domingo, 11 de mayo de 2014

SOBRE LA MARCHA: El Parque del Retiro

          Las nubes se dejaban ver entre los frondosos árboles del Parque del Retiro. Era muy niño y recuerdo que me dio durante un tiempo, por  caminar pisando con uno de los pies, uno de los bordillos del camino del paseo. Esta manera de caminar me producía una cojera que me recordaba y me transportaba al colegio. Me gustaba hacerme el cojo desde que vi a uno de mis nuevos compañeros que había ingresado a mitad de curso, cojo de polio y como novedad era una atracción de todos nosotros por su manera de andar, de moverse para caminar, para  correr. Le recuerdo muy activo; no se quedaba sentado en los recreos si no que era el primero en perseguir como un poseso la pelota, aunque nunca llegara a tiempo. El primero que levantaba la mano para que le pidieran para un equipo y siempre se quedaba el último estaba claro. Pero no perdía el humor ni las ganas de seguir hasta que en algún momento le eligieran a él y no como el último y por consiguiente como una carga pesada. Nunca consiguió llegar a tiempo a la pelota si no fuera porque alguno de nosotros se lo pasaba por verse encerrado o como último recurso o por pura equivocación y la perdía en el momento. Pero él seguía disfrutando del juego con sus compañeros. El que más gritaba, el que más protestaba, el que más la pedía. Esta manera de ser y su deje andaluz, le hizo cada día más cercano a todos.
          La polio, enfermedad desconocida por todos y que ningún profesor se atrevió a atacar aprovechando la presencia de Álvaro, el hojalata, para dar una clase maestra que, educativamente hablando, hubiera sido de gran valor para todos nosotros, en todos los sentidos y que mucho más mayor supe lo que era y la que había organizado entre la población infantil durante unos largos años de la postguerra.
          Álvaro Hojalata murió en ese curso. Después de las vacaciones de semana santa no volvió a aparecer por el colegio y esas maneras que tenían los adultos de ocultismo, de proteger en exceso, de contestar con evasivas cualquier pregunta incómoda, esa estupidez de para que nadie me vea me tapo la cara, era la tónica general de aquellos años de la infancia de toda una generación marcada por el color gris, el olor rancio en la boca de los curas amenazantes con las llamas del infierno, la señorita Francis a todo meter en la radio y las eternas cartas de ajuste esperando la programación infantil…
          Menos mal que el Parque del Retiro siempre me recordará a aquel compañero arrastrando digno sus hierros o sus hojalatas. Confieso que todavía, cuando vamos a pasear por allí y agarrado de la mano de mi mujer, me pongo a caminar con un pie puesto en el bordillo mirando las nubes que aún se dejan ver entre los frondosos árboles del Parque del Retiro.