martes, 4 de febrero de 2014

SOBRE LA MARCHA: Padrepaco II

          Calidez, candor, cálido...Cándido, ese hubiera sido el nombre más adecuado para Padrepaco. Era cálido, candoroso y cauteloso. Pero el adjetivo que lo calificaba era cándido y era la palabra que siempre andaba buscando delante de los amigos Casina, cuando salía el tema de conversación de su Padrepaco, sobre todo en las primeras jornadas de la ciudad una vez que el pueblo se había quedado tan atrás como un recuerdo del año pasado o del anterior y el fresquito de Madrid se empezaba notar. Siempre había alguien que preguntaba por él y es que en todo el barrio parecían conocerle y la realidad era que solamente había pisado la capital una sola vez y el barrio tan solo unas pocas horas, porque el resto se lo pasó en el velorio de su pobre hermano, que hacía mucho tiempo que no veía y que en aquella ocasión le tenía que ver de cuerpo presente y sin decir ya ná el pobre con lo que le gustaba hablar, y sacaba una sonrisa maliciosa de esa murmuración en sordina. Y en ese recuerdo y en otros muchos, contemplando sus restos la memoria le sacaba una sonrisa más a Padrepaco y Madrepepa, que siempre estaba pendiente de él como si fuera un niño mal educado al que los padres tienen que prestarle continua atención para que no haga alguna y les avergüence. Así estaba siempre Madrepepa con Padrepaco, hombre bueno donde los hubiera. Y en ese momento, de diversión en el recuerdo, cuando el silencio solo era roto por algún gimoteo o llanto escandaloso de algún familiar o conocido que se acercaba a darle el pésame a la viuda, o alguna oración bisbiseada desde alguna de las sillas puestas al efecto y con la misma mujer mayor u otras como figurantes de luto riguroso, con la cabeza agachada y con un pañuelo envuelto para que los pelos no se le vinieran a la cara. Madrepepa, como digo, le arrancaba a la realidad asestándole por debajo de la silla justo en la espinilla una patada muy digna de un mal deportista y le hacía saltar de dolor y las lágrimas brotadas, se mezclaban con el dolor de la pérdida, por su puesto y así parecía como si sintiera la pérdida pero el dolor le venía de mucho más abajo. Esa espinillas machacadas por Madrepepa. Pues eso que Padrepaco conoció Madrid en esas circunstancias y para asistir al entierro de su hermano, muerto, como siempre él decía, sin que le viniera bien a nadie, como casi todas las muertes. Cándido. Le tenían que haber puesto Cándido, le pegaba más. Nunca un nombre hubiera estado mejor pegado a un cuerpo y a un carácter que para el Padrepaco, llamarse Cándido. Era un tipo muy especial pero tampoco era una palabra que lo definiera. Sin duda era cándido su palabra.