miércoles, 15 de septiembre de 2010

SOBRE LA MARCHA: Y yo sin desayunar...

De la misma manera que Nadal coloca las botellas en el campo, el personaje coloca los tres bolígrafos, uno de cada color, en fila, sin perder ni la verticalidad y la horizontalidad. Siempre con su capuchón en la punta, los que descansan sobre la mesa y con el capuchón en la trasera el que trabaja. Este se ve profundamente atenazado por todos los dedos que quedan casi blancos, sin sangre, de lo que aprieta y esa fuerza se ve claramente reflejada en el papel que casi se ve taladrado. La tinta de cada bolígrafo demuestra que al interfecto le gusta más escribir en azul que en negro. Las notas tomadas en rojo, tienen más importancia, que las que van escritas en azul. Las que van escritas en negro tienen algo más de importancia que las escritas en azul pero bastante menos que las que lo hacen en rojo. Las notas en azul subrayadas en negro son menos importantes que las que se subrayan en rojo. Y así sucesivamente. Es decir y por deducción lógica la máxima expresión en cuanto a importancia es el color rojo subrayado en rojo. Es metódico, es circunspecto, es silencioso. Se sienta en la silla como con ganas de pasarse largo tiempo consultando los libros de la pequeña biblioteca. El aspecto es desaliñado, casi sucio, la barba cerrada y negra de una semana, el escaso pelo ralo y con el aspecto de no haberse llevado agua jabonosa durante algunos días. Los vaqueros negros sin cinturón que lo sujete y por ello descolgados. Una camiseta blanca de las que se utilizan en la costa o para estar en casa con un mensaje publicitario. Los zapatos son mocasines en negro despellejados en la puntera, no veo el remate del talón, pero lo imagino. En fin el aspecto en general es de persona que sugiere casi sentimiento de pena. Aunque nunca se sabe, el aspecto engaña, en no pocas ocasiones ese sentimiento se ha vuelto contra mí y me ha supuesto desengaños. Así que no diré nada al respecto. Sí, en cambio, la apariencia es de un hombre de los que se dicen de gran riqueza interior. Muy metido en sus papeles. Muy metido en sí mismo y con cierto miedo cuando se dirige a ti para pedir algo. Son de los que prefieren no hablar para no meter la pata. Siento curiosidad por ver las notas que está tomando. No tanto por lo que pone, que será técnico y no entenderé, sino más bien de cómo lo pone. Si la formación de las notas tiene algo que ver con su sistema, con la estructura de su cabeza. Me levanto, paso detrás de él y no veo nada. No quiero ser descarado aunque a la vuelta iré más despacio y lo veré. No me puedo quedar con la curiosidad. Me las imagino como efectivamente veo que son: pequeñas, pequeñas en exceso o excesivamente pequeñas, muy pegadas unas a otras no queriendo desaprovechar el papel y como escribiendo solo para él y sin ninguna ganas de compartir los secretos que va desenmarañando de los libros que de cuando en cuando se lleva a la mesa. Lee, asimila y después y con el libro cerrado escribe lo que ha leído. Esa es la diferencia entre copiar cada palabra y poner ese esfuerzo que requiere la lectura inteligente…hace más de dos horas que está y no ha parado. Está concentrado sin perderla en ningún momento: supongo que eso serán horas de entrenamiento porque yo me desconcentro con una mosca. Se ha levantado a mear ¡qué descanso! Vuelve escoge algún libro de las estanterías y empieza de nuevo, aunque esto último, en pocas ocasiones. No ha parado de tomar notas y con tanta fruición que me da la sensación de que se lo quiere llevar todo esta mañana. Ya podría dejar algo para otro día. Pero me da que es de los que aprovechan el viaje ya que ha venido hasta aquí. Y yo sin desayunar…

jueves, 9 de septiembre de 2010

SOBRE LA MARCHA: El cajón de los papeles perdidos

Se quedó atascada. Siempre, en su ya dilatada vida, le había pasado esto mismo. El ímpetu de unos días contrastaba con los siguientes de absoluta indolencia. No había larga continuidad. Nunca la hubo y eso fue su gran fracaso. Esa cabeza que estando al cien por cien podía dar mucho de sí, se quedaba como seca, como sin ideas, en cuanto se retorcía por lo más nimio. Siempre fui de la opinión que más que quedarse sin ideas conseguía, no sé cómo demonios lo hacía, aletargarlas en alguna parte de su cerebro y allí permanecían hasta el siguiente brote impetuoso, o lo que la familia creía que era lo aparentemente lúcido. Esas ideas tan brillantes salían de su letargo a borbotones y hacía sorprender a propios y extraños. Una y mil veces era lo mismo, durante muchos años de su dilatada vida. Obras inacabadas por sus lagunas, obras inabarcables por su desmesura, obras que dormían semanas o meses enteros el sueño de los justos en el cajón de sus papeles perdidos que era su cabeza. Se daba cuenta. Ya lo creo que se daba cuenta, aunque a nadie decía nada. Tan solo una vez me dijo en el más absoluto de los secretos, que para ella recuperarlos, era como reverdecer, era volver a vivir después de un largo sueño, era como un brote de primavera recién estrenada, como si de una planta se tratara de las muchas que adornaban sus ventanas y que le daban el color, el olor y la fuerza que le eran tan necesarias para su propia subsistencia. No era cosa de tomárselo a cuento. Tan solo necesitaba algo de vida a su alrededor, sus perros, sus papeles y unas cuantas plantas le eran más que suficiente. El día que se quedó atascada, palabra dicha por uno de sus sobrinos más pequeños, fue a verla para darle un beso y notó que aquello que era el cuerpo de su tía no me movía como siempre acostumbraba, con un abrir y cerrar de ojos, corrió lo más rápido que pudo por ese largo pasillo hasta que llegó jadeante y con el poco aliento que le quedaba soltó, la tita se ha quedado atascada. Los mismos ojos que se cerraban al contacto del ruido del beso, esos mismos fueron los que se perdieron el último beso dado. Nadie se atrevió a cerrárselos.