lunes, 3 de marzo de 2014

SOBRE LA MARCHA: Padrepaco III

          Removió la tierra con sus manos y acabó cubriendo sus uñas de un polvo espeso casi barro, como siempre habían sido esas tierras y como Casina las recordaba desde pequeña, cuando ayudaba a su abuelo a recoger lo que producía el huerto: poca cosa casi nada como decía de carrerilla él, cuando se encontraba a algún paisano por el camino y le preguntaba. Nunca se había dejado crecer las uñas porque siempre le habían enseñado que era un almacén de virus y bichos del demonio a miles a millares y ella se miraba las uñas y no podía llegar a creer que en esas uñas tan pequeñas cupieran los millares de bichos que le decían y pensaba en las manos y las uñas de Padrepaco y se las quedaba mirando a ver si podía ver alguno de esos bichos, virus o lo que fuera que tanta lata le daba a Madrepepa y sobre todo cuando íbamos a comer. La verdad es que sentía cada vez más aprensión a la porquería que se alojaba entre las uñas y se lavaba con bastante frecuencia las manos y usaba un cepillo pequeño que para ella era muy grande pero que para las manos de Padrepaco no le cabía más que un dedo en el asa que tenía encima de las cerdas y sin embargo a ella se le colaba toda la mano. Le gustaba ver cómo se lavaba las manos Padrepaco porque de unas manos arrugadas y un tanto sucias de las labores del campo en un momento y haciendo un juego de manos con el jabón y el cepillo, lleno de espuma y desprendiendo un olor a vainilla, le quedaban las manos más limpias que hubiera visto jamás y ella quería tenerlas siempre así de limpias como cuando se las limpiaba Padrepaco. Parecía que le brillaban. Lo cierto es que viniera o no de su infancia, a Casina nunca le gustó llevarlas muy largas nunca había aguantado que sus uñas asomaran o le sobresalieran unos ligeros milímetros de la carne de la yema de sus dedos. Por eso ahora solo el sentir sus dedos llenos como de polvo amarillento en toda sus manos y con las uñas especialmente largas a comparación, le traían los recuerdos de los malos bichos que siempre le habían estado rondando a Madrepepa por su cabeza. La pobre no tuvo tiempo de descansar esa parte de su cuerpo solo cuando murió…el resto en sus últimos años sí descansaron sus huesos y sus músculos tal vez más de la cuenta, no así como digo, su cabeza que siempre andaba barruntando alguna cosa y que siempre le caía al pobre Padrepaco.