domingo, 20 de octubre de 2013

SOBRELAMARCHA: Y Madrepepa V

Dejaré descansar por un tiempo a la abuela, a mi abuela, a esa mujer que no admitió nunca que los hijos de mi padre, su hijo, la llamaran abuela. Esa palabra para los nietos de sus otros hijos que se habían quedado con ella en el pueblo sin abandonarla o que por lo menos habían emigrado a la ciudad más cercana y que en cualquier momento se podían presentar a estar con ella. Pero no los descastados y debiluchos hijos de su hijo mayor, de su primogénito y de esa mujer madrileña delgaducha y tan poquita cosa que se lo había llevado para no dejarle regresar jamás. O eso era lo que decía pero sin ningún fundamento. Cuántas discusiones vi yo en las tardes de domingo cuando nos poníamos a jugar a las cartas con mi padre y que mi madre le decía o casi mejor sugería la posibilidad de pasar un puente o incluso no la importaba un fin de semana para que viera a su madre y a sus hermanos a lo que él se negaba diciendo que bastante tenía con el volante diario como para hacerse más kilómetros los fines de semana y para estar escuchando reproches viendo malas caras y recibiendo perores contestaciones. Ya había tenido bastante con la última, que acabaron casi agarrándose entre los hermanos y que madrepepa después de haberlos liado, de haberlos llevado a ese extremo y luego para no perder el protagonismo y como ella no podía pelear pues sacaba sus armas poniéndose malísima viendo casi pegarse a sus hijos entre ellos. Así era o fue ella.
Madrepepa murió en paz y en gracia de Dios como se solía decir aunque no hubiera sido así. Y nos dejó un vacío muy importante. Es posible que una mujer con ese carácter tan endiablado que traía a padrepaco y al resto de los mortales que nos poníamos a tiro, por la calle de la amargura. Cuando no era porque no se hacían las cosas como ella quería era porque se hacían las cosas sin que ella las hubiera dicho. O cuando no venía alguno de sus hijos a alguna celebración de las que ella consideraba importantes, por problemas de trabajo o porque tuvieran algún evento inexcusable, aunque el resto estuviéramos allí incluyo nietas y nietos, se ponía o echa un basilisco o al contrario ya no levantaba ni la cabeza del suelo ni la voz de su propio cuello. Mohína. Recuerdo un verano de bien pequeña que me había empeñado en aprender a leer y que le decía a madrepepa que aprovecharía la siesta para leerla a ella, ¿Vale abuela? Y me cogía de las coletas no demasiado fuerte y se acercaba mucho a mi cara tanto que la olía el aliento a aceite de oliva hecho, a frito, a refrito. La verdad es que toda la casa me olía igual. A mí me llamas madrepepa, me decía no demasiado dura aunque su cara y su voz siempre me lo pareció. Y yo no entendía cómo yo no la podía llamar abuela y los otros nietos sí, pero ni yo ni mi hermano el mayor. El tercero de mis hermanos vino más tarde y ya fue otra cosa. Pero ella, que no tenía ninguna paciencia, salía despavorida después de haberme escuchado leer dos líneas con la dificultad del aprendizaje de algo tan importante pero tan difícil como era la lectura de unos símbolos normalmente negros en unas hojas normalmente blancas y encima entenderlo. Y es que no recordamos el tiempo invertido en aprender a leer durante nuestros primeros pasos hacia lo que debería de ser una de las grades y más importantes acciones de nuestra educación, porque nos va a acompañar durante toda la vida y sin ese aprendizaje a conciencia no podremos ser personas auténticamente libres. Es un esfuerzo muy importante. Pero madrepepa no tenía paciencia oyéndome como me trastabillaba con las palabras o cuando le preguntaba que palabra era esa siempre apelaba a que no llevaba las gafas encima cuando no decía pregúntaselo a tu padre que nos ha salido muy listo. Años después me enteré de que nunca supo leer y que aprendió a escribir su nombre con mucha dificultad y poco más. Mujeres de campo hechas de tierra y sol, de frío seco, de hambre y religión. Mujeres fuertes por obligación