lunes, 17 de abril de 2017

SOBRE LA MARCHA: La terraza

Llevo viendo unos días la persiana de la terraza de la vivienda del quinto del edificio de enfrente, a medio bajar o a medio subir según se mire. Y francamente no me da buena espina. Y no es que conozca de nada a la anciana que vive allí, tan solo con el buen tiempo sale a dar una vuelta por la terraza de dos por tres, pero cada año de los que llevo, ha hecho la misma operación. A golpe de vista está tan vacía de plantas y flores como la mía: Imagino que pensará como yo: menos que cuidar y menos de qué ocuparse. Me lo recriminan por la sensación de aridez, de abandono que parece que da su falta y no lo discuto, pero sé que no me voy a ocupar de su cuidado y desafortunadamente no me ha dado por hablar con ellas, que siempre sería un consuelo, tanto como los que hablan con sus mascotas y dicen que parece que les entienden y que no les sorprendería si se echaran a hablar, cosa que podrían hacer en cualquier momento…

Con el buen tiempo, veía salir a la anciana. Abría la puerta de su terraza y se asomaba a ver la calle no mucho rato, después miraba un poco en derredor y hacía como que apañaba algo que no podía ver y se metía a su casa sin más. Desaparecía hasta el día siguiente que volvía a hacer la misma operación. No salía el resto del día o no se la veía. Y yo que estaba deseando que aparecieran los primeros rayos del sol para salir a la terraza y quedarme casi eternamente a disposición de la vida, a que me atravesara uno de esos rayos tan mortíferos dicen. Incluso, no me importaba que el día amaneciera, abrasador o fresco, soleado o nuboso, ventoso o como fuera, cualquier estado me venía bien, eso sí, siempre y cuando no hiciera frío. Por eso no podía entender que una mujer tan mayor no quisiera disfrutar de ese pequeño oasis llamado terraza de casa o privada o particular vamos, que no perteneciera a ningún bar o restaurante tan de moda. Estaba deseando salir o mirar la calle y ver pasar a la gente que me parecía contenta, aunque un poco torpe todavía como el despertar de cualquier animal después de una larga hibernación. Sedientos de terrazas al aire libre con las cervezas bien frías y las patatas. Con las ropas ligeras, felices de la nueva luz que renuevan cuerpo y alma...


Llevo unos días que no veo movimiento en su terraza y me preocupa. Veo las persianas y tengo la sensación de que siguen igual, en la misma posición que hace ya unos cuantos días. Pero me digo que tiene vecinos de piso y supongo que vecinos que le echarán en falta si es que ha pasado algo. O a lo mejor es una de esas personas que no se habla con nadie que lleva años sin hablarse con nadie por algún rifirrafe. De esas cosas que pasan con frecuencia en las comunidades de vecinos o sencillamente que hace mucho que no sale, porque no puede o porque no le apetece. Reconozco que pensar en estas cosas me distrae y me olvido de esta puñetera silla a la que me veo forzada cada día para los restos como un tributo a la vida después de haberla tenido rica y entretenida. Parece un justo pago al que no tengo más remedio que someterme...

martes, 11 de abril de 2017

SOBRE LA MARCHA: Cabrón

No sé qué me pasa, pero no me encuentro nada bien. Llevo unos días que no levanto cabeza y las ojeras están empezando a aparecer y se me marcan demasiado en la cara y se me oscurece el rostro de tal manera que cualquier persona me lo nota y mucho más los allegados. Claro síntoma de que algo no funciona bien dentro de mí. Me asusta porque son los mismos síntomas que cuando estaba en el momento más álgido del sufrimiento y tenía en contra a mi gente. Trataba desesperadamente de convencerlos de que la persona que había elegido para mí no era tan mala, que yo le ponía en un estado casi desesperado sacando lo peor que él tenía escondido y le hacía perder el control de tal manera que ya no era muy dueño de sus reacciones. Yo, sin embargo, no tengo nada escondido, porque todo lo saco a la luz. Creo que no podría vivir ni un segundo con tanta mierda dentro de mí, aunque esa mierda se la diera a los demás: como dice un amigo: La mierda no se la niego a nadie. Pero ahora me doy cuenta de que sí puedo vivir con mierda a mi alrededor impregnándome de ella y sin ser consciente. Mierda que se te adhiere a la piel y te penetra en los poros y lo interiorizas como algo tuyo, como algo que tú has creado y que, por esa razón, trae las consecuencias que trae. Como en algunos tratados que he leído contra una acción, una reacción. Pero por fortuna, ya me siento limpia, estoy salvada, estoy con ganas de tirar para adelante, tengo muchos motivos para vivir mi vida con la máxima de las fuerzas, pero es costoso y tengo que pagar mi peaje que se me hace duro `porque no se fían de mi porque ya he caído varias veces como una insensata en lo mismo y con distintas justificaciones. Y de nada han servido las advertencias. Pero me tenía eclipsada, me tenía subyugada, había perdido como color, el color de la vida, de la alegría de vivir. Estaba muda, ciega, sorda y sobre todo tonta. Ha sido mucho tiempo de humillación. considerándome la mujer más inepta y pusilánime de todo el sistema solar. Hizo una labor lenta pero efectiva conmigo y no me di ni cuenta hasta casi el final, hasta casi mi final. Ese adverbio de cantidad ese "casi" es el que me salvó el que me mantuvo con vida y con el juicio no perdido del todo. Y mira que por mucho que me lo decían no era capaz de sacar mi cara y sacaba la de él. Y desesperaba a todos, a propios y a extraños, porque lo veían tan claro y yo tan fuera de mí. Tan dentro de mi realidad. Y entendí que mi debilidad era su fuerza que no tenía nunca que hacer un gran esfuerzo para conseguir todo lo que quería, desde lo más nimio hasta el sacrificio más delirante que se le podía pasar por su trastornada cabeza y cada vez pedía cosas más imposibles…Ya pasó, porque ni lo bueno ni lo malo dura eternamente. O eso espero…