padre. Pero él decía riéndose y si se le ponía a tiro con un pellizco en el culo de mi madre, que a su vez le ponía una cara y le daba un manotazo de pocos amigos, que el estirón se lo iba a dar él en la cama. Hacía una pausa, le guiñaba un ojo y terminaba, con una buena siesta. Mi madre le fulminaba con la mirada y nosotros no entendíamos que había de malo en lo que decía mi padre con lo de ir a echarse la siesta. Éramos los cuatro de siempre. "No los separaron de pequeños cuando se podía, y ahora claro es lo que pasa", decía la boca más atrevida del vecindario y aseveraban otras tantas bocas de vecinos metomentodos. Y lo mismo también lo habían insinuado algunos padres en el cole, ya cuando no levantábamos unos palmos del suelo. Y ahora ya era difícil por no decir imposible porque amenazábamos con hacer pellas y no pisar el centro nunca. "No deja de ser fanfarronadas de adolescentes" decían algunos otros padres y algún que otro profesor jovencito que traía ideas renovadas o revolucionarias como decían los más mayores.
En la televisión echaban un partido de fútbol de esos importantes. De los que son capaces de parar un país como decían los que no les gustaba el futbol, que los había. Y eran esos pedazo de profesores sin corazón y sin sentimientos, los que utilizaban esas horas para castigar a los que perdíamos el culo por jugar a futbol en cuanto nos daban un minuto libre. Pero ellos para hacer daño, porque lo sabían, nos castigaban a la mínima, con la asistencia obligatoria a la clase de estudio, perdonándoles esas dos horas de gozo, a los pelotas y listillos que todo lo sabían y que les importaba una mierda el futbol.
¿Y los padres?, aquellos que cuando eran ellos bien pequeños se reunían en el parque al lado del cole, para dar patadas a todo lo que pudiera darse, parecían seguir reuniéndose en el mismo sitio ya con sus hijos para elaborar una estrategia contra nosotros, porque todos decían lo mismo y todos a favor de los profesores, o eso nos parecía en aquel momento en que esos castigos tan duros nos hacían retorcernos de mucha rabia y mucha ira y que por esa razón, nuestra imaginación volara mucho más allá de una pantalla de televisión. con los ojos fijos en el libro pero pendientes del grito eufórico de gol que se oiría sin duda en el cole. El aula estaba vacía tan solo éramos cuatro, los mismos de siempre y teníamos cara de idiotas que dicho con la lengua fuera sonaba a idiotas perdidos..