lunes, 17 de abril de 2017

SOBRE LA MARCHA: La terraza

Llevo viendo unos días la persiana de la terraza de la vivienda del quinto del edificio de enfrente, a medio bajar o a medio subir según se mire. Y francamente no me da buena espina. Y no es que conozca de nada a la anciana que vive allí, tan solo con el buen tiempo sale a dar una vuelta por la terraza de dos por tres, pero cada año de los que llevo, ha hecho la misma operación. A golpe de vista está tan vacía de plantas y flores como la mía: Imagino que pensará como yo: menos que cuidar y menos de qué ocuparse. Me lo recriminan por la sensación de aridez, de abandono que parece que da su falta y no lo discuto, pero sé que no me voy a ocupar de su cuidado y desafortunadamente no me ha dado por hablar con ellas, que siempre sería un consuelo, tanto como los que hablan con sus mascotas y dicen que parece que les entienden y que no les sorprendería si se echaran a hablar, cosa que podrían hacer en cualquier momento…

Con el buen tiempo, veía salir a la anciana. Abría la puerta de su terraza y se asomaba a ver la calle no mucho rato, después miraba un poco en derredor y hacía como que apañaba algo que no podía ver y se metía a su casa sin más. Desaparecía hasta el día siguiente que volvía a hacer la misma operación. No salía el resto del día o no se la veía. Y yo que estaba deseando que aparecieran los primeros rayos del sol para salir a la terraza y quedarme casi eternamente a disposición de la vida, a que me atravesara uno de esos rayos tan mortíferos dicen. Incluso, no me importaba que el día amaneciera, abrasador o fresco, soleado o nuboso, ventoso o como fuera, cualquier estado me venía bien, eso sí, siempre y cuando no hiciera frío. Por eso no podía entender que una mujer tan mayor no quisiera disfrutar de ese pequeño oasis llamado terraza de casa o privada o particular vamos, que no perteneciera a ningún bar o restaurante tan de moda. Estaba deseando salir o mirar la calle y ver pasar a la gente que me parecía contenta, aunque un poco torpe todavía como el despertar de cualquier animal después de una larga hibernación. Sedientos de terrazas al aire libre con las cervezas bien frías y las patatas. Con las ropas ligeras, felices de la nueva luz que renuevan cuerpo y alma...


Llevo unos días que no veo movimiento en su terraza y me preocupa. Veo las persianas y tengo la sensación de que siguen igual, en la misma posición que hace ya unos cuantos días. Pero me digo que tiene vecinos de piso y supongo que vecinos que le echarán en falta si es que ha pasado algo. O a lo mejor es una de esas personas que no se habla con nadie que lleva años sin hablarse con nadie por algún rifirrafe. De esas cosas que pasan con frecuencia en las comunidades de vecinos o sencillamente que hace mucho que no sale, porque no puede o porque no le apetece. Reconozco que pensar en estas cosas me distrae y me olvido de esta puñetera silla a la que me veo forzada cada día para los restos como un tributo a la vida después de haberla tenido rica y entretenida. Parece un justo pago al que no tengo más remedio que someterme...

martes, 11 de abril de 2017

SOBRE LA MARCHA: Cabrón

No sé qué me pasa, pero no me encuentro nada bien. Llevo unos días que no levanto cabeza y las ojeras están empezando a aparecer y se me marcan demasiado en la cara y se me oscurece el rostro de tal manera que cualquier persona me lo nota y mucho más los allegados. Claro síntoma de que algo no funciona bien dentro de mí. Me asusta porque son los mismos síntomas que cuando estaba en el momento más álgido del sufrimiento y tenía en contra a mi gente. Trataba desesperadamente de convencerlos de que la persona que había elegido para mí no era tan mala, que yo le ponía en un estado casi desesperado sacando lo peor que él tenía escondido y le hacía perder el control de tal manera que ya no era muy dueño de sus reacciones. Yo, sin embargo, no tengo nada escondido, porque todo lo saco a la luz. Creo que no podría vivir ni un segundo con tanta mierda dentro de mí, aunque esa mierda se la diera a los demás: como dice un amigo: La mierda no se la niego a nadie. Pero ahora me doy cuenta de que sí puedo vivir con mierda a mi alrededor impregnándome de ella y sin ser consciente. Mierda que se te adhiere a la piel y te penetra en los poros y lo interiorizas como algo tuyo, como algo que tú has creado y que, por esa razón, trae las consecuencias que trae. Como en algunos tratados que he leído contra una acción, una reacción. Pero por fortuna, ya me siento limpia, estoy salvada, estoy con ganas de tirar para adelante, tengo muchos motivos para vivir mi vida con la máxima de las fuerzas, pero es costoso y tengo que pagar mi peaje que se me hace duro `porque no se fían de mi porque ya he caído varias veces como una insensata en lo mismo y con distintas justificaciones. Y de nada han servido las advertencias. Pero me tenía eclipsada, me tenía subyugada, había perdido como color, el color de la vida, de la alegría de vivir. Estaba muda, ciega, sorda y sobre todo tonta. Ha sido mucho tiempo de humillación. considerándome la mujer más inepta y pusilánime de todo el sistema solar. Hizo una labor lenta pero efectiva conmigo y no me di ni cuenta hasta casi el final, hasta casi mi final. Ese adverbio de cantidad ese "casi" es el que me salvó el que me mantuvo con vida y con el juicio no perdido del todo. Y mira que por mucho que me lo decían no era capaz de sacar mi cara y sacaba la de él. Y desesperaba a todos, a propios y a extraños, porque lo veían tan claro y yo tan fuera de mí. Tan dentro de mi realidad. Y entendí que mi debilidad era su fuerza que no tenía nunca que hacer un gran esfuerzo para conseguir todo lo que quería, desde lo más nimio hasta el sacrificio más delirante que se le podía pasar por su trastornada cabeza y cada vez pedía cosas más imposibles…Ya pasó, porque ni lo bueno ni lo malo dura eternamente. O eso espero…

