domingo, 17 de noviembre de 2013

SOBRE LA MARCHA: Padrepaco I

          La suerte de Padrepaco era tener a Casina como nieta. Y no es que necesariamente tuviera que entrar en discusión con Madrepepa gustándole lo que a ella no le gustaba o queriendo a quién ella no quería. Era solo que tenía un sentimiento tan fuerte hacia esa niña, que era su nieta, a priori tan débil pero que a él le parecía como  tan diferente en su forma de ser, tan intensa en su mirada y en su manera de actuar, que  le parecía la niña más sería, más inteligente y la más bonita, de  cuantos nietos tenía. Perfecta decía él en el paroxismo de una buena jugada de dominó con sus amigos. Entraba en contradicción abiertamente con Madrepepa. Pero a él  y a esas alturas ya le daba lo mismo cómo se pusiera Madrepepa con él o lo que le dijera o hiciera. Él confesaba abiertamente y siempre de cara a quien estuviera, su debilidad por Casina y no le importaba decirlo donde fuera  en el bar tomándose el café con los amigos y jugando al dominó, o en una reunión familiar si salía el tema. Aún a sabiendas insisto, de que Madrepepa después se lo fuera a recriminar y que posiblemente le dejara de hablar una temporada. Padrepaco no hacía demasiado caso ya a Madrepepa. Se podía decir que era ya el único que no le hacía ni caso. Llevaban el tiempo suficiente como para ser uno como el otro: oler igual, sentir igual y pensar igual, pero no, eran antagónicos, la noche y el día, la reencarnación de lo bueno y lo malo hecho personas. Decía con cierto sarcasmo que quería ser él,  el primero en marcharse de este mundo, pero para no tener que aguantar los chismorreos que se iba a llevar una vez muerta, Madrepepa.  Era consciente que no era del agrado de casi nadie y que solo alguna persona que le tenía tomada la medida se hacía con sus simpatías.
          A Casina sí le emocionaba ver a su abuelo. Porque ya de momento y a escondidas cuando se la llevaba al campo en su borrico le decía que cuando estuvieran solos como un secreto le llamara abuelo que le hacía mucha ilusión oírselo decir a mi nieta favorita. Y le daba un abrazo y Casina se quedaba enganchada a su cintura y podía olerle a tierra a veces mojada a veces seca, y otras olía a puerros, apio o lo que tuviera plantado, y Casina era feliz de verse querida por su abuelo. Y siempre acababa saltándosele las lágrimas porque ella sí sentía el calor y el amor de su abuelo y eso a ella le hacía bien en el alma. No hubiera aguantado en esa casona tan andaluza verse a solas con la gente que no la quería. Su abuelo sí. Incluía claro está a tíos y primos que no sabía por qué extraña razón tampoco era querida por ninguno de ellos. Como si la influencia de Madrepepa, para ellos su abuela, fuera tan fuerte que bajo su casa no era posible una complicidad entre primos y que además se extendía a la calle como si un hilo condujera cara voz de cada primo cada pensamiento de cada tío manejado por las expertas manos de Madrepepa. Pero con mi abuelo sí que había complicidad y de la buena. Me encantaba montarme en su borrico. Le veía su espalda aún fuerte tirando del borrico a la vez que hacía unas cosas muy raras con la boca y le salía como un silbido y un chasquido con la lengua para animar al burro a caminar y a que tuviera cuidado que iba su nieta. Yo no sabía qué era ser una amazona pero me sentía como tal. Tengo que confesar que a mí me parecía incluso mucho más fuerte que papa, que su hijo vamos. A veces, de pura felicidad le oía canturrear, como si fuera feliz tirando del burro y tirando de mí su nieta preferida. Yo le quería con locura, con una locura que me llagaba muy dentro. Cuando hacía muy mal tiempo entonces esos paseos los cambiaban por veladas enfrente de la chimenea viendo transformarse las llamas en posturas infinitas y con movimientos imposibles y con los cascos puestos para escuchar música, quedaba como embriagada, de tal manera que era todo para mí perfecto mi abuelo, las llamas, la música y yo. Y además mi abuelo me quería y me lo hacía notar. Me acariciaba con su enorme mano mi cabeza y yo se la cogía para verla de cerca y me parecía la mano perfecta. Mano llena de surcos como si la tierra se la hubiera labrado en una suerte de juego perfecto. La mano de mi abuelo una huella indeleble en mi vida.