jueves, 19 de enero de 2017

SOBRE LA MARCHA: AGUS

Empezaba a oscurecer. Había estado esperando este momento con absoluta inquietud desde que el pasado mes alguien indeterminado, me abordara a voz en grito y con un dedo acusador me amenazara o me advirtiera, que en un mes contando desde ese mismo instante, mi vida iba a dar un giro completo y que hasta que llegara iba a pasar momentos muy amargos. Era un día en que a pesar de ser invierno hacía sol y calentaba lo suficiente como para que el paseo fuera uno de los momentos gratificantes. Iba agarrado de la mano de Miriam, mi mujer y por el otro extremo de mi hijo Carlos el mayor de los tres que teníamos. Se puso de frente, me miró con los ojos muy abiertos. Traté de escaparme de ellos porque hacían daño. Tenía una mirada como de espanto, como si realmente me hubiese visto en ellos algo más que un iris de color negro y una pupila mucho más negra todavía. Es decir pura y llanamente mis ojos. Conseguí zafarme de él sin darle más importancia, a la vista de mi hijo: una ligera alusión a la pobre gente que había perdido la cabeza. Y como para seguir justificando delante de Carlos mi actuación le dije que si nos hubiéramos entretenido seguro que nos habría pedido dinero. Lo cierto es que ese hombre siguió detrás de nosotros apuntándonos con su dedo acusador y amenazante durante un tiempo que a mí me pareció un tiempo eterno, hasta que por fin y sin ningún motivo aparente se paró. Siguió su mirada espantada hasta que nos perdió de vista cuando pudimos doblar la calle. Fue en ese preciso momento cuando giré mi cabeza para comprobar si estaba y efectivamente seguía tan delirante con una cara de justiciero. Ninguno de los dos ni mi mujer ni tan siquiera Carlos, que era muy dado a preguntarlo todo, le dieron más importancia tan sólo en esos mismos momentos y como para tranquilizarnos hicimos un típico comentario y asunto zanjado.
No sé porqué extraña razón me empecé a poner nervioso días más tarde cuando me vino ese encuentro a la cabeza y lo comenté en el grupo de colegas. Aunque todos coincidieron en la locura del personaje, que iría muy borracho o colocado, Pedro, no inmediatamente, no en ese momento, sino una semana después me llamó para decirme que tenía algo importante que decirme. Insistió mucho en que teníamos que estar los dos solos. Lo repitió casi como una súplica: no lo olvides es importante que nos veamos los dos a solas Y en algún lugar tranquilo, pero con gente llámese bar o cafetería alejado de nuestras zonas tanto del trabajo como de nuestras casas. Acepté al principio, un tanto asombrado, diría que casi divertido, por ver por primera vez a Pedro un poco preocupado por algo en su vida. Siempre había sido para mí una persona envidiable, era un tipo feliz, un ser libre de preocupaciones. Abrazador sin par, golpeador de espaldas, machacón de manos, encantando de haberse conocido. Lo que se dice vulgarmente un ser repugnante en ese sentido. Parecía que la palabra problema, no existía para él. Pero en el caso de que los tuviera y que nadie lo supiera entonces es que era el actor más bueno que la industria del cine había perdido. El más grande…
Tengo que confesar que mi primera reacción a la llamada de Pedro como ya he dicho, me pareció hasta divertida, pero conforme se iba acercando el momento me fui poniendo algo nervioso y no sabría decir el porqué. La verdad es que es muy raro en mí el nerviosismo porque no va con mi carácter. Esa flojera en las piernas, ese malestar en el estómago, que sentía, me empezó a inquietar sobre manera, porque nunca me había pasado eso. Y es que esa llamada tan extraña de Pedro, me produjo cierta inquietud, por no saber si iba a ser una petición, una consulta, una confidencia o qué demonios y quería poder estar a la altura de lo que pudiera demandarme. Reconozco que le llamé unas cuantas veces, por motivos dispares y de paso le recordaba que el viernes habíamos quedado y le pedía un pequeño adelanto, por si se me ocurría alguna solución a lo que me tuviera que contar. Pero me suplicaba que aguantara hasta el viernes por la tarde momento y que me podría dar toda clase de explicaciones. Como es natural no solamente no me tranquilicé, sino que aceleró aún más mi ansiedad, algo realmente desconocido en mí. Viví aquellos días alterado y cualquier cosa por muy nimia que fuera me sobrepasaba. Cualquier pequeño contratiempo a la rutina me llevaba a un extremo de mi carácter. Mi estado en general había experimentado tal alteración, que seguro que mi organismo no iba a poder asimilarlo. Bueno, ni Miriam tampoco, si hubiera sido más largo el tiempo de espera.


El tan ansiado viernes llegó y como con más de media hora de adelanto sobre el horario previsto, llegué a la cafetería-bar. Pedro llegó veinte minutos tarde sobre la hora y que sumada a mi media hora de adelanto me tenía ya con los nervios a flor de piel: también por los tres cafés con un chorro de brandy que me había tomado en esos largos minutos que rozaron la hora. Aunque mi cara se lo dijo todo cuando apareció, ni le saludé, por si no le había quedado suficientemente clara mi protesta. Después de unas cuantas disculpas absurdas y sin dejarme decir nada me agarró fuertemente las dos manos. No es que me importara, pero a vista del resto de las personas que estaban a nuestro alrededor sentados cada cual en su mesa dábamos la sensación de amantes enfadados o de dos amantes que con la vista fija el uno sobre el otro se estaban declarando su amor. Pero realmente estaba lo suficientemente excitado y sobre todo concentrado en lo que Pedro me tenía que contar como para preocuparme de lo que pasaba en el exterior de aquella pequeña mesa del café. Mira Sebas, me vas a llamar paranoico o débil mental o lo que te salga de los cojones, pero tengo la sensación por el lugar donde tuviste el encuentro con ese hombre y lo que te dijo, que es la misma persona que me abordó a mi también y que me dijo palabra por palabra y gesto por gesto exactamente lo mismo. Le miré una y otra vez. Dejé pasar unos segundos, por si me decía alguna cosa más y al ver que no había nada más que eso, di un golpe encima de la mesa y le increpé muy cabreado que si para decirme esa mierda me dejaba casi sin dormir durante una semana. Me dieron ganas de machacarle la cabeza. Realmente no sé que esperaba que me anunciara, si la tercera guerra mundial, la llegada del fin del mundo o una nueva glaciación y zarandeando sus manos y golpeándolas sobre la mesa le dije. No me jodas Pedro, para que me digas esta mierda, para que me digas que a ti te pasó lo mismo y que seguramente le ha pasado lo mismo a cientos de personas que han paseado por el mismo sitio o por otros sitios y se han encontrado con el mismo chalado, me vienes descubriendo como un gran secreto lo que ya sé. ¿Que hay un chalado señalando a la gente y gritándola y persiguiéndola? Para esto tanto secretismo. Anda y vete a la mierda y no me jodas más. Pedro estás mal de la cabeza, se te ha ido la pinza... Vamos no me jodas...mi indignación le llegó a preocupar, por mi reacción tan violencia, tan desatada. Había sido una olla cocinándose, no sabía qué, durante días y días a fuego lento y había pasado una semana muy mala. Que me viniera con estas chorradas de patio de colegio era lo único que a mí no se me hubiera ocurrido pensar y mucho menos viniendo de él. Me volvió agarrar las manos ahora más fuerte todavía y me dijo creo que le conozco. Qué conoces a quien Pedro, me estás volviendo loco. Al fulano que nos abordó, al personaje que nos señaló con el dedo, al personaje que yo no quise ni oír lo que decía mientras me marchaba, te enteras de una vez. Mira Sebastián, siempre me llamaba por el nombre completo cuando me tenía que decir algo serio, el día que me ocurrió no le di ninguna importancia como me imagino que te pasó a ti. Pero cuando te oí contárselo a todos, empecé a darle vueltas a la cabeza y como si alguien me hubiese iluminado rememoré el hecho y no me digas tampoco porqué, se me apareció la cara del tipo. Y no sé tampoco el porqué me da la sensación que es, tragó saliva, Augusto Moreno…Pero que me estás contando. Pero qué coño me estás contando Pedro deja ya de decir tonterías que me estás poniendo muy nervioso y estoy al límite de mis fuerzas. Que sí Sebas que es él que ha vuelto para ajustarnos las cuentas, que tengo su memoria metida en mis recuerdos lo he ido madurando durante todos estos años. Es él Sebas, créeme, tienes que creerme. Pedro, pedro, le puse las manos en su cara porque estaba balbuceando. Éramos unos niños y Agus se ahogó y no tuvimos la culpa de nada de lo que pasó. Solo fue mala suerte Pedro. Se sonó fuerte con un pañuelo de papel que le proporcioné y cuando estuvo más relajado me aventuré a preguntarle por Luis, por si sabía algo de él, pero me contó que le había llamado al único lugar donde había vivido durante todos los años que le conocimos y que allí ya no había nadie. Me acerqué a su casa y estaba abandonada debía de hacer mucho tiempo, por el estado en que se encontraba. Éramos unos niños Pedro, tan inocentes que nosotros no nos dábamos cuenta realmente de lo que supuso ni tan siquiera en la ausencia de  nuestros juegos de "a cuatro para todo". Supongo que pensábamos que volvería de algún modo, pero no de la manera que tú dices Pedro y que todo habría sido un mal sueño . Que aquella tarde a cuatro niños con ganas de comerse el mundo, vino el mundo y nos comió a nosotros sin piedad. Se nos echó la muerte de Agus encima como es la muerte de inesperada e hija de puta. No pudimos ayudarle, no pudimos hacer nada por él y si lo hubiéramos podido hacer no lo hicimos tal vez por miedo a que la muerte también nos atrapara a nosotros, por un terror que nos paralizó a los tres al mismo tiempo. Notamos como la muerte se fue apoderando de él a pesar de su lucha por salir de sus garras como si la estuviéramos viendo en una película. Y nosotros petrificados para siempre. La vida a partir de ese momento dejó de existir de la manera que la conocíamos. Nos quedó latente la herida y a Pedro le brotó y me contagió...Nada volvió a ser lo mismo. Nada nos volvió a consolar. La nada se instaló en nuestras vidas…

viernes, 7 de octubre de 2016

SOBRE LA MARCHA: Me desorienté

 Se pone a ver la televisión nada más levantarse de la cama y una vez ingerido ávidamente el desayuno. Con gran precisión después de muchos ensayos diarios, deja su cuerpo caer en el sillón, estira las piernas y ahí se queda inmóvil, como aletargado, como tratando de hacer de esa pequeña estancia, de ese pequeño habitáculo, un lugar permanente, casi eterno. No le quedan fuerzas a pesar de haberse levantado descansado. No tiene ni ganas de alargar el brazo para coger el mando a distancia de la televisión. La noche la recuerda mal. Pesadilla tras pesadilla, sin tregua, sin descanso, como si todas las pesadillas del mundo durmiente se hubieran dedicado a aplastar su cerebro descolocando su cuerpo, descoyuntando todas sus ideas. A pesar de todo, se ha levantado descansado. Como si se hubieran puesto de acuerdo todas las pesadillas de todos los seres humanos que aquella misma noche y en ese mismo momento, dormían como él y le hubieran aplastado como si de una apisonadora se tratase. Y todo eso a pesar de haberse levantado descansado. No quería moverse, sólo quería que el tiempo pasara, no le importaba que lo hiciera despacio, pero que pasara sin sensaciones que le llegaran a desesperarse. Posiblemente a su mente solo le quedaba espacio para pensar en el futuro más próximo, no más allá de unas pocas horas, las suficientes como para poder reponerse y recomponerse. Nunca se había sentido tan descansado. Y sin embargo tampoco nunca se había sentido tan mal. Necesitaba centrarse en un único pensamiento, en un único momento y en un único espacio de tiempo. Quería trasladarse a la tarde noche que pasó con Adela, pero es como si su mente se negara a aceptarlo. Toda la conversación que mantuvo, todos los sentimientos que le brotaron, todo lo que tuvo que escuchar y no quería. Lo que debía de aceptar y no quería, porque ese verbo nunca había sido unos de sus preferidos. No era su forma, su método. El deber tenía que ir íntimamente ligado al querer casi como una obligatoriedad. Él tenía que razonar para entender y tenía que entender para aceptar. Pero en la tesitura de la tarde noche con Adela ni aceptó, porque no entendió, ni tan siquiera entendió el porqué de sus razones. Dudó si hubo razones suficientes como para que pudiera entenderlo. Tan sólo sucedió, sin más vueltas, sin más complicaciones, sin más dobleces y sólo había que aceptar eso. A veces sin razones las cosas suceden. En ocasiones es el azar el que te inmoviliza o el que te mueve, el que te lleva o te trae, el que te cambia. Tan sólo unas palabras pueden hacer cambiar un pensamiento, tan solo una actitud puede desencadenar una incomprensión, tan solo una incomprensión puede acabar en un cataclismo. Pero aquella tarde noche con Adela hubo más que unas pocas palabras hubo muchas palabras, tal vez demasiadas palabras sin razones suficientes, demasiadas palabras complicadas, pero vacías de contenido, sin fuerza, muy flojas. Adela guapa como ella era, entró en el café donde habíamos quedado para charlar de lo nuestro, de todo lo nuestro a una hora, a la hora que siempre llegaba yo a casa y ella me esperaba. A una hora que llamábamos la hora mágica, porque era nuestro momento después de un largo día. Era la hora que ella propuso para vernos como tratando de dar continuidad a un espacio que ya no existía. Y apareció tan guapa, tan bien vestida, tan sutilmente maquillada y perfumada. Y yo aparecí de oficina, como había salido de casa por la mañana, después de mi jornada laboral. Camisa blanca, corbata azul y el traje que tocaba esa semana: justo como a ella no le gustaba…Me desorienté.


domingo, 1 de mayo de 2016

SOBRE LA MARCHA: María

Estoy en su pequeño apartamento. Dice un amigo común que lo comparte con una italiana que ha venido, como ella, a ganarse la vida a Londres y a aprender el idioma oficial de este mundo. Pero yo creo que el apartamento no da para dos personas. Haciendo hueco donde no lo hay, o pasando estrecheces, a lo mejor. Nunca se ha visto a la italiana y es sospechoso, porque ni tan siquiera tiene nombre, o por lo menos nunca lo ha querido decir. Además, evita descaradamente hablar de ella, parece que tuvieran un pacto tácito entre María y mi amigo para ocultarla, porque nunca le ha preguntado el nombre ni, que recuerde, tampoco le había sugerido nunca que le hablara de ella. María es ante todo imaginativa y juguetona. Yo la definiría como alocada e infantil, llena de trampas mentirosas que le gusta creerse. Jugar con las mentiras que inventa, así como hacer partícipe a la gente que le rodea, es su diversión.  Es toda una profesional del engaño verbal. En definitiva, no supe si era verdad eso del apartamento compartido como ella decía, o era otro de sus trucos. Lo que sí es verdad es que siempre se asegura de dejar bien claro que no vive sola. Y cuando la gente le pregunta dónde y con quién vive, ella dice que con su amiga italiana. Pero es tan difícil creerla, como todo lo que cuenta cuando su lengua se suelta y deja fluir con una verborrea digna de cualquier charlatán ambulante. Cuando su lengua se desata puede llegar a un estado de excitación máxima y brillar con todo su esplendor. Es como un manantial que fluye y fluye hasta que se para por ella misma, como si se secara, como cualquier fuerza de la naturaleza. Cuando deja libre su imaginación es capaz de inventar las cosas más fantásticas, como si de una escritora fantástica se tratara en pleno delirio fantástico. Entonces con una transformación digna de cualquier mago, todo su poder de imaginación, todo su poder de seducción y todo su poder de atracción, se ponen a su servicio y la adoran y hace que parezca más perfecta de lo que sin duda es.
Hacía pocos días que conocía a María. Un amigo común en Madrid cuando supo de mi traslado al puerto de Londres, (por fin había conseguido el sueño de poder trabajar en cualquiera de los puertos europeos debido a un concierto entre los países de la unión), me habló de ella y de lo maravillosa que era. Que íbamos a encajar perfectamente porque nuestro carácter era, creo que me dijo, atípico y que cuando llegara a Londres y me estableciera, que la llamara. Que se lo iba a agradecer. No obstante, él hizo la labor de enlace y presentación preliminar ya que no tuve mucho que añadir cuando me presenté ante ella le dije quién era. Me echó los brazos por el cuello me dio un suave beso en los labios y me dijo que lo sabía todo sobre mí. Esbocé una sonrisa de incredulidad y de fastidio porque me pareció una manera de burlarse de mí. Que Fingiera estar esperándome con impaciencia y simulando conocerme de toda la vida, me pareció un disparate fruto a lo mejor de alguien que llevara algún tiempo allí y que hubiera acabado un poco tocada por eso del mal tiempo. El recibimiento fue espectacular. Bien es verdad que faltaron los besos cálidos de sus labios con sabor saladillo de alguna que otra lágrima suelta de felicidad, pero bastante fue con el beso que recibí. No me puedo quejar. Dónde tendría mi cabeza y mi sensibilidad en el momento del abrazo. Qué pena no poder fijar ciertas sensaciones para poder recuperarlas a demanda. Yo sólo sabía que, se llamaba María que, era tan atípica como yo y que, según mi primera impresión, era de lo más apasionada. Que íbamos a entendernos perfectamente, según el amigo que compartíamos y poco más. Cuando se desencajó de mí y pude tener la posibilidad de verla, se giró rápidamente dándome la espalda y dirigiéndose a lo que se suponía debía de ser la cocina, me ofreció un té - Es lo típico de aquí, añadió excusándose, pero si prefieres café te lo hago a nuestro más puro estilo latino: caliente, amargo, fuerte y escaso. Eso último fue lo único que me pareció real ese “escaso” como dejándolo caer, como poco tengo o poco me quiero gastar - Prefiero si no te importa una cerveza. Frenó en seco como si se hubiera quedado petrificada ante mi petición. - No tengo, tendré que bajar a por ella. Hizo un ademán exagerado para mirar el reloj y dijo en voz alta. - María a una after hours. - No salgas por mí, en serio, puedo tomar una taza de café. Girando bruscamente la cabeza a una gran velocidad de un lado al otro. - No, cerveza. Si te apetece una cerveza o dos, es una gilipollez que te tomes un café. - Pero insisto que si tomo un café tampoco pasa nada. - Y si hago la gracia de bajar en cinco minutos a comprar las cervezas tampoco pasa nada OK? Tu contento por tomar lo que has pedido y yo encantada de que tú estés contento. Además, a ver cómo superas este derroche de generosidad por mi parte. Cenita chic, comidita jet, copita guay. Eso espero de ti…Todo acompañado con grandes gestos y la chaqueta en la mano dispuesta a ponérsela para salir. Todo era demasiado rápido. Todo transcurría demasiado deprisa. Parecía a su lado que el tiempo se iba a acabar y que todo estaba por hacer. Su capacidad de seducción o su incontinencia verbal te atrapaba desde el primer momento. Pero a la vez creaba cierto desasosiego. Reconozco que yo necesito pensar. Que no me dejo seducir por lo primero que se me presenta. A veces mis decisiones son tan tardías que el momento se pasa. Ella, se equivocara o no, lo deseara o no, lo que consideraba bueno en ese momento, lo cogía. Su riesgo era mayor pero curiosamente el número de equivocaciones comparado con Don Sesuto, era menor. Así era como acabó llamándome. En realidad me llamaba Sesuto a secas el Don lo ponía cuando quería exagerar. Le explicaba, a la gente que preguntaba de dónde venía ese nombre tan raro o tan extraño, que era el nombre del jefe de una tribu en la isla de los delfines en Oceanía y que mi padre, siempre según ella, gran viajero me lo puso en honor de aquél jefe. La gente agrandaba los ojos incrédula de lo que oía y se quedaba en suspenso y cuando a renglón seguido decía que en realidad era un apodo puesto por ella, lo celebraba con cierta algarabía y sorna y dependiendo del éxito que tuviera daba la explicación con el beneplácito de la gran audiencia siempre deseosa del escarnio ajeno. No creáis que es cualquier nombre puesto al azar, sino la combinación de dos palabras que definen a mi amigo a la perfección: sensato y sesudo. Dependiendo del auditorio me podía molestar más o menos pero nunca realmente llegó a importarme. Incluso en algún momento me divirtió a mi también tanto como a ella y al resto. Pero insisto que el número de equivocaciones que ella cometía con respecto a las mías eran más o menos las mismas en número. Decía que era demasiado lento y que viviría menos que ella, si no en tiempo si en experiencias. Sin duda el bagaje de su vida podría ser de cinco a uno si muriéramos en el mismo momento.
Cuando me quedé solo medio aturdido, por la vivacidad de María y sus enormes ganas de agradarme, en el centro de la habitación que hacía de salón y supongo que, a unas malas, de segundo dormitorio, me di cuenta de que no le había visto bien que no me había dado tiempo a verla y a saber cómo era físicamente a fijarme mejor en ella. No sabría definir su cara. Me alarmó la posibilidad de que no volviera, de que la pasara algo y yo no fuera capaz de identificarla porque no la había visto. Estoy en su casa, se supone que soy un amigo de ella, y ¿no la he visto nunca? Es muy poco creíble y por menos a algunos les han enchironado... Señor inspector es Morena de cara ancha y ojos negros un poco más baja que yo y lleva unos vaqueros ajustados de un color azulado pero tirando a claros una chaquetilla corta por la cintura y poco más...y todo esto sin ninguna seguridad de que ahora entrara me despertara del delirio y apareciera otra persona y me dijera que era la misma María que hacía un momento  acababa de bajar a por mis horribles cervezas, con el pelo mechado con los ojos claros y con mucha nariz por ejemplo, la falta de luz, debía de haber hecho el resto. Una bola de plástico pegada a un vástago negro y este a una chapa también negra pegada al techo con unos tornillos y una bombilla que se intuía de baja potencia, sumado a las dos paredes empapeladas como los papeles de los años setenta y las otras dos con el alivio de una puerta y una ventana el resto de la pared con un tapizado de un color sucio y que olía a algo especial pero que no lograba identificar, daba un ambiente de lo más triste, por no decir cutre.
Si supiera la verdad, que lo mismo me hubiera dado tomarme un café y que lo de la cerveza era por pedirla por última vez en mi idioma y no en el que iba a tener que hacerlo a partir de ahora. O que la cerveza era la excusa para eludir el café o el té que lo odiaba desde pequeño. El olor me parecía desagradable y el té me lo daban cuando estaba enfermo. Si me dolía la barriga, me daban una taza de manzanilla y lo vomitaba todo y más. Lo que me había sentado mal y lo que no y entonces me arreaban una taza de té para que me aliviara y me asentara el estómago y además para que me cortara la diarrea si es que aparecía. Para mí siempre será una medicina y nunca entenderé cómo se puede tomar una medicina por placer en un bar o en el desayuno o como aquí es tradicional a las cinco de la tarde que, por otra parte, comprobaré si eso es verdad o es uno de los innumerables bulos que corren por la mitad de los lugares del mundo solo para que la otra mitad se lo crea. En fin, que prefería la cerveza, que era mi bebida habitual. Pero, que el hecho de haberla hecho bajar a por ellas, me parecía poco cortés por mi parte y no reaccioné hasta que se puso algo por encima y salió como una exhalación y con un grito de ahora vuelvo. Aproveché, para controlar, para cotillear, un poco aquella casa en la que vivía María y que parecía cuanto menos destartalada…El tiempo dio para mucho, para estar con ella, para dejar de estarlo, para vivir en su casa, para vivir en mi propio apartamento, para volverme a casa, para saberlo todo sobre ella y dejar de saber durante mucho tiempo. Creamos un vínculo de todo, porque todo lo que quisimos, lo tuvimos. Supimos disfrutar de lo poco que nos permitía la vida por aquél entonces, tan jóvenes e inexpertos, tan incautos, tan pobres, tan atrevidos, tan plenos. Estábamos hambrientos de todo, avaros de experiencias, de vida. No sé dónde está desde hace mucho tiempo, pero sé que nunca se me olvidará María…

domingo, 31 de enero de 2016

SOBRE LA MARCHA: ( Otra musica II ) Serie metro


Mi padre era otra cosa. Decía que la música era ruido. Que no era capaz de concentrarse en ella; que ni la entendía ni tenía intención de hacer ningún esfuerzo para entenderla. Que los únicos ruidos que  soportaba y que le encantaban eran los del taller, cuando se ponían los mecánicos a trabajar. Y eso era como música celestial decía. Que cuando escuchaba el sonido de un motor, del correr del aceite a la lata, de los elevadores, hasta de los gritos de los trabajadores llamando a un compañero para una ayuda, que se elevaba: justo lo que yo le decía que me pasaba cuando escuchaba a mis músicos favoritos. No entendía que mi padre se estuviera burlando de mí. Es verdad que tenía buen oído porque sabía exactamente lo que le podía pasar al coche que entraba en el taller. Para los motores era tremendo. Con su oído no hubiera tenido competencia en la música y habría triunfado, o se hubiera hecho un experto. Sin ninguna duda tenía un oído de los que llaman absoluto. Lo malo era que no se conformaba con no entender si no que lo llevaba al extremo de querer hacernos ver que lo nuestro, lo de mi madre y lo mío era el error. Y con vehemencia gritaba que era muy bonito pero poco práctico eso de dedicarme a aporrear el piano por un antojo de la caprichosa de su mujer hacia su hijo; que lo iba a hacer afeminado con tanta tontería y cuando estaba de buen humor decía que me apuntara a ballet  y afianzaba su argumento preguntando que cuántos pianistas había que estuvieran forrados o fueran conocidos o reconocidos o sencillamente nombrados. Y hacía una pausa porque no se trataba de una pregunta que exigiera respuesta si no que era una continuación de su argumento para terminar diciendo y futbolistas cuántos se conocen en el mundo y cuántos ganan una pasta. Pues eso que tu sigas dando a tu hijo los posibles para que no se pueda ganar la vida nunca y solo tenga dificultades que la gente es muy mala y solo piensa mal de esas cosas. Y mi madre le respondía que como tú que no paras de meterte conmigo por algo que no entiende ni entenderá. Que también hay futbolistas que se mueren de hambre. Que no todos llegan como él dice. Y él despectivo. ¿Músico dices? pero si la mayoría son unos muertos de hambre, si se les ve tocando en el metro o en las calles pasando más frio que un perro chico y de comer no quiero ni saber lo que comen y si pueden llevar algo a su casa. O sea nada…Ni que decir cuando le llegaba el momento de tener que pagar a la profesora. Que como capricho era demasiado caro para el niño. Que con dos veces que fuera al mes era más que suficiente. Que cuatro clases eran demasiado. Que dinero dividido entre rendimiento daba negativo. A lo que la madre con una paciencia infinita le trataba de decir que no todo se podía medir de esa manera y que no todo tenía que ser inmediato. Que había que valorar otras cosas tan importantes o más que el dinero o los inminentes dividendos. Que esto era algo a largo plazo como si compráramos bonos del estado a treinta años. Y se empezaba a reír yo diría que a descojonarse de la risa pero tú te estás oyendo a treinta años pero si no vamos a llegar vivos para disfrutarlo. Es como comprarte un piso hoy y esperar a que te lo den dentro de esos treinta años que tú dices. Qué barbaridad. Pero bueno tú sabrás qué es lo que haces con tu hijo o qué es lo que quieres hacer y que sea en la vida.
 
Pero solo era eso no ponía ningún impedimento. Sencillamente le gustaba dar su opinión y exponer todo lo que la música le provocaba y hasta se le preguntaba que si de joven no había sido seguidor de Antonio Molina o de Juanito Valderrama o de estrellita Castro o de la Piquer. O de los Beatles o de alguien. Y sí decía que lo oía en el transistor de su madre pero poco más: no le entraba ni frío ni calor. Sí era capaz de escuchar las letras de alguna de las canciones cuando quería ligarse a la madre y prestaba atención a eso y le gustaba, pero que la música le parecía toda igual.
 
A mi madre, por el contrario, le encantaba tal vez porque lo había mamado de su padre que era una enamorado de la música y sin ser profesional, tocaba el acordeón tan aceptable que de joven había dado conciertos en las fiestas de algún pueblo de alrededor del suyo en el sur del país. Y aunque les pagaban nada y menos era lo que necesitaban para sus gastos.
 
Estamos llegando a mi estación, en dos estamos, y no me quiero bajar. Quiero saber dónde se apea la guapaza que no ha parado de moverse cuando se ha puesto los cascos. Me pregunto qué clase de música estará escuchando y yo que se supone que soy un profesional debería de averiguarlo solo por cómo mueve sus pies marcando el compás. Como se me vaya la voy a seguir. No sé pero me llama tanto la atención. No voy a presentarme de golpe y porrazo porque la podría espantar pero tengo tanta curiosidad por saber algo más de ella. Paró en Plaza de España y un montón de niños ruidosos entraron en tromba al vagón. Unos peleando, empujándose y todos ellos gritando como desesperados. No habían dejado que ningún pasajero saliera cuando los chicazos entraron empujándose y en el momento que se iban a cerrar las puertas la morena desapareció de mi vista. Empecé a sudar. Es como si el segundo que dejé de mirarla se hubiera disipado, esfumado. A través de las ventanas del vagón no la vi marchar. Sencillamente desapareció, ya no estaba.

domingo, 24 de enero de 2016

SOBRE LA MARCHA: ( Otra música I ) Serie metro

I
Entró en el vagón como una exhalación con las puertas entrecerrándose. Era una joven latina en pantalón azul vaquero corto, muy corto, escueto, bien ceñido, casi piel pintada de azul oscuro y una blusa blanca anudada más arriba del ombligo dejando asomar un brillante piercing redondo, grande, de un color dorado, que se lo tabapa casi en su totalidad. Él, latino también, pero del foro, moreno, barbado, de pelo oscuro, estaba ahí sentado como escurrido en el asiento y con cara de cansado. Con traje negro camisa blanca y corbata medio desanudada, por la hora no podía salir más que de su trabajo. Con la cartera del portátil en el suelo agarrando la correa con una mano y encima de ella el móvil y unos cascos grises colgando en sus orejas, como queriendo escuchar pero no escuchando o como no queriendo escuchar pero escuchando. Cascos como pendientes. Sus ojos se quedaron pegados en el cuerpo menudo de la latina, nada más entrar. Otros viajeros miraron la irrupción de la chica y alguno hasta cerró los ojos viendo el riesgo que había corrido por cogerlo. Pero el latino del foro sin guardar formas, perplejo, tan fijos sus ojos como los ojos de un ciego que parece que miran sin ver. Son muy jóvenes y parece que se gustan así a primera vista, porque ella se ha percatado de su admirador y se ha sonreído. Él parece muy cansado y ella está muy activa no para de moverse. Acompaña con las piernas para no caerse, los traqueteos del vagón que ya ha enfilado los raíles a una buena velocidad hacia la próxima estación que ya andan anunciando por la átona megafonía. Pero ella se mueve a mayor ritmo sin escuchar música alguna. Seguro que anda en su cabeza el recuerdo de la salsa que acaba de escuchar en su casa mientras se duchaba y vestía. Y esas notas en sus oídos grabadas le daban sin duda el movimiento a su cuerpo menudo: a su menudo cuerpo. El sonido de las ruedas metálicas rodando con un ruido ensordecedor. Él preguntándose si será tan ardiente como dicen que son cualquiera de ellas o si será solo un topicazo eso de las latinas. Todo el mundo lo dice. Si realmente tienen la sangre más caliente que él o que cualquiera de los de aquí. Y se pregunta si irá cada fin de semana a bailar salsa con ese cuerpo contoneándose a ritmo exagerado e insultante. Y se sonrío. Él, que solo sabe llevar el ritmo con el pie, eso sí de puta madre como él dice porque sentido del ritmo tiene pero en cuanto a música es de escuela clásica desde siempre que recuerde, tocador de piano el gusta a él decirse y el pie lo maneja bien dándole a los pedales de cualquier de ellos. A eso le condenaron, a estar agarrado a él cuando de pequeño consideró su madre que era de una gran utilidad estudiar música para un futuro pero sobre todo para que su educación fuera completa. Y que a él le espantaba cuando ese tiempo dedicado a diario a esas escrituras negras alargadas como borrones de niño pequeño, le exigían atención extrema y le condenaban a no poder jugar en el patio de su casa con sus amigos. Se le hicieron cada vez más comprensibles a base de verlas y de estudiarlas. Y mucho más adelante le fascinaron por su tremenda complejidad y por la fantasía de ir descubriendo sus significados con melodías maravillosas, músicos maravillosos, sus historias y sorprendentemente muchas muy parecidas a la suya en cuanto a su desagrado primario y transformado con el tiempo en un refugio para sus tristezas amorosas en las tardes frías de domingo. O en el centro de atención de cualquier reunión familiar que siempre se terminaba o se empezaba en torno a alguna canción tocada por él y cantada por todos los reunidos. Mucho tenía que agradecer, en verdad, pero no estuvo exento de sacrificios. La niñez pasa rápido y la etapa más larga es la edad adulta, le oía decir a su madre cuando le montaba en el coche para llevarle a la escuela de música. La mejor con la mejor profesora posible dentro de lo que se podía pagar y ya te acordarás de estas palabras de tu madre cuando te hagas mayor y puedas hacer hablar, otras veces decía sonar, otras cantar, cualquier piano que te pongan delante. Entonces te acordarás de las palabras de tu madre y me lo agradecerás. Ella se ponía muy solemne cuando iba a decir una cosa importante e incluso tornaba un poco la voz a más grave. También un poco pesada. Bien pues claro que se lo agradezco. Pero porqué me acuerdo de esto cuando estoy mirando, porque no puedo desviar la mirada, de la chica que ha entrado en el vagón y que se ha quedado de pie a pesar de haber asientos vacíos. Y a mí me encanta ver como en cada movimiento, en cada vaivén, ella se mueve como si estuviera bailando para mí. Me la imagino vestida de fiesta para salir con su pandilla y bailando libre en la discoteca al son de su sangre…voy a pensar otra vez en mi madre y a retirar la mirada porque me estoy desbocando. Es bonita y tiene la cara simpática. Los labios de un color rojo intenso que destaca mucho sobre su piel morena. Parece que lo tiene todo. La música me ha llevado a lugares insospechados, a caminos donde la imaginación volaba. Donde el silencio no existía y el tiempo tampoco. Y el sonido de las hojas de los árboles los oía en tonos delicados y el sonido de un rio estrellándose contra las rocas me evocaba mundos nuevos por descubrir. Sonidos todos diferentes, todos los escuchaba, los martillazos de un herrero, el trazo de la punta de los lapiceros de los niños dibujando sobre un papel. Y todo era distinto músicas distintas en distintos tonos y distintas melodías